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'CARTONÁ'
Que los quioscos de prensa ya no son lo que eran, lo puede comprobar estos días cualquiera que se acerque al suyo a comprar el periódico de costumbre. Para alcanzar su objetivo habrá de atravesar una intricada selva de gigantescos cartones policromados a los que van adheridos cochecitos de juguete, envases de deuvedés, piezas para montar barcos y un sinfín de objetos diversos más propios de un bazar chino que de una tienda de diarios y revistas. Nadie me ha sabido explicar el motivo de este inflacionismo coleccionista de todos los septiembres. No sé si tiene que ver con el dichoso síndrome post-vacacional –construir maquetas relaja la mente y la preserva de hundimientos depresivos-, con la vuelta al cole –abundan los cursos de idiomas, las obras literarias y las enciclopedias de historia- o con los misteriosos ciclos de ese mercado atosigante siempre dispuesto a crearnos necesidades innecesarias. He oído que las empresas especializadas en este sector (a las que sería impropio llamar simplemente editoriales) trabajan sobre la psicología de unos consumidores arruinados tras el veraneo, a quienes ofrecen al módico precio de un euro o poco más la posibilidad de creerse solventes para emprender proyectos, aunque ese proyecto consista en algo tan raro como acumular abanicos o construir el fokker del Barón Rojo en versión reducida y teledirigida. Y aunque a partir de la segunda semana el precio de cada entrega se dispare una barbaridad. No sé. Me cuesta trabajo creer en el efecto sedante de una colección de bichos prolongada a lo largo de sesenta o setenta semanas, y tampoco encuentro mucho aliciente en la perspectiva de montar la maqueta de una casa rústica mediterránea durante dos años. Y nada digamos de ese robot de última generación que no cobrará vida hasta serle implantado el trozo correspondiente a enero del dos mil ocho. Un quiosquero barcelonés ha puesto nombre a esta avalancha del fin del verano: la «cartoná». Es decir, algo así como la gran verbena del cartón, la apoteosis orgiástica del coleccionismo que luego va dejando una resaca de propósitos abandonados y series sin completar hasta que allá por diciembre ya muere en el más absoluto de los olvidos. Entretanto, me pregunto en cuántos muebles de salón no estarán ahora mismo luciendo el primer modelo del Citroen 2CV o la entrega número 1 de Bomberos del Mundo. Ellos hablan mejor que nadie de la inconsistencia de nuestros empeños y de la futilidad de las ilusiones que nos vamos forjando. La cartoná es la metáfora del consumismo compulsivo, pero también de la voluntad puesta a prueba y raras veces victoriosa, que acaba en el desván haciendo compañía a los fascículos y las piezas de todas nuestras colecciones inacabadas.
Publicado en El Correo, 2.9.06, y El Norte de Castilla, 3.9.06.
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2006-09-04 11:48 | 3 Comentarios
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