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{ Bitácora de José María Romera. Artículos de prensa y otros escritos }

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    ©2002 romera

    EL BESO



    París tributa un homenaje estos días a Robert Doisneau, quien mejor supo tal vez atrapar fotográficamente el alma de la ciudad. Una extensa muestra recoge cientos de fotos, incluidos por supuesto sus célebres besos de parejas: besos tiernos, besos dulces, besos apasionados envueltos en ese aura decididamente sentimental del París en blanco y negro. Es algo que Madrid no tiene. Pero hay que reconocer que lo intenta, empezando por sus autoridades. La prensa ha traído la imagen de Ruiz Gallardón y Esperanza Aguirre rozándose las mejillas después de saberse que la segunda había puesto a caldo al primero en un libro biográfico. El beso entre presidenta y alcalde fue un gesto voluntarioso, cargado de esfuerzo diplomático y de disciplina de partido. Sin embargo no se acercaba ni de lejos a los besos de Doisneau. Aguirre y Gallardón son dos madrileños de cara avinagrada que se prestan poco a las escenas idílicas. Cada surco de sus mentones, cada cana de sus cabelleras, cada músculo de sus rostros despide un sulfúreo aroma de poder que amenaza con fulminar a quien ose ponerse delante. La una y el otro evocan tanto romanticismo como una excavadora. De su encuentro sólo podía salir un beso frío, situado en el polo opuesto de los del genio francés. Pero no le echen la culpa al fotógrafo. Ni siquiera un retratista de la sensibilidad de Pablo Pérez-Mínguez –a quien hay que felicitar por su premio nacional del ramo- habría sido capaz de arrancarle a este encuentro una pizca de algo parecido a la humanidad. Dicen que cada vez más la política se hace con vídeos, con fotos, con libros, con grabaciones arrojadizas. Los hechos y las ideas van retirándose discretamente del primer plano. Si para cuestiones tan delicadas como la erradicación del terrorismo se recurre a procedimientos multimedia, cómo vamos a reprochar a dos gallitos de corral que diriman sus diferencias lanzándose mutuamente biografías y desplantes toreros que buscan la instantánea. En los duros pero felices tiempos de Doisneau, la foto de un beso contenía unas considerables dosis de vida, tantas como una página de Camus o un disco con la voz rasgada de Edit Piaf. En cierto modo todo era política porque estaba cargado de sentido. Ahora esta orgía de mensajes grabados por todo de tipo de canales de comunicación apenas transmite nada que no sea tedio y sensación de déjà-vu. Por suerte algunos pocos se acuerdan de que queda la palabra y la usan con inteligencia para rescatarnos de tanta mediocridad. Es lo que hizo Rajoy en la presentación del libro de Aguirre, donde pronunció un discurso descacharrante. Ya que nuestros políticos no darían la talla para posar ante la cámara de Doisneau, consuela saber que al menos alguien está a la altura del mejor Groucho Marx.

    Publicado en El Correo, 1.12.06, y El Norte de Castilla, 2.12.06
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    2006-12-10 18:26 | 8 Comentarios


    COFRADES



    En el devenir de las costumbres populares hay un punto en que las invenciones pasan a convertirse en tradiciones sin saber por qué. Tan pronto hay que esperar cien o doscientos años para que eso suceda como la transformación actúa sin apenas haber tenido tiempo de acreditar el mérito de la antigüedad. En este último grupo de tradiciones repentinas están las cofradías. Un buen día, que bien puede coincidir con una tarde aburrida de casino o con las siempre peligrosas reuniones de «brainstorming» empresarial, alguien propone: «¿Y por qué no creamos una cofradía de esto o de lo otro?». Dicho y hecho. En un abrir y cerrar de ojos ya está diseñado el escudo, encargadas las boinas y compuesto el himno que acompañará a los cofrades en la comitiva de cada año. No hablo de las cofradías piadosas, que van de capa caída, sino de las gastronómicas y similares, éstas con capa lucida y de buen paño generalmente. Según las malas lenguas, se trata de un sistema alternativo para promocionar determinados productos sin gastar un euro en publicidad. Pero yo he visto a algunos amigos nombrados cofrades de un queso, de una hortaliza o de un embutido picante y su cara de satisfacción en el instante de la investidura no me engaña: aquí hay algo digamos que espiritual, poético, o por lo menos emotivo. Ser cofrade imprime carácter. Tal vez el primer año la cosa se tome un poco a chirigota, pero conforme avanzan las ediciones y se perfecciona el ritual todo adquiere una pátina de nobleza antigua. La voz del Gran Maestre de turno llamando a capítulo suena majestuosa. Los golpes del bastón en la tarima nada tienen que envidiar al mazazo del presidente del Parlamento en día de sesión extraordinaria. En esa atmósfera no debe extrañar que los elegidos sufran curiosas metamorfosis; tan pronto un arquitecto abstemio canta las excelencias de ciertos vinos como una filóloga vegetariana jura por sus muertos defender a brazo partido las chuletas de ternera. Yo los observo ahí subidos, en disciplinada formación, ataviados de alguaciles, y me vuelvo a decir aquello de«cosas veredes».

    Publicado en Diario de Navarra, 1.12.06
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    2006-12-07 11:14 | 0 Comentarios


    BARÓMETRO


    Todas las encuestas son engañosas, pero ésta me lo ha parecido más que otras. Me refiero al último ‘barómetro’ del CIS –barómetro es el instrumento para medir la presión: curiosa metáfora tratándose de una encuesta de opinión- que arroja –otra metáfora que se las trae: arroja- un resultado en apariencia desalentador. El 45% de los españoles se declara insatisfecho con la democracia y el 40,7% no aprueba al Parlamento. Dicho de ese modo, para los espíritus más pesimistas es un estado de opinión que augura lo peor. El desencanto generalizado, el rechazo masivo del Estado de Derecho, el presagio de una involución, cosas así. Si a eso se añade que las instituciones más valoradas resultan ser la Policía y el Ejército, es como si de golpe hubiéramos retrocedido tres o cuatro décadas. Pero quizá no sea para tanto. Aunque es cierto que la fe en la política va decayendo, no está demostrado que eso sea un síntoma de mala salud política. Uno se manifiesta insatisfecho con algo cuando espera más de ello; por tanto, la mala nota está reconociendo a la democracia un valor potencial y si algo dice a sus actores es que no están a la altura de las expectativas. En Suecia, donde un 80% de los ciudadanos confía en Ikea, sólo un 32% se muestra conforme con su Parlamento. Y sin embargo seguimos teniendo a los escandinavos como paradigma de la ciudadanía occidental. Las democracias atraviesan unas fases evolutivas en las que, a medida que alcanzan la madurez, menos aprobación reciben de los suyos. Pero eso es debido únicamente a que la gente quiere más, vigila mejor y exige con mayor criterio. Lo peligroso sería que el barómetro hubiera dado a la política y a sus instituciones un respaldo abrumador. Significaría que planteamos nuestra relación con la política en términos de adhesión incondicional, igual que con los grandes almacenes o con las marcas de ropa deportiva. Algo hay de saludable asimismo en el hecho de que sólo un 7% de nuestros compatriotas sepa el nombre del presidente del Senado y de que casi nadie reconozca a los diputados de su circunscripción. La fama, para los cantantes de OT. La popularidad, para los goleadores de la Liga. Si quieren motivos de alarma, vayan mejor a la encuesta del CIS del pasado mes de enero, que al contrario de ésta de ahora pasó inadvertida. En ella se llegaba a la conclusión de que el 56 % de los españoles desconfiaba de la gente. Un país puede avanzar razonablemente bien sin que los paisanos identifiquen a los secretarios generales de los partidos políticos. Los pilares del Estado no van a tambalearse porque una mayoría ponga un suspenso a los parlamentarios. Pero si el ciudadano de a pie no se fía de su vecino, entonces sí es para temer por el futuro de la democracia.

    Publicado en El Correo, 25.11.06, y El Norte de Castilla, 26.11.06
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    2006-12-03 21:45 | 3 Comentarios


    AMARGADOS



    Para no caer en la tentación de ser felices es bueno seguir algunos consejos. De entrada resulta muy útil convencerse de que uno es víctima de las circunstancias y de que todo cuanto nos rodea se ha conjurado para causarnos algún daño. Hay que buscar culpables entre los amigos, en los padres, en el jefe o la pareja. Apuntando más alto, sirven también el destino, la naturaleza, los genes o los dioses. Eso nos dispensa de toda responsabilidad al tiempo que proporciona el sublime placer de sabernos condenados a la desgracia perpetua. Conviene también negarse a vivir el presente permaneciendo aferrados a los infortunios y los reveses del pasado, o bien anticipar el futuro pero a condición de que sólo pronostiquemos penalidades. Hay que estar persuadido de que sólo existe una opinión acertada –la nuestra, por descontado- y de que todos los demás viven sumidos en el error, lo cual nos libera de la engorrosa operación de hacer amigos. Un buen aspirante al título de amargado ha de saber buscarse problemas. Para lograrlo es recomendable ir llenando la propia vida de complicaciones reales o figuradas, de pejigueras, de manías. Ocasiones no le faltarán: si no tiene un triste enemigo a quien adjudicar el origen de sus dolores, siempre habrá un grifo que gotee, una tarde de lluvia o unos vecinos ruidosos que le lleven a la conclusión de que el mundo es un desastre irremediable. Unos toques de obsesión tampoco vienen mal. La fórmula es más o menos la siguiente: se toma del recuerdo un suceso negativo, se le da vueltas, se rumia y finalmente se cultiva con la máxima dedicación hasta conseguir marcarlo a fuego en la mente. Pero al mismo tiempo hay que fustigarse un poquito a uno mismo, cargar con culpas que no nos corresponden, examinarse ante el espejo para comprobar lo feos, ruines y miserables que somos. Sintámonos inútiles, fracasados, nocivos, compadezcámonos de nosotros mismos sin concedernos ni una brizna de perdón. Sé que todo esto exige una dura disciplina, pero la causa lo merece. No se llega a ser infeliz así como así.

    Publicado en Diario de Navarra, 25.11.06
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    2006-12-03 21:41 | 4 Comentarios


    UNA NOSTALGIA AUSTRAL



    Lo definió muy bien Borges al hablar de la «gravitación amistosa» de los libros, esa especie de compañía cordial que va más allá del entretenimiento o de la información que nos facilitan, esa presencia física que les da cuerpo y perdura en el recuerdo tan cercana como la memoria de un olor hogareño. Cuando hablamos de los libros de la infancia y de la juventud muy probablemente les otorgamos la plusvalía de la nostalgia. Metemos en el mismo baúl del tesoro piezas sin duda memorables junto a lecturas banales, improductivas y tal vez vulgares. Pero hay veces en que la añoranza no engaña y es cierto que aquellos libros para siempre prendidos a aquella etapa de nuestra vida fueron y siguen siendo buenos libros.

    Es el caso. Muchos se acordarán de la colección Austral de Espasa-Calpe que está a punto de cumplir 70 años. Y digo «se acordarán» no porque haya muerto, pues sigue felizmente viva aunque desde hace un par de décadas ha sufrido visibles transformaciones editoriales y de diseño. Sin embargo la memoria de varias generaciones identificará Austral con aquellos volúmenes de bolsillo con sobrecubierta de diversos colores –azul para la narrativa, negra para los viajes, verde para la filosofía, violeta para el teatro y la poesía- moteada de puntos blancos, y no con las policromadas tapas de los actuales. La serie había nacido en Argentina en 1937, inaugurada con una obra de Ortega –La rebelión de las masas- que venía a simbolizar la doble orientación del empeño. De un lado, una colección popular al alcance de todos los bolsillos; de otro, la vocación elevada y en cierto modo elitista de sus contenidos.

    A la gente de mi edad le llegó ya cuajada, con varios cientos de títulos editados a los dos lados del Océano que abracaban desde los principales clásicos –ese fue mi primer Quijote, ahí me encontré con las Odas de Horacio y con El caballero de Olmedo de Lope- hasta autores extranjeros del siglo XX –desde los relatos cortos de Zweig hasta el impagable La conquista de la felicidad de Bertrand Russell-. Unos nos los quitábamos de las manos en la biblioteca, otros los adquiríamos a buen precio en librerías de saldo debidamente anotados, manoseados y descuadernados por sus anteriores dueños. Pues el papel de Austral, todo hay que decirlo, envejecía mal. No sólo se ponía amarillo con rapidez, sino que al mismo tiempo criaba un olor a siglos que concedía al libro cierto aire paradójico, entre la dignidad y la ruina.

    Con el tiempo uno ha vuelto a leer Luces de Bohemia en otras ediciones, al igual que El viaje sentimental de Sterne o el Shanti Andía de Baroja. Las voces son las mismas, pero sus ecos suenan de otra forma. Y si eso ocurre con obras bastante difundidas, ¿qué decir de aquellas que durante décadas sólo han estado a nuestro alcance en los volúmenes de Austral? Hablo de las crónicas de Julio Camba –un olvidado al que todo el mundo parece haber descubierto ahora-, de Fernández Flórez –y sus formidables Impresiones de un hombre de buena fe-, del imprescindible y sin embargo descuidado Jules Renard o de las Conversaciones con Goethe de Eckermann, que han debido esperar décadas hasta conocer otra versión española más completa, ya en pleno siglo XXI.

    Vuelve a cambiar la colección de formato, ahora con tamaño más grande y otro diseño más acorde con los tiempos que corren. Está bien. Conservará el aries que le servía de emblema, y con él los recuerdos de muchos lectores agradecidos. Quizá también nostálgicos, pero ya lo dijo Camus: el pensamiento del hombre es ante todo su nostalgia.

    Publicado en Diario de Navarra, 19.11.06
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    2006-11-25 16:46 | 5 Comentarios


    ESCOBA

    En los manuales de superchería suele venir explicado un conjuro contra las visitas incómodas. Consiste en colocar una escoba detrás de la puerta. Si el utensilio es de buena calidad, se sacude al impertinente en menos que canta un gallo. Lo que pasa es que para ahuyentar a las visitas hace falta que previamente toda la familia se ponga de acuerdo. Es lo que no ha ocurrido con ese benefactor de la humanidad llamado Teodoro Obiang, recibido por las autoridades con honores de alto estadista y rechazado por la mayoría de la opinión pública como si se tratase de un apestado. La Corona y el Gobierno, en la mejor tradición hospitalaria de nuestro país, han acogido al presidente guineano con los brazos abiertos. Le han sentado en sus principales sillones, le han ofrecido comidas oficiales y le han regalado un completo álbum de fotos algo comprometedor para los anfitriones, pero de considerable valor para él. Es una especie de salvoconducto democrático que podrá restregar por la cara a quienes en lo sucesivo le acusen de tirano o de corrupto. A una escala más doméstica y salvando las distancias, en mi ciudad ha pasado algo parecido. El presidente de un famoso club de fútbol ha cubierto una apretada agenda de encuentros oficiales en las principales instituciones del lugar, donde ha ido bajo palio desde el Parlamento hasta la Universidad pasando por el Ayuntamiento. Sólo le faltó la sede de la Archidiócesis para redondear el recorrido. Viendo las sonrisas de satisfacción de sus anfitriones, se diría que los agasajados eran ellos. Pero a muchos ciudadanos les ha disgustado tanta obsequiosidad. Unos consideran que el balompié no es digno de semejante alarde de pleitesía. La molestia de otros tiene motivos más partidistas: sencillamente detestan a ese equipo y a todo lo que representa. Cada uno de nosotros lleva en el corazón una lista de hijos predilectos y de personas non gratas que no concuerda con la lista del vecino. Si ya es difícil que las parejas de novios coincidan en los nombres para el banquete de boda, qué complicaciones no tendrá escoger los invitados para las visitas oficiales. Lo que ocurre es que al final hay que transigir con algún indeseable por interés o por compromiso. Obiang huele a corrupción y a desprecio de los derechos humanos, no cabe duda, pero también apesta a petróleo. El presidente del club de campanillas no es una personalidad en el plano cívico, pero lleva consigo el aroma de la fama y el espectáculo. ¿Y qué tiende a ser la política hoy sino una proyección de la economía y de la seducción de masas? En casos así hay que rendirse al poder y cursarle la invitación correspondiente. Luego se pone la escoba detrás de la puerta y a aguantar se ha dicho.

    Publicado en El Correo, 18.11.06, y El Norte de Castilla, 19.11.06
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    2006-11-25 16:11 | 2 Comentarios


    XXL



    No sé qué portento de la publicidad pudo tener la ocurrente idea. Con la que está cayendo, llamar XXL a un tipo de hamburguesa que se lanza al mercado en tiempos de puritanismo sanitario es como mentar a la bicha. Dentro de cada gordo hay un flaco que lucha por salir afuera, dijo alguien. Y desde hace algún tiempo al delgado le hace compañía un inquisidor (o un funcionario de la Consejería Autónoma de Sanidad correspondiente, que viene a ser algo parecido). Vaya por delante que me parece bien todo lo que contribuya a velar por la salud de la gente. Atiborrar a los niños de proteínas superfluas y de grasas excedentes es una insensatez, por no decir un crimen encubierto. Algo hay que hacer para no llenar de michelines nuestras escuelas y de colesterol las arterias de la infancia. Sin embargo Burger King no pone sus campañas promocionales en manos de incompetentes. Los cerebros de la cadena saben de sobra que una cosa son los valores oficialmente predicados en una sociedad y otra distinta –más que distinta, a menudo opuesta- las ansias, los deseos, los anhelos y las pulsiones íntimas de los individuos particulares que integran esa sociedad. Nadie quiere ser obeso, es cierto, pero a la mayoría le priva comer hasta reventar. El discurso racional de las autoridades, de los médicos y de los educadores explica que lo uno va asociado a lo otro. El discurso emocional de la publicidad, sin embargo, salta por encima de la lógica para ir a conectar con esa región oscura de nuestras mentes donde todos nos volvemos irreflexivos, impulsivos y caprichosos. Y el capricho ahora tiene la forma de desafío contra los decretos de lo políticamente correcto. Si no quieren hamburguesa, hamburguesa y media. ¿No nos quejábamos de la dictadura de las tallas ajustadas e imposibles? Pues ahí está la respuesta: la talla cetácea. La misma ministra que arremete contra las pasarelas de moda adelgazantes se las tiene que ver ahora con la industria de la obesidad. Son batallas perdidas, pero alguien tendrá que librarlas.

    Publicado en Diario de Navarra, 18.11.06
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    2006-11-23 22:14 | 0 Comentarios


    POLLOCK



    Al igual que en la astronomía, en el mercado del arte hay un punto en que las magnitudes se vuelven mareantes. Podemos hacernos una idea aproximada de la distancia entre la Tierra y Marte o del tiempo empleado por una nave espacial en dar la vuelta a nuestro planeta, pero a partir de un determinado satélite el Universo deja de ser manejable y se nos vuelve un enloquecido baile de cuerpos celestes que giran en el infinito. Un lienzo de Pollock ha sido comprado estos días por la módica suma de 140 millones de dólares, lo que en términos de comprensión viene a ser el equivalente de un viaje intergaláctico de otros tantos millones de años-luz. Hace tiempo que los cuadros se escaparon de los museos y andan describiendo órbitas por el firmamento donde residen las grandes fortunas. El de Pollock ha debido de batir un récord de larga distancia, pero su precio de venta nos habría producido la misma perplejidad de haberse quedado en la mitad o en la cuarta parte. Por eso es un error pretender fijar un canon artístico a partir de las cifras manejadas en Christie’s o en Sotheby’s. Si de algo hablan estos números no es de la supremacía estética de aquel genio alcohólico que fue Jackson Pollock, sino de la infatigable e insolente capacidad humana para amasar riquezas sin límite. ¿Quién paga esto? ¿Qué clase de ser humano es alguien capaz de desembolsar en la compra de un cuadro lo que alcanzaría para crear mil escuelas, o doscientos hospitales, o para erradicar el hambre en un varios países del tercer mundo? Hay amantes del arte que pujan en las subastas para hacerse con piezas que en el futuro legarán a la humanidad. Son los sucesores de aquellos antiguos filántropos cuyo nombre luce en algunos respetables museos. Pero estos otros, los magnates de ahora, compran pintura como quien invierte en ladrillos, en armamento o en diamantes. Ya sabemos que no hay superchería mayor que la crítica de arte, excepción hecha de la brujería como afirmaba Caro Baroja. Toleramos los caprichos de marchantes y galeristas porque al fin y al cabo ponen un poco de colorido en medio de la solemnidad académica que acompaña a la alta cultura. Sin embargo un Pollock de 150 millones de dólares o unos Klimt de 60 –como se han vendido también esta semana- ya se colocan incluso al margen de las engañifas críticas. Son los indicadores económicos de algún cambio de rumbo en la ruta del dinero. Cuando la cotización del arte sube, es que algún otro nicho de riqueza –los ladrillos, el armamento, los diamantes- ha dejado de ser rentable. El dinero es injusto pero no tonto. El dinero no huele, pero tiene buen olfato y excelentes reflejos para encontrar el mejor terreno donde seguir creciendo y multiplicándose.

    Publicado en El Correo, 11.11.06, y El Norte de Castilla, 12.11.06
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    2006-11-15 17:25 | 7 Comentarios


    USUARIOS

    A raíz de la reciente huelga de médicos de Atención Primaria, en alguna parte he leído que se reclamaban los medios para «prestar mejor servicio a los usuarios». La mayoría de los médicos siguen hablando de «pacientes», pero ahí se decía «usuarios». Es decir, los que hacen uso de un servicio. No hay incorrección alguna. Sin embargo, al encontrarse con estas palabras tan generalizadoras, tan burocratizadas como «usuarios», a uno le entra cierta desazón. ¿Acaso estamos dejando de ser «pacientes» -es decir, los que padecen, los necesitados de ayuda- para pasar a ser meros consumidores? En los Estados Unidos el término «patient» sigue siendo el preferido por el 95 % de los médicos, pero a medida que se desciende en la escala de las profesiones sanitarias predominan otras denominaciones: «client», «consumer», «user». Casi la mitad de las enfermeras los prefieren a «patient», que prácticamente queda desterrado en el vocabulario de los funcionarios y de los asistentes sociales. Conociendo qué profesiones acaban imponiendo sus reglas en estos tiempos de corrección política, no es difícil predecir la etiqueta con que acabarán siendo señalados los enfermos: no «pacientes del hospital» sino «usuarios del sistema de salud» o «clientes de los servicios sanitarios». Hay quien ve en «paciente» algo despectivo, porque la palabra evoca el sufrimiento y tal vez la subordinación respecto del médico. No se repara, sin embargo, en que «usuario» tiene mucho de deshumanizador, muy a tono con las peores tendencias de la medicina actual. En cuanto al origen de la voz «cliente», bueno será recordar que en el medievo se llamaba así a quienes estaban bajo la tutela o la protección de los señores feudales. Ni que decir tiene que cuando dejemos de ser pacientes para convertirnos en modernos usuarios de consultas y respetables clientes de hospitales el cambio llevará consigo un inmediato ajuste de tarifas. Nada sale gratis en esto de la puesta al día lingüística. Pero, en contrapartida, si en vez de «pacientes» nos llaman «clientes», podremos hacernos la ilusión de que nos hacen más caso. Porque recuerden aquello de que el cliente siempre tiene razón.

    Publicado en Diario de Navarra, 11.11.06
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    2006-11-15 17:23 | 0 Comentarios


    AJUSTE


    Con motivo de los 50 años cumplidos por nuestra televisión, la nostalgia ha campado a sus anchas por artículos, reportajes, loas y recordatorios varios. Pocas veces una efeméride ha desatado tanta unanimidad sentimental como este medio siglo transcurrido desde la entrada del virus catódico en nuestros hogares, fenómeno que por lo visto cambió la vida a la mayoría de los españoles. Todos han coincidido en manifestar que aquellos primeros tiempos fueron lo más parecido a la dicha. Para una nutrida mayoría queda fuera de toda duda la superioridad artística, estética y moral de la tele de los 60 y los 70 sobre la de ahora. Así será, si así lo dicen. Un perspicaz analista de la cosa me hablaba hace poco del ‘efecto Cuéntame’. Sostenía que a bastante gente le gusta seguir la peripecia de de los Alcántara porque, con todos sus problemas y sinsabores, les ofrece pinceladas de vida elemental, sencilla y sin complicaciones. Dicho de otro modo, una imagen del orden familiar desaparecido en estos tiempos confusos. Es probable que la añoranza de aquella televisión tan gris y tan casposa sea también la consecuencia de un desconcierto ante el presente, una especie de repliegue defensivo en busca de algo más seguro o más acogedor. Con la tele de la primera época pasa lo mismo: sólo había dos cadenas, las imágenes eran en blanco y negro, todo el mundo veía los mismos programas. Es decir, podía ser monótona y aburridamente pobre, pero por eso mismo conservaba el encanto de las cosas simples, que siempre tienen sus ventajas. No discuto que de vez en cuando ofreciera estampas dignas de rescate, como alguna que otra función teatral. Cuando alguien me recuerda la calidad de los ‘Estudio 1’ de entonces me ocurre lo mismo que al oír hablar de los documentales de viajes o de naturaleza servidos hoy por la National Geographic. Unos y otros son empleados como argumento para defender el papel pedagógico de una caja idiota que en el resto de la programación reniega de todo lo que huela a cultura. También en aquella tele se salvaban ciertas teleseries de abogados o detectives, las chicas de los anuncios de coñac, el absurdo de Tip y Coll o las entrevistas de Soler Serrano a Borges, a Carpentier o a Pla. Pero eso eran excepciones en medio de un páramo en el que reinaban los coros y danzas de la Sección Femenina, rostros del régimen, capellanes castrenses, tocadoras de castañuelas, humoristas catetos y cantantes melódicos con peluquín. Y, sobre todo, cartas de ajuste. Interminables y grises cartas de ajuste que nos mantenían prendidos a la pantalla como rehenes del régimen que la inspiraba. Unos tiempos ciertamente felices, a juzgar por el festival de nostalgia con que nos han estado aturdiendo.

    Publicado en El Correo, 4.10.06, y El Norte de Castilla, 5.10.06
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    2006-11-12 22:18 | 1 Comentarios


    SURMENAGE

    Pero ¿queda alguien entre nosotros que estudie francés? Uno de los fenómenos culturales más raros de los últimos años ha sido la desaparición del francés en colegios e institutos. Se enseñan otros idiomas: inglés, por supuesto, pero también alemán o italiano. Y sin embargo vivimos como quien dice en la frontera con la lengua de Voltaire. Coges el coche y en menos de una hora estás tomando un «café au lait» en una «brasserie» donde el «garçon» te saluda con un «bonjour, monsieur». No entiendo por qué hemos decidido dar la espalda a una lengua y a una sociedad tan cercanas. Tiempo atrás, cuando en los primeros cursos de bachillerato ya recitábamos sonetos de Ronsard, el francés tenía un prestigio indiscutible que no se quedaba dentro de las aulas, sino que salía hasta la calle. Las tiendas de ropa con pujos de vanguardia eran «boutiques», las marcas de tabaco anunciaban su producto con el rótulo de «cigarettes» y los galicismos se adueñaban de la carta en los restaurantes de postín. Pienso en la decadencia del francés entre nosotros al oír a alguien una palabra que daba por muerta: «surmenage». Algo así como la astenia otoñal. O la fatiga crónica. Antes se usaba mucho, porque otra de las cosas que la gente fina hacía en francés era enfermar. Padecían surmenage el empresario cargado de responsabilidades, el alto ejecutivo, el profesor quemado. Hoy metemos la mano en el saco de las palabras inglesas y les diagnosticamos estrés o síndrome burnout. Pero ya no es igual. El surmenage era un estado muy respetable de decaimiento que ennoblecía a quien cayese en sus garras, porque la propia pronunciación de la palabra transmitía la idea de un túnel largo y oscuro que el héroe atravesaba armado de coraje. Tenía algo, no sé, de intelectual y a la vez de científico. Y a la vez de trastorno pasajero que no hacía falta curar a base de ansiolíticos y antidepresivos, sino con unas cucharadas de Bovril en la sopa y unas pastillas de Calmante Vitaminado cada doce horas. Ahora que caemos enfermos en inglés todo se ha vuelto más complicado, más feo, más vulgar.

    Publicado en Diario de Navarra, 4.11.06
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    2006-11-12 22:00 | 6 Comentarios


    Iribarren, coleccionista de palabras


    Un coleccionista. Con esa palabra se definía a sí mismo José María Iribarren cuando le preguntaban sobre su tarea de escritor. «Hay quienes coleccionan –declaraba en Burlas y chanzas (1951)- sellos de correo, puños de bastón, frascos, pisapapeles, cajas de cerillas, vitolas de puro, billetes de ferrocarril y capicúas tranviarios. Yo colecciono anécdotas de tipo popular, cosas curiosas, pintorescas o risibles que leo o que me cuentan». Anécdotas, y algo más. Si Iribarren prefirió mostrarse como un recopilador de chascarrillos –en el mejor de los casos, un autor de cuadros de costumbres- y no como un investigador de la historia, del lenguaje y del folclore, tal vez eso se debiera a la prevención que su trabajo causaba en los medios universitarios y académicos.

    Lejos empezaba a quedar el prestigio de los viejos publicistas o eruditos polifacéticos tan abundantes hasta la primera mitad del siglo XX. A Iribarren le tocó coincidir con el nacimiento de una era de la especialización en que los títulos –el suyo era de Derecho, no de Letras ni de Historia- pesaban más que las obras. De manera que hubo de ocultarse detrás de esa inofensiva etiqueta de «coleccionista» para evitar la conjura de la cátedras y la irritación de los doctores contra un hombre sencillo, inquieto y perspicaz que podía eclipsarles. Un hombre curioso cuyo único pecado fue aventurarse en estudios a los que los especialistas supuestamente más capacitados no se atrevían a hincar el diente, y ello en disciplinas tan diversas como la Lexicografía y la Historia, la Etnografía y las biografías.

    El Iribarren que más aprecio es, sin duda, el lexicógrafo. O, por decirlo en su lenguaje, el coleccionista de palabras. Dos obras en particular autorizan a otorgarle un lugar destacado dentro de este ámbito: una, más local, el Vocabulario navarro; la otra, sin otras fronteras que las inmensas de la lengua castellana, El porqué de los dichos. La primera fue pionera de los diccionarios de regionalismos en España. La segunda, todavía no superada ni en cantidad ni en calidad, representa aún hoy la más ambiciosa exploración hecha nunca en el origen y el sentido de los modismos y las locuciones del español. Al mencionar El porqué de los dichos, todavía son los que a ambos lados del Atlántico muchos se refieren a «El Iribarren» como quien remite al criterio de autoridad inapelable. Medio siglo después de su primera edición –y ya ha superado la docena- El porqué de los dichos sigue siendo la fuente necesaria para la comprensión de infinidad de expresiones afincadas en nuestra lengua, desde «la purga de Benito» hasta «pagar a toca teja», desde «pelillos a la mar» hasta «comer de gorra».

    La relación de Iribarren con las palabras es aleccionadora para todos los que –escritores, profesores, periodistas, investigadores- hemos hecho de ellas nuestra profesión. Para el autor tudelano las palabras no fueron signos inertes, sino seres dotados de vida propia; no tenían etimología, sino genealogía, unas veces humilde y otras de prosapia; no eran, en fin, meros objetos de estudio, sino fuente inagotable de regocijo y de entretenimiento. Por eso las coleccionaba. Y por eso quizá el mejor homenaje que le podemos dedicar este 31 de octubre, cuando se cumple el centenario de su nacimiento, sea el compromiso de tratar a las palabras con un afecto parecido al que él les profesó.

    Publicado en Diario de Navarra, 31.10.06
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    2006-11-05 21:30 | 0 Comentarios


    LOS DESEOS

    En este país donde cada uno piensa según su emisora y razona al dictado de su periódico de cabecera, los hechos son lo de menos. Todos los días millones de personas salen de casa camino del trabajo bien duchadas, razonablemente vestidas, desayunadas según grados de apetito y de recursos, y también pensadas. No necesitan poner a funcionar ese paquete de ideas arrugadas que todos tenemos dentro de la cabeza porque ya llevan puesta la doctrina para toda la jornada. Esa doctrina se compone, entre otras cosas, de los propios deseos. Los deseos son formidables órdenes para la mente: uno desea una cosa, la piensa, y zas, ahí la tiene al alcance de la mano. Al menos así nos están educando la publicidad y los altavoces políticos. ¿Que usted quiere que el 11-M fuera el resultado de un compló socio-terrorista? Pues le ofrecemos una versión a la medida de sus anhelos. ¿Que, por el contrario, necesita considerar a Aznar y al pepé causantes de aquella desgracia? También hay un discurso coherente a su disposición. El centro comercial donde abastecerse de ideas, pruebas, argumentos y razones es amplio y bien surtido. Ya pasó la era de la realidad virtual. Ahora nos encontramos instalados en una etapa evolutiva superior, que es la de la realidad desiderativa. Ahí tienen por ejemplo a Joseba Permach, uno de los portavoces del ‘entourage’ etarra, recriminando al presidente Rodríguez Zapatero por haberse puesto firme por una vez. Los terroristas habían asaltado el día anterior una armería donde robaron 350 pistolas. El jefe del Gobierno advirtió, como no podía ser menos, que eso iba a traer consecuencias. Entonces Permach le llamó irresponsable por haber hablado así, pues no era para tanto. Realidad desiderativa: si yo quiero que 350 armas de fuego equivalgan a 350 piruletas, es que son piruletas y no pistolas. Y al decirlo Permach eso se convierte en pensamiento razonable. En idea extendida. De acuerdo, algún fallo tiene todo esto, pero no me negarán que resulta cómodo: sólo ocurre lo que yo quiera que ocurra. Los deseos se han convertido en dueños y señores de la realidad.

    Publicado en Diario de Navarra, 28.10.06
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    2006-11-05 20:46 | 0 Comentarios


    LAS COMILLAS


    Observen las comillas en los textos de periódico. Cada vez hay más, no sólo en el cuerpo de los textos sino en los mismos titulares. La continuidad de Luis Aragonés, pendiente de unas «connotaciones». Montilla dice que no gobernará «a cualquier precio». Nace «Yoigo», el cuarto operador de telefonía móvil. Miguel Sebastián es el «destacado político» que competirá con Gallardón. Y así. Interesante herramienta, ésta de las comillas. Un recurso tipográfico con variadas utilidades, que tan pronto sirve para encerrar una cita textual o las palabras literales de alguien como actúa avisando del empleo figurado de un término. Es cierto que quizá se esté abusando del periodismo declarativo, el que gira en torno a lo que dicen los políticos y las personalidades públicas en lugar de fijarse en sus acciones. Pero hay que tener presente que vivimos en la era de la comunicación y las palabras alcanzan tal importancia que muchas veces tienen mayor repercusión que los hechos; incluso llegan a convertirse en hechos por sí mismas. Hay más periodismo declarativo porque hay más lenguaje performativo. También el incremento de las citas entrecomilladas va en relación directa con el incremento de las melonadas proferidas por doquier. Ahí tienen una muy reciente: Permach considera una «irresponsabilidad» la advertencia de Zapatero. Lo dijo el portavoz batasuno después de que el presidente anunciara una respuesta firme al robo de armas en Francia por parte de ETA. Así que, ya digo, hay comillas inevitables porque están para eso, para reproducir cosas que uno no diría ni harto de vino. El periodista debe dejar claro el límite entre sus palabras y las de otros. Pero hay otras comillas diferentes, aplicadas a términos o expresiones cuya paternidad no queda clara. Cuando nos ponen «kale borroka», o «conflicto vasco», o «proceso de paz», ¿de qué avisan esos enigmáticos signos? ¿De que el emisor llamaría a las cosas de otra forma pero así es como las llama la mayoría? ¿De que lo hace con recochineo? La ironía también se entrecomilla, es cierto. Incluso hablando. Se habrá fijado ustedes en ese ridículo gesto de echar a volar los dedos índice y corazón de ambas manos como dando a entender: esto lo digo yo de aquella manera, metafóricamente, o de coña. Eso, cuando no dicen abiertamente: «entre comillas». No sé, tengo la impresión de que con tanta comilla sólo estamos confundiendo a la gente. Incluso diría que a propósito. Recurrimos a ellas para no tomar decisiones sobre las palabras, para decir sin decir, para tirar la piedra y esconder la mano. Porque las comillas dejan el lenguaje en suspenso y el pensamiento en la sombra. Quizá es que son el reflejo de nuestra condición moderna: seres inciertos, individuos entrecomillados.

    Publicado en El Correo, 28.10.06, y El Norte de Castilla, 29.10.06
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    2006-11-05 20:43 | 0 Comentarios


    EL BOLÍGRAFO



    No sé qué pensaríamos en el hipotético caso de que una alta personalidad pública reaccionara a las preguntas de una reportera metiéndole con la mejor de sus sonrisas un bolígrafo por el escote. Es una situación imaginaria, por supuesto. Ya sé que ni en sus delirios más descabellados ninguno de nuestros cargos políticos actuales o pretéritos sería capaz de incurrir en una grosería semejante. Pero hay que estar preparados para cualquier eventualidad. Últimamente a algunos primeros espadas de la fiesta les ha dado por caminar al borde del abismo. Cuando no toman el nombre de los muertos en vano, dan pábulo a subproductos del periodismo amarillo donde se insinúan tramas rocambolescas, o lanzan al ataque a sus kamikazes para minar las defensas del adversario con cualquier clase de armamento, desde la zancadilla rastrera hasta el infundio de destrucción masiva. En este animado clima de concordia intervienen también algunos significados alféreces de la opinión escrita o audiovisual que ponen lo mejor de su parte para que la atmósfera alcance el conveniente hedor. Un circo que se precie debe oler a estiércol. Políticos y periodistas, entremezclados en los frentes opuestos, ya han protagonizado varias refriegas sonadas. No sé qué parte de responsabilidad alcanza en todo esto a los entrevistadores del género tocapelotas, aunque supongo que son más efecto que causa del deterioro reinante. El genio del Gran Wyoming inspiró una fórmula atrevida y algo impertinente de reporterismo cómico. Los más avispados de los políticos se percataron enseguida de que, en vez de ponerse a la defensiva, les convenía aguzar el ingenio y seguir la corriente a aquellos chicos de negro un poco gamberros pero en el fondo bastante sensibles al halago de un corte chistoso. Otros, en cambio, tomaron la dirección opuesta. Quizá la providencia no les había concedido el don del humor. El caso es que lo que pudo haber sido una zona de idilio entre prensa y poder fue cargándose de agria tensión. De un lado, políticos suspicaces, ceñudos y poco adiestrados para encajar golpes. Del otro, hombres y mujeres de gatillo fácil dispuestos a disparar con el micrófono sin contemplaciones y por la brava. Pero al fin y al cabo estos últimos cumplían la obligación profesional de preguntar. El salto cualitativo se produjo el día en que Federico Trillo arrojó una moneda de euro a una redactora de periódico que cubría cierta rueda de prensa. A partir de ese momento los políticos sosos, los amargados y los chulos se envalentonaron y empezaron a reaccionar de malas maneras. Lo del bolígrafo en el escote es pura fantasía, desde luego. Nunca ocurrirá en nuestro país porque somos unos caballeros. Pero un poco de cordura no vendría mal, por si acaso.

    Publicado en El Correo, 21.10.06, y El Norte de Castilla, 22.10.06
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    2006-10-25 13:00 | 3 Comentarios


    ESCOLTAS



    Hace pocos meses, el delegado del Gobierno en Navarra insinuó la posibilidad de que, en caso de llegar a buen puerto el llamado «proceso de paz», el personal de seguridad actualmente ocupado de la protección de cargos públicos fuera empleado para acompañar a las mujeres víctimas de maltratos y amenazas. Fue una manifestación desafortunada, por dos razones: en primer lugar, porque parecía condicionar la salvaguarda de las mujeres al éxito de unas inciertas y misteriosas negociaciones de otro orden; la segunda (y tal vez más triste) razón era que establecía una comparación tácita entre dos tipos de fenómenos criminales. Y al compararlos invitaba inevitablemente a distinguir entre dos categorías de víctimas: las de clase preferente –los políticos- y las de clase turista, las de reserva, las que debían aguardar su oportunidad en el banquillo. Este último era el lugar en el que el delegado gubernativo colocaba a las mujeres maltratadas. Aleccionado quizá por aquella metedura de pata ajena, el presidente del Gobierno navarro ha anunciado la aplicación de las medidas de protección a todas las mujeres en peligro, sin condiciones ni listas de espera. Ha hablado de servicios de seguridad privada, con escoltas personales. Ha dicho que la protección será aplicada durante las 24 horas del día. Ha añadido que se mantendrá de forma permanente mientras persista el riesgo para la persona atendida. Ante decisiones como esta uno se siente orgulloso de pertenecer a su comunidad. Incluso no tiene el menor reparo en dar una ovación a su presidente. Lo digo en serio: pocas ocasiones nos proporciona la política local para estar tan satisfechos. Aunque, pensándolo mejor, guardemos los aplausos para más adelante. Para el momento en que la medida se haga efectiva, por ejemplo. Porque, vista la convicción con que Sanz hizo el anuncio ante el Parlamento, todo conduce a pensar que el servicio de escoltas se pondrá en acción de inmediato y no esperará a hacer su debut el día en que haya que acompañar a las mujeres hasta sus respectivos colegios electorales.

    Publicado en Diario de Navarra, 21.10.06
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    2006-10-24 16:19 | 0 Comentarios


    MOROS



    A este paso la libertad de expresión pronto podrá librarse de la censura, su peor enemigo desde tiempos inmemoriales. La censura desaparecerá porque vendrá a hacerle el trabajo otra fuerza mucho más poderosa: la autocensura. En los tiempos que corren ya no son necesarias ni policías ni leyes restrictivas; no hace falta tampoco amenazar a los escritores o a los periodistas con encarcelarlos si no miden sus palabras con el metro del poderoso de turno. En vez de meterlos entre rejas, se les mete cuatro balas como a Anna Politkovskaya y asunto concluido. A veces no sabemos apreciar en lo que valen los grandes avances de la civilización. Días pasados, con motivo de la celebración del Día de la Hispanidad, el ayuntamiento de Nueva York invitó a participar en el tradicional desfile de todos los años a las cofradías de Moros y Cristianos de Alcoy. Éstas recibieron la invitación encantadas y, por supuesto, viajaron a la capital neoyorkina con sus mejores galas. Sin embargo, conscientes de la angostura de la Quinta Avenida, redujeron sus efectivos a la mitad de lo habitual. Pero no a la mitad de las ‘filaes’ de moros y la mitad de las de cristianos. Dejaron en casa a la morisma al completo para no meterse en líos, pues no está la cosa como para ir por ahí desafiando a los seguidores de Mahoma. Las fiestas de Moros y Cristianos han aguantado a pie firme todas las críticas habidas y por haber. No han cedido un milímetro a las peticiones de integrar mujeres en sus tropas. No han hecho el menor caso a los otorrinos que les sugerían rebajar en unos decibelios el volumen de sus arcabuzazos, ni a los sabios que les reprochaban la falta de rigor histórico en sus fastuosos e inverosímiles ropajes. Hasta siguen fumando en los desfiles unos puros de campeonato con los que desafían la sagrada causa Antitabaco. Y es que las tradiciones son intocables por definición. Pero sólo son intocables hasta que alguien decide tocarlas en nombre de quién sabe qué valor superior. Curioso fenómeno.

    Publicado en Diario de Navarra, 14.10.06
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    2006-10-17 10:45 | 5 Comentarios


    MIELES



    Otra vez Bono en escena. Hay seres llamados a perdurar más allá de su papel, y el ex-ministro y ex-presidente autonómico José Bono es uno de ellos. Dicen que cuando reaparece lo hace en contra de su voluntad; que si por él fuera se quedaría tranquilo en casita, leyendo novelas y obras pías o intrigando en la sombra pero sin molestar a nadie. Será entonces que las cámaras le buscan. Será que las primeras planas, incapaces de soportar el vacío de su nombre y la nostalgia de sus declaraciones, van tras él hasta arrancarle una frase o atraparlo en un titular de actualidad. Lo cierto es que nos ha tenido en un sinvivir tras extenderse el rumor de su candidatura para la alcaldía de Madrid. Parecía que no hubiera otro acontecimiento en el país. Qué digo el país: el universo mundo. Daba la impresión de que se hubieran detenido las guerras, las negociaciones por el fin del terrorismo, las pruebas nucleares, los altibajos de la bolsa y las labores de vendimia. La noticia era Bono. Y él se dejaba querer, amagaba un paso adelante, luego un paso atrás, tan pronto se mostraba remiso como hacía ver que aceptaría gustoso su designación. «Cuando los necios cesan en su cargo -escribió Chamfort-, hayan sido ministros o altos funcionarios, suelen conservar una altivez o una importancia ridículas». No digo que Bono sea un necio, líbreme Dios de insinuarlo siquiera, pero algo sobrado de ego sí que anda el hombre. Eso es lo que le impide percatarse de la repercusión de sus palabras y de sus acciones. La vanidad suele ir acompañada de una dosis de ceguera, más acentuada cuando se ha sido el perejil de todas las salsas. José Bono es un león vestido con piel de gatito que cultiva una humildad cosmética, meliflua, frailuna, bajo cuyos andrajos se ocultan las galas de un emperador. Muchos recuerdan aún su toma de posesión como ministro de Defensa. Fue un acto multitudinario donde se congregó lo más granado del folclore patrio, una escena de opereta cuyo guión parecía escrito por un paparazzi y no por un austero jefe de las fuerzas armadas. En otra ocasión se le vio a Bono en Filipinas echándole un pulso a su colega de Exteriores por ver quién salía antes en la prensa colgándose las medallas del indulto a un preso español. Será por su dicción cautivadora, o por ese continuo gasto de pañuelos para enjugarse el sudor que tanto dice de su vocación de servicio, o por lo arrollador de una personalidad tan carismática y tan desbordante de autoestima, el caso es que Bono sigue atrayendo el interés popular incluso después de retirado. Saboreadas las mieles de la gloria, Bono volvió a su retiro dejando al PSOE con un palmo de narices. No hubo nada, salvo un rastro de tierra quemada que nadie querrá pisar después de esto.

    Publicado en El Correo, 14.10.06, y El Norte de Castilla, 15.10.06
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    2006-10-16 11:06 | 1 Comentarios


    15 de octubre, en pie contra la pobreza



    Guardería-cuna de Cañete, Perú. Fotografía de Ana Romera.

    LA SILLA

    Indignados unos, admirados otros, el caso es que todos hablan del dichoso vídeo en el que unos jóvenes encapuchados entran de noche en el Congreso de los Diputados. Llegados al salón de plenos tras burlar a los vigilantes, se acercan hasta el escaño del presidente del Gobierno y roban su silla. Dejan en su lugar una nota manuscrita: «Zapatero, ponte en pie contra la pobreza». Aunque bien montada desde el punto de vista narrativo, la grabación carece de calidad técnica. Todo hace suponer que sus imágenes han sido tomadas con una de esas cámaras de teléfono móvil convertidas en emblema de la juventud indómita que da bofetadas a los compañeros de clase más apocados o que hace al objetivo muecas de beodo en medio de un botellón. Este aire de clandestinidad, ese estilo travieso y furtivo, esa espontaneidad aparente sitúan el vídeo en la órbita de la gamberrada, pero al mismo tiempo le otorgan cierta legitimidad de cinéma-verité entre alternativo y rebelde. A la última. Una de las cintas más vistas en el último festival de Cannes estaba montada precisamente a base de tomas de móvil. En París se celebra estos días otro festival dedicado en exclusiva a películas en este formato, a las que ya han puesto el nombre de «cine de bolsillo». Youtube se va llenando de grabaciones similares. Quizá por eso el vídeo de los ladrones de sillas ha suscitado tanto comentario acerca de cosas como los límites de la libertad de expresión, la profanación de un recinto sagrado o la responsabilidad del funcionario que facilitó la entrada a los actores. Ahora sabemos que se trató de un imaginativo montaje ideado por una agencia publicitaria por encargo de una ONG con el fin de sensibilizar a la ciudadanía ante la pobreza en el mundo. Para el día 15 está convocada una cita universal con el lema «Levántate contra la pobreza y por el cumplimiento de los objetivos del milenio». Cada día siguen muriendo de miseria más de diez mil niños. La brecha que separa pobres y ricos va creciendo en vez de reducirse. La diferencias sociales, ya no entre países, sino dentro de las mismas ciudades y de las mismas regiones, son escandalosas. Hay tantos motivos para levantarse en gesto de protesta que la discusión sobre el vídeo parece un sarcasmo. Pero esta es la paradoja de nuestra sociedad de la comunicación: un mensaje emitido con el fin de llamar la atención sobre un problema de primer orden se convierte en objeto de atención por sí mismo. Más aún: genera tal cantidad de energía comunicativa que neutraliza su propio objetivo. No es un error de la campaña, sino un vicio de la época. En vez de mirar a la luna, nos fijamos embobados en el dedo que la señala. ¿Para qué protestar contra la pobreza en el mundo cuando bastante tenemos con preocuparnos por una silla?

    Publicado en El Correo, 7.10.06, y El Norte de Castilla, 8.10.06.
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    2006-10-11 18:12 | 2 Comentarios


    LA CASA DEL POETA



    A nadie que se acercara a la casa del poeta con buenas intenciones se le cerraba la puerta. En el número 3 de la calle Velintonia, donde Federico García Lorca había leído por vez primera sus «Sonetos del amor oscuro», donde habían retumbado las bombas en el asedio a Madrid durante la guerra civil, donde un día de octubre de 1977 sonaba el teléfono y al otro lado una voz lejana comunicaba al inquilino que le había sido concedido el premio Nobel, siempre había sitio para los escritores. Vicente Aleixandre ejercía de anfitrión unas veces jubiloso, otras paciente, pero nunca con una mala palabra en la boca. Uno de sus más asiduos visitantes, el poeta y crítico José Luis Cano, fue tomando acta de las visitas durante cierto tiempo. Misericordioso, Cano omitió los desencuentros –pocos- y las comidillas maliciosas –más frecuentes pero, qué quieren, es costumbre entre poetas-. Los cuadernos de Cano vienen a constatar que una parte nada despreciable de la historia de la literatura española del siglo XX transcurrió entre las paredes de esa casa.

    A Aleixandre no le gustaba la vida social. O quizá sí, pero aborrecía los lugares públicos, la calle hostil, la parda sociedad del franquismo. Por eso hizo de su casa de Velintonia –no Wellingtonia: él mismo castellanizó el nombre oficial para quitarle pompa, para que nadie lo confundiera con un palacio burgués- una especie de santuario donde la amistad y la palabra siempre estaban a salvo. Había llegado a la casa en 1927, el año fundacional de su generación, al lado de sus padres y de su hermana Concha. A partir de entonces todos ellos mantuvieron una extraña fidelidad al edificio, del que no consintieron que los desterrasen ni la enfermedad –compañera obstinada del autor de La destrucción o el amor-, ni la guerra ni el deterioro material.

    Esa casa se encuentra ahora en un estado deplorable. Abandonada por los herederos, pero olvidada también de las autoridades que no han hecho nada por adquirirla, está al borde de la ruina. Su estructura aún se mantiene, igual que lo hace el cedro plantado por el poeta en aquel jardín donde ahora crecen las malas hierbas y donde antaño jugueteaba Miguel Hernández, el «hermano menor» de Aleixandre. Pero también sobreviven entre sus restos los ecos de incontables voces –desde Cernuda hasta Hierro, desde Guillén hasta Celaya- que allí, con la sierra de Guadarrama al fondo, residieron y compartieron tanto tiempo para beneficio de nuestra poesía.

    Quizá el destino de la casa de Velintonia no debiera ser una «casa del artista» al uso, de esas donde se rinde un culto entre fetichista y religioso al fantasma de alguna celebridad pretérita. Venerar la palangana donde un pintor hacía sus abluciones matinales o simular gestos de admiración ante la cama del célebre tenor son costumbres algo ridículas que sonrojarían a los supuestos homenajeados. Pero la casa de Aleixandre, por la que ahora –por enésima vez- se han vuelto a movilizar sus amigos y sus admiradores bien podría convertirse en el museo del exilio interior, como alguien ha propuesto. El monumento a la memoria de quienes, durante la larga noche de la postguerra, supieron iluminar con el arte y la palabra la honda oscuridad de un país maltrecho. Los tejados aún no se han venido abajo y las paredes, aunque muy castigadas, siguen en pie. Quizá de aquí a unos meses ya sea tarde.

    Publicado en 'Torre de viento' del Diario de Navarra, 4.10.06
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    2006-10-11 18:01 | 3 Comentarios


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