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{ Bitácora de José María Romera. Artículos de prensa y otros escritos }

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    CAYUCOS



    Todo parece indicar que la ruta marítima de inmigrantes que va de las costas de Mauritania a las Islas Canarias es algo más que un itinerario alternativo del Estrecho: una gigantesca fosa común. Allá van a parar los cadáveres de los menos afortunados en esta ruleta rusa de la lucha desesperada por sobrevivir. Hasta el propio Gobierno español reconoce que el año pasado pudieron ser varios miles los devorados por las aguas atlánticas cuando trataban de ganar el litoral isleño. «El que inventó el barco inventó también el naufragio», dejó escrito Lao Tse. Es decir, que toda aventura tiene su precio. Pero de la mayoría de esas gentes no queda ni la memoria del embarque. Ni el menor rastro de que fracasaron en el intento. La tragedia que se está escribiendo en esa parte del Océano ha pasado inadvertida largo tiempo a causa de que la mar apenas deja huellas de sus fechorías. Sin embargo ahora va escupiendo cadáveres y devolviendo a tierra pecios, restos de ropa, pasaportes irreconocibles y otros enseres. Son el testimonio de una tragedia de inmensas proporciones a la que veníamos haciendo oídos sordos porque en el fondo las cosas de las que no se habla es como si no sucedieran. A todos nos agrada ver en los reportajes el rostro de los que han superado la prueba. Los suyos son relatos enternecedores y yo diría que hasta optimistas. Ya decía Jack London que las historias más hermosas siempre empiezan por naufragios. Pero por regla general omiten, no sé si por desconocimiento o por respeto a los muertos, el recuento de los rezagados y de los definitivamente perdidos en la travesía. Pese a todo, estos que llegan hambrientos y deshidratados después de tres días de navegación incierta son ejemplares humanos de primera calidad. Es como si la ley de la selección natural hubiera impuesto el triunfo de los más jóvenes y musculosos, mientras que los débiles sucumben bajo el sol de los desiertos, en las caminatas eternas, en el braceo desesperado de quien nunca aprendió a nadar por falta de ríos donde hacerlo. En Ceuta y Melilla trataron de contener estas avenidas humanas con verjas metálicas. En el litoral mauritano, los cayucos –otra nueva palabra para el vocabulario de la ignominia- se deslizan lentos pero sin trabas hasta que un mal viento, una ola repentina desbarata el sueño de sus pasajeros. Dicen que en días de calma la mar en Cabo Blanco es como una patena lisa y azul que invita a la navegación confiada. Pero aunque así no fuera estos desesperados seguirían tentando a la suerte por la sencilla razón de que, como vienen de la nada, no les asusta encontrarse frente a la nada cara a cara. Ni perderse con ella sin dejar ni un nombre, ni siquiera una cifra para las estadísticas.

    Publicado en El Correo, 26.3.06
    _______________________________________________________

    2006-03-28 16:57 | 1 Comentarios


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    Comentarios

    1
    De: Delfín Fecha: 2006-03-29 16:42

    Y siguen saliendo más noticias, más fotos, más cifras. Más tragedia que no cesa.



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