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{ Bitácora de José María Romera. Artículos de prensa y otros escritos }

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    ADMIRAR

    Los únicos que conservan hoy la capacidad de admirar a otros seres humanos son esos adolescentes conocidos como «fans». Para el resto, para la mayoría de los adultos y de los viejos, la admiración es una flaqueza, un signo de ceguera mental, algo así como el reconocimiento de la propia inferioridad. Y esto último, confesarse menos capaz o con menos talento que otros, no lo quiere nadie. ¿No vivíamos en democracia? Pues todos iguales. Si se han fijado, las pocas estatuas que en esta época ingrata se levantan en homenaje a personas ilustres carecen en su mayoría de pedestal. Se las coloca en mitad de la calle a la altura del paseante. O sentadas en un banco de parque donde mean los perros y comen su bollicao las criaturas. Yo mismo me he retratado junto a esculturas de éstas, poniendo el brazo encima del hombro de Woody Allen en Oviedo, aparentando pegar la hebra con Gerardo Diego en Santander, y mirando esas fotos es como si me viera capaz de escribir un guión cinematográfico de primer orden o un poema para la posteridad. Me pregunto si las ponen así de bajas para subir la autoestima de los vecinos. Bertrand Russell decía que a la gente le cuesta trabajo admirar por miedo a equivocarse. Quizá sea eso. Es más fácil buscar los defectos de los grandes que aprender de sus cualidades. Está bien visto el oficio del iconoclasta que nos descubre las miserias de los valiosos y por eso mismo aplaudimos al bufón que ridiculiza sus gestos y sus palabras. El caso es rebajar a quien destaca. En esas charcas de bilis que son las tertulias de radio y televisión sale a navegar diariamente el rey de bastos repartiendo mandobles a diestro y siniestro contra todo lo que se mueve. Lo llaman libertad de expresión, pero un psiquiatra cualquiera descubriría en ese pimpampún mucho complejo de inferioridad reprimido. Los atenienses organizaban concursos de ditirambos donde ganaba el bardo que incluyera más elogios en un dístico dedicado al prócer, al guerrero o al atleta. Nadie lo tomaba por un ejercicio de adulación babosa, sino que, al contrario, pensaban que contribuía a mejorar la salud de la polis, ennoblecía el carácter de sus habitantes y premiaba a las personas de mérito. Hoy nos invade una perversa satisfacción al oír que el vencedor de siete tours de Francia se dopaba, y también hay quien se complace en la noticia de que un viejo estadista sufre demencia senil. Son noticias que nos dispensan del deber del reconocimiento. Pero la capacidad de maravillarse no es una debilidad propia de papanatas idólatras, sino un don de la inteligencia. Aprender consiste en admirar. Aun a riesgo de equivocarse.

    Publicado en Diario de Navarra, 24.7.05
    __________________________________________________________________

    2005-09-27 10:00 | 5 Comentarios


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    Comentarios

    1
    De: Bambo Fecha: 2005-09-27 11:24

    Algunas veces, sólo algunas veces, los méritos son bastante cuestionables. No siempre quien destaca, quien se alza por encima del ciudadano medio, posee, en verdad, las cualidades que los "otros" le han atribuido: cada vez hay más gurús mediáticos. Y provocan dentera; al menos a mí.

    Roberto Bolaño cuestionó a parte de las grandes figuras de la literatura del XX y no creo que sus valoraciones fuesen resultado de un mal reprimido complejo de inferioridad... aunque ¡vete tú a saber!, con lo poco reconocido que fue en vida, puede que fuese una mera rabieta, :-D



    2
    De: Delfín Fecha: 2005-09-27 12:04

    Pues a mí me encanta admirar a aquellos de quienes aprendo algo. La ventaja de la admiración es que no tiene por qué abarcar todas las dimensiones de las personas valoradas, sino que puede limitarse a aquellos campos donde destacan. Si un buen escritor es una sabandija en la vida privada, lo tengo fácil: leo sus libros pero no me voy a tomar ni un café con él. Nada me impide admirar su obra. Pues lo mismo en muchos otros órdenes de la vida. Ahora bien: eso que dices de las admiraciones erróneas, es cierto. Pero el problema es del tonto que se deja influir por los criterios ajenos y no sabe distinguir dónde hay mérito y dónde no lo hay. Insisto: aprender consiste en admirar.



    3
    De: Anónimo Fecha: 2005-09-27 12:30

    Delfín, yo admiro a la gente que me sorprende. Y es algo sobre lo que he discutido bastante este verano, mientras estaba en el festival de teatro clásico de Almagro: alguna vez tuve la posibilidad de tener a mi lado a glorias del teatro y se me caía la baba escuchándolos. Algunas personas que me acompañaban no entendían que aquello me alegrase el día, porque insistían en que no eran diferentes a mí. Y no puedo estar más en desacuerdo.

    Tengo la sensación de que admiramos aquello que no somos capaces de hacer y esa limitación es la que nos hace ver al otro como algo magnífico.

    A mí sí que me condiciona, en alguna medida, el saber qué tipo de persona hay detrás de un escritor, por ejemplo.



    4
    De: José Angel Fecha: 2005-09-27 16:21

    Bonito artículo, ahora le veo la lógica a las estatuas esas a ras de tierra... Tienes razón, Delfín, por admirar a alguien no estamos bendiciendo todos y cada uno de los aspectos de su persona, sino sólo algunos logros. Eso es fácil de hacer en los deportistas, nadie los admira por su labia por ejemplo. Pero en el caso de los escritores se nos hace más difícil separar al hombre de su creación (me refiero al hombre creado que se trasluce a través de la obra, ese sabio autor implícito). Pero hay que hacerlo. Si no, nos perderíamos la experiencia de lo admirable.



    5
    De: Delfín Fecha: 2005-09-27 19:09

    José Ángel, en principio sólo hay un aspecto humano que me interesa de los escritores a quienes admiro: el deber de gratitud, la conciencia de tener una deuda con ellos por haberme aportado algo bueno. A partir de ahí no les concedo ninguna ventaja particular sobre el resto de mortales (en lo privado, me refiero). Creo que a menudo se confunden estas cosas, tanto por el extremo de las idolatrías al que alude Bambo como por el otro lado, el más innoble, el que menciono en el artículo.

    De entrada yo prefiero errar por elevación. Es más tranquilizador y nos da más oportunidades de crecer aprendiendo de los buenos. Luego puede ser que te lleves un chasco, no lo discuto, pero esto ocurre en todas las esferas de la vida. Yo no le pido al fontanero que me atienda con sentimiento, sino que arregle bien las tuberías.



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