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Esclavos de las costumbres
La mayoría de los individuos actuamos casi siempre al dictado de los hábitos, pero no tanto por utilidad como por pereza o por miedo
En muchas de las actividades humanas, el mejor aliado del éxito es la costumbre. El atleta que salta con la pértiga tiene que haber practicado una y mil veces los mismos movimientos para adquirir una técnica que acabe siéndole natural y así superar el listón lo más alto posible. De la misma manera, el adiestramiento en ciertos hábitos otorga oficio al artesano, destreza al operario y soltura al prestidigitador. También en lo cotidiano las costumbres adquiridas ayudan a dar respuestas al medio y a ejercer una gran cantidad de funciones que nos facilitan las cosas, sea caminar, asearnos o conducir un vehículo, sea usar fórmulas de cortesía en la conversación.
El filósofo
David Hume estimaba que la costumbre es «la gran guía de la vida humana» y que sin su influencia «nunca sabríamos cómo ajustar los medios a los fines, ni cómo emplear nuestros poderes naturales en la producción de ningún efecto». Buena parte de la instrucción impartida en los centros de enseñanza se ha basado y se basa en estos principios, de comprobada eficacia para la adquisición de capacidades procedimentales para las que se precisa la repetición casi mecánica de actos o de operaciones lógicas. Bien por efecto de la educación o bien por adquisición inconsciente, el hecho cierto es que somos un manojo de hábitos y sin ellos nos sentiríamos como náufragos arrojados a un medio hostil y sin recursos para sobrevivir en él.
Pero esas costumbres que vienen en nuestra ayuda pueden acabar también empequeñeciéndonos, mecanizándonos, convirtiéndonos en autómatas con respuestas programadas y previsibles ante todas las situaciones. La fuerza de la costumbre coarta nuestra libertad cuando, presos de convenciones y pautas sociales prefijadas, nos impone determinados comportamientos. Se cuenta que una vez Pío Baroja, con motivo de un acto solemne en el que recibía una distinción, le preguntaron sobre la fórmula protocolaria de su preferencia: «Y usted, ¿jura o promete?». «Yo, lo que sea costumbre», respondió el escritor no sin sarcasmo, consciente del peso que las normas impuestas ejercen en una sociedad sin libertades, pero también de cómo esas costumbres sirven para ayuda para salir del paso a cambio de anularnos. (
sigue)
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2005-10-19 19:12 | 1 Comentarios
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