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{ Bitácora de José María Romera. Artículos de prensa y otros escritos }

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    AJUSTE


    Con motivo de los 50 años cumplidos por nuestra televisión, la nostalgia ha campado a sus anchas por artículos, reportajes, loas y recordatorios varios. Pocas veces una efeméride ha desatado tanta unanimidad sentimental como este medio siglo transcurrido desde la entrada del virus catódico en nuestros hogares, fenómeno que por lo visto cambió la vida a la mayoría de los españoles. Todos han coincidido en manifestar que aquellos primeros tiempos fueron lo más parecido a la dicha. Para una nutrida mayoría queda fuera de toda duda la superioridad artística, estética y moral de la tele de los 60 y los 70 sobre la de ahora. Así será, si así lo dicen. Un perspicaz analista de la cosa me hablaba hace poco del ‘efecto Cuéntame’. Sostenía que a bastante gente le gusta seguir la peripecia de de los Alcántara porque, con todos sus problemas y sinsabores, les ofrece pinceladas de vida elemental, sencilla y sin complicaciones. Dicho de otro modo, una imagen del orden familiar desaparecido en estos tiempos confusos. Es probable que la añoranza de aquella televisión tan gris y tan casposa sea también la consecuencia de un desconcierto ante el presente, una especie de repliegue defensivo en busca de algo más seguro o más acogedor. Con la tele de la primera época pasa lo mismo: sólo había dos cadenas, las imágenes eran en blanco y negro, todo el mundo veía los mismos programas. Es decir, podía ser monótona y aburridamente pobre, pero por eso mismo conservaba el encanto de las cosas simples, que siempre tienen sus ventajas. No discuto que de vez en cuando ofreciera estampas dignas de rescate, como alguna que otra función teatral. Cuando alguien me recuerda la calidad de los ‘Estudio 1’ de entonces me ocurre lo mismo que al oír hablar de los documentales de viajes o de naturaleza servidos hoy por la National Geographic. Unos y otros son empleados como argumento para defender el papel pedagógico de una caja idiota que en el resto de la programación reniega de todo lo que huela a cultura. También en aquella tele se salvaban ciertas teleseries de abogados o detectives, las chicas de los anuncios de coñac, el absurdo de Tip y Coll o las entrevistas de Soler Serrano a Borges, a Carpentier o a Pla. Pero eso eran excepciones en medio de un páramo en el que reinaban los coros y danzas de la Sección Femenina, rostros del régimen, capellanes castrenses, tocadoras de castañuelas, humoristas catetos y cantantes melódicos con peluquín. Y, sobre todo, cartas de ajuste. Interminables y grises cartas de ajuste que nos mantenían prendidos a la pantalla como rehenes del régimen que la inspiraba. Unos tiempos ciertamente felices, a juzgar por el festival de nostalgia con que nos han estado aturdiendo.

    Publicado en El Correo, 4.10.06, y El Norte de Castilla, 5.10.06
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    2006-11-12 22:18 | 1 Comentarios


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    Comentarios

    1
    De: JoseAngel Fecha: 2006-11-14 20:30

    Ah, pero éramos tan jóvenes... eso es lo que nos da nostalgia en realidad. Dices bien, a ver si enfocamos mejor la nostalgia; yo propongo aplicarla directamente al presente, por lo que nos pueda venir. De aquí a menos, eso seguro a largo plazo. (Sigo hablando en lo personal).



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