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    Iribarren, coleccionista de palabras


    Un coleccionista. Con esa palabra se definía a sí mismo José María Iribarren cuando le preguntaban sobre su tarea de escritor. «Hay quienes coleccionan –declaraba en Burlas y chanzas (1951)- sellos de correo, puños de bastón, frascos, pisapapeles, cajas de cerillas, vitolas de puro, billetes de ferrocarril y capicúas tranviarios. Yo colecciono anécdotas de tipo popular, cosas curiosas, pintorescas o risibles que leo o que me cuentan». Anécdotas, y algo más. Si Iribarren prefirió mostrarse como un recopilador de chascarrillos –en el mejor de los casos, un autor de cuadros de costumbres- y no como un investigador de la historia, del lenguaje y del folclore, tal vez eso se debiera a la prevención que su trabajo causaba en los medios universitarios y académicos.

    Lejos empezaba a quedar el prestigio de los viejos publicistas o eruditos polifacéticos tan abundantes hasta la primera mitad del siglo XX. A Iribarren le tocó coincidir con el nacimiento de una era de la especialización en que los títulos –el suyo era de Derecho, no de Letras ni de Historia- pesaban más que las obras. De manera que hubo de ocultarse detrás de esa inofensiva etiqueta de «coleccionista» para evitar la conjura de la cátedras y la irritación de los doctores contra un hombre sencillo, inquieto y perspicaz que podía eclipsarles. Un hombre curioso cuyo único pecado fue aventurarse en estudios a los que los especialistas supuestamente más capacitados no se atrevían a hincar el diente, y ello en disciplinas tan diversas como la Lexicografía y la Historia, la Etnografía y las biografías.

    El Iribarren que más aprecio es, sin duda, el lexicógrafo. O, por decirlo en su lenguaje, el coleccionista de palabras. Dos obras en particular autorizan a otorgarle un lugar destacado dentro de este ámbito: una, más local, el Vocabulario navarro; la otra, sin otras fronteras que las inmensas de la lengua castellana, El porqué de los dichos. La primera fue pionera de los diccionarios de regionalismos en España. La segunda, todavía no superada ni en cantidad ni en calidad, representa aún hoy la más ambiciosa exploración hecha nunca en el origen y el sentido de los modismos y las locuciones del español. Al mencionar El porqué de los dichos, todavía son los que a ambos lados del Atlántico muchos se refieren a «El Iribarren» como quien remite al criterio de autoridad inapelable. Medio siglo después de su primera edición –y ya ha superado la docena- El porqué de los dichos sigue siendo la fuente necesaria para la comprensión de infinidad de expresiones afincadas en nuestra lengua, desde «la purga de Benito» hasta «pagar a toca teja», desde «pelillos a la mar» hasta «comer de gorra».

    La relación de Iribarren con las palabras es aleccionadora para todos los que –escritores, profesores, periodistas, investigadores- hemos hecho de ellas nuestra profesión. Para el autor tudelano las palabras no fueron signos inertes, sino seres dotados de vida propia; no tenían etimología, sino genealogía, unas veces humilde y otras de prosapia; no eran, en fin, meros objetos de estudio, sino fuente inagotable de regocijo y de entretenimiento. Por eso las coleccionaba. Y por eso quizá el mejor homenaje que le podemos dedicar este 31 de octubre, cuando se cumple el centenario de su nacimiento, sea el compromiso de tratar a las palabras con un afecto parecido al que él les profesó.

    Publicado en Diario de Navarra, 31.10.06
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    2006-11-05 21:30 | 0 Comentarios


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