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{ Bitácora de José María Romera. Artículos de prensa y otros escritos }

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    MODA

    En el reino de lo efímero la moda hace ley. No obstante, se trata de una ley elástica e incierta, sin códigos exactos, renovada día a día por el capricho, el hallazgo afortunado o la extravagante ocurrencia. Dicen de ella que impone su dictadura; puede ser cierto, pero también lo es que la moda ya ha perdido aquel imperativo de autoridad que poseyó cuando los relojes corrían más lentos y el gusto era un privilegio reservado a ‘snobs’ y adinerados. La democratización estética ha traído consigo la diversificación de los estilos, y el viejo dicho «de gustibus non disputandum» es hoy bandera algo libertaria tanto para el legislador como para el súbdito. Incluso parece haber desaparecido el vínculo entre moda y elegancia, porque ésta ya no se rinde ante los dictados canónicos de cada momento. Se puede ser elegante sirviendo a la Moda o rebelándose contra ella, de la misma forma que se puede caer en lo más espantosamente hortera tanto imitando los figurines de las revistas como declarando la insumisión a las pasarelas. Pero el hecho cierto es que, pese a la abolición de la originalidad y a despecho de la vertiginosa sucesión de novedades, quien más quien menos mira de soslayo las normas de la época y procura ajustarse a ellas. La moda continúa siendo una brújula imperiosa para quien aspira a estar en su tiempo. ¿Cómo conciliar la aspiración de presente compartido y el anhelo de individualidad? ¿Cómo ser uno mismo y a la vez no caer en el anacronismo ridículo del ‘demodé’? Hasta hace muy poco los mandarines de la moda decretaban el tamaño de las faldas y las botonaduras de los chalecos, y eso quedaba reflejado en una consigna severa: «Este año se llevará esto o aquello». Ahora el «se lleva», la idea de lo «cool», ya ha pasado a mejor vida. Tal vez porque tampoco las tiranías «están de moda» en ningún orden de la vida, porque la rigidez canónica suscita más repudios que adhesiones, los agentes de la moda han perdido bastante de su viejo poder despótico y se han lanzado a buscarlo en otros argumentos: el de la sorpresa, el de la seducción, el de la creatividad a veces poética, el del juego atrevido e incluso, por qué no decirlo, el de la industria. Pero donde no han perdido su autoridad es en los cuerpos. Tal vez los diseñadores y las marcas no logren imponernos igual que antaño qué nos hemos de poner, pero sí deciden sobre dónde hacerlo. Su tiranía sigue decidiendo cómo han de ser las perchas humanas más adentro de la piel, en los mismos huesos; y si ahora algunos, en nombre de una supuesta responsabilidad social, han obligado a las modelos de pasarela a escapar de la delgadez y engordar un par de kilos no es por humanitarismo, sino para demostrar quién manda aquí.

    Publicado en El Correo, 23.9.06, y El Norte de Castilla, 24.9.06
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    2006-10-02 18:13 | 0 Comentarios


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