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{ Bitácora de José María Romera. Artículos de prensa y otros escritos }

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    POSESIVOS



    Uno se pega años y años dando vueltas a los misterios de la lengua, fatiga diccionarios, escruta en las etimologías, analiza los tipos de subordinadas y el porqué de los anglicismos, batalla con los matices de los epítetos, y al final de todo eso cae en la cuenta de que lo más lioso del idioma son los simples y elementales posesivos. A primera vista nada parece sencillo decir «mío» o «vuestro»; todos saben de qué hablan cuando se refieren a «mi casa», «tus amigos», «nuestro pueblo»; nadie duda de que se trate de un automatismo identificador de las cosas bastante ajustado a la realidad. Son seis personas gramaticales como seis comunidades de propietarios nítidamente delimitadas, gracias a las cuales a uno no le debería caber la menor duda de cuándo pisa terreno propio o ajeno. Por ejemplo, sé que la mano que teclea estas palabras es la mía, y que la tendida por el amigo que me saluda es suya. También me siento dueño de cosas a las que llamo «mis libros», «mi camisa» o «mi constipado». Pero a partir de ahí la cosa se complica. ¿Puedo llamar, por ejemplo, «mi ciudad» al laberinto de calles y edificios por donde transito todos los días por el solo hecho de haber nacido en él y de sentirme aproximadamente marcado por sus latidos? ¿Qué derecho tengo a hablar de «mi país» o de «mi patria» si eso mismo lo dicen millones de personas tan distintas y distantes de mí? Y qué decir de esa entelequia conocida como «lo nuestro» donde se amontonan costumbres, mitos, guisos regionales, creencias, paisajes, danzas y otras señales identitarias con las que no siempre uno mantiene relaciones de cordialidad. Sorprende la soltura con que algunos manejan el posesivo para marcar distancias respecto del extranjero o para encender emociones tribales. Dudo de que mi tierra, la que me limito a pisar, me pertenezca en mayor grado que al forastero que la trabaja y saca de ella las alcachofas con denominación de origen de los que luego yo presumiré en la mesa ante mis invitados venidos de fuera. Encuentro muchas dificultades para llegar a sentirme dueño de un equipo de fútbol donde quienes juegan y marcan goles son nativos de lugares distantes y hasta exóticos. Quizá nada es de nadie. A estas alturas, casi todas las propiedades que nos atribuimos con los posesivos son figuraciones sin dueño a las que nos ata la ilusión más que el derecho. Exceptuando la vida y la libertad -y quizá ni eso-, todo lo demás nos viene de prestado. Esa conciencia de transeúnte o realquilado es la que provoca mi perplejidad (esa si es mía) cuando oigo hablar tanto de «ellos» y «nosotros», de «lo nuestro» y «lo suyo». Me parece que los gramáticos deberían ir pensando en modificar el sistema de posesivos.

    Publicado en El Correo, 26.2.06, y El Norte de Castilla, 1.3.06
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    2006-02-28 16:25 | 1 Comentarios


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    Comentarios

    1
    De: Antinoo Fecha: 2006-03-04 18:01

    Vaya. Debería decir de las alcachofas que consumen en España que son mías, pero no lo son, es decir, las cultivaron y cosecharon peruanos como yo, mas eso no basta para cargarle las cosas, los méritos, digo, convenidamente, a la identidad nuestra. La "peruanidad".



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