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{ Bitácora de José María Romera. Artículos de prensa y otros escritos }

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    CAIMÁN

    El siglo XX, que fue una centuria llena de iconos y de ídolos de todas clases, dejó en el cuadro de nuestras vidas varias pinceladas musicales inolvidables. Una de ellas era aquella canción caribeña –no sé si cumbia, guaracha, porro o vallenato- cuyo estribillo decía «Se va el caimán, se va el caimán, / se va para Barranquilla». Tan prendida estaba a nuestra memoria, tantas veces la habíamos oído en la radio y en las fiestas, tanto partido se le sacó a su letra, que la creíamos venida de siglos atrás, sin autor conocido, una pieza más de ese crecido caudal que es el folclore latinoamericano. Sin embargo tenía un padre. Su compositor se llamaba José María Peñaranda y acaba de morir hace pocos días en su Colombia natal. A él se debe también otra pieza muy repetida que lleva el título de «Me voy pa’La Habana», aunque al parecer originalmente decía «Me voy pa’Cataca». Cataca era Aracataca, el pueblo de Gabriel García Márquez. Como muchas otras melodías del Caribe y Centroamérica, cambió de letra porque los encargados de popularizarla fueron músicos y grupos cubanos. Pero volvamos al caimán. Por una de esas raras influencias que acaba ejerciendo la música en todos los órdenes de la vida, la canción de Peñaranda nos resuena impregnada de insinuaciones políticas. Se cantó en las calles de Managua cuando la caída del dictador Somoza, y en las manifestaciones de Caracas contra Chávez, y en reuniones caseras de amigos anticastristas para formular ese deseo suyo de siempre tan viejo como imposible. A este lado del Atlántico ha sido Alfonso Guerra el último en mentarla celebrando el adiós de Manuel Fraga, al igual que ha hecho algún articulista al comentar la dimisión del fiscal Fungairiño. Pero ¿era «El hombre caimán» de Peñaranda una composición en clave reivindicativa? ¿Pretendió su autor suministrar a los sedientos de justicia una contraseña musical con la que desahogar su ira contra las dictaduras del continente americano? La respuesta es no. La canción se refiere a una leyenda popular según la cual un hombre se transformaba en caimán para poder espiar a las muchachas que iban a bañarse en el río Magdalena. Este reptil no era ningún tirano, sino un simple voyeur al que Peñaranda retrató bebiendo zumo de limón para que rimase con la palabra final del verso precedente: «admiración». La letra de «El hombre caimán» es de un surrealismo macondiano tan descabellado y de una picardía tan ingenua que admite todas las interpretaciones. Incluso la política, que en ningún momento pasó por la cabeza de su autor pero que ahora, a su muerte, lo erige en uno de los grandes cantores de la libertad en la América del siglo XX. Otra vez el Arte se impone sobre la realidad.

    Publicado en El Correo, 12.2.06, y El Norte de Castilla, 15.2.06
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    2006-02-14 20:15 | 0 Comentarios


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