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{ Bitácora de José María Romera. Artículos de prensa y otros escritos }

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    AGENDAS



    Nada como renovar la agenda para volverse filósofo. Con el cambio de año -circunstancia que, al fin y al cabo, sólo es un antojo de los calendarios sin relación con el tiempo verdadero, el continuo, el que no conoce etapas- uno tiene que trasladar las direcciones y los teléfonos al nuevo cuaderno. Una operación mecánica, tal vez. Un simple trámite de puesta al día. Pero de pronto damos con un nombre que nos hace dudar. ¿Qué pinta aquí este tío perdido de vista hace tiempo? Vacilamos entre mantenerlo en nómina o borrarlo del mapa, y nuestra duda no obedece precisamente a razones prácticas. Sabemos que tal vez nunca hagamos uso de esa nota, que va a ocupar un espacio inservible, y sin embargo no nos decidimos a tacharlo por miedo a cometer una especie de asesinato. Sería como si le hiciéramos un nuevo agujero al raído traje de nuestra existencia, bastante acribillada de olvidos como para agregarle uno más. Pero dejarlo ahí otro año supondría convertir la agenda en un desván de trastos apolillados o un inventario de momias. ¿Y si le damos –nos damos- una nueva oportunidad? A nadie le agrada ser verdugo de recuerdos. Los buenos deseos propios del fin de año aconsejan conservarlo; pero por el otro oído nos llega una voz vengativa o maliciosa exhortando a su ejecución. Sea cual sea el resultado, a partir de ese momento la operación de actualizar la agenda ya ha dejado de ser un formulismo. Actualizar: dramático verbo. Cada nombre contiene un racimo de alegrías o de nostalgias, en cada entrada puede asaltarnos la vergüenza de una ingratitud o la cólera de un agravio. Sólo unos cuantos registros son indudables: los familiares más cercanos, los amigos a prueba de bomba, los colegas o compañeros de trabajo. Su presencia en la agenda nos proporciona una ilusión de firmeza, de lealtad, esa tranquilizadora idea de lo perdurable resistiendo a todos los vapuleos de la vida. Pero incluso entre éstos, ay, alguno se ha ido para siempre. Y entonces la duda se convierte en zarpazo. ¿Qué es una agenda sino un acta de defunciones y nacimientos? Cuando ya se cargan bastantes años a las espaldas y la vida es una borrosa colección de encuentros más o menos felices o infortunados, las agendas delatan nuestra precaria condición de viajeros que se cruzan con otros viajeros hasta urdir una endeble trama de relaciones desiguales. Uno se pregunta en qué listas ajenas seguirá estando y de cuáles se habrá caído, a cuántos escrutinios habrán sobrevivido este diciembre su nombre y sus señas, qué ignorado lugar ocupará en estos inmisericordes testigos del trato humano que llamamos agendas.

    Publicado en Diario de Navarra, 24.12.05
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    2005-12-25 18:19 | 0 Comentarios


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