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{ Bitácora de José María Romera. Artículos de prensa y otros escritos }

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    SMOKE



    Lo dijo alto y fuerte el diputado Labordeta: quienes han hecho esta ley antitabaco no saben lo qué es fumar. Se refería a la escasa fuerza disuasoria de las multas cuando se enfrentan a algo tan poderoso como son las adicciones. Pero el padrecito Gobierno, siempre tan atento al interés de sus parvulitos los ciudadanos, ha conseguido sacar adelante su ley. A partir del 1 de enero fumar será algo infinitamente peor que un delito: será un pecado. Será una falta de civismo, y también será un milagro porque para lograr encender un pitillo habrá que escapar de los detectores de humo, de los jefes inquisidores, de los compañeros chivatos, de los guardias municipales, de las cámaras de videovigilancia y de las miradas reprobatorias. Conste que no critico la intención, sino los modos. Vería bien el intento de llevarnos por el buen camino si no fuera porque los plazos fijos siempre infunden sospechas. ¿A qué tanto empeño para poner la norma en vigor precisamente el uno de enero, cuando es sabido que todos los buenos propósitos están condenados al fracaso? Recuerda un poco a Zeno Cosini, el inconstante personaje de Italo Svevo que elegía fechas señaladas para empezar una nueva vida sin tabaco. Inútilmente, claro. Mark Twain, quien sin duda conocía bastante mejor la naturaleza humana, se lo tomó con más realismo y menos pretensiones: «Al cumplir los 60 años –escribió- me he impuesto la siguiente regla de vida: no fumar mientras duermo, no dejar de fumar mientras estoy despierto y no fumar más de un cigarrillo a la vez». Quienes han redactado esta ley antitabaco no saben lo qué es depender del maldito vicio, al que por muchas barreras disuasorias que se le pongan delante no hay otro modo de vencer que no sea la fuerza de voluntad. Y a veces ni por esas. Sé de lo que les hablo. Pertenezco a la nutrida legión de salvados por la campana. Afortunadamente conseguí divorciarme del pitillo antes de que se decretara la persecución de los apestados. Y digo afortunadamente porque no sé cómo podría ahora aguantar las jornadas enteras de trabajo sin dar una sola calada y las charlas de café sin el aroma de un cigarro encendido entre los dedos. Eso no lo consigue una ley. Así que no cuenten conmigo para delatar al fumador de al lado, aunque me esté echando en la cara su humo de segunda mano. Entre el civismo y la compasión hacia el débil, en este caso me inclino por la segunda. Y el débil, aunque nos digan lo contrario, no es el llamado fumador pasivo sino ese pobre hombre o mujer a una cajetilla pegado al que de repente quieren mandar a galeras como si fuera un asesino en serie.

    Publicado en Diario de Navarra, 17.12.2005
    _________________________________________________________

    2005-12-19 10:51 | 4 Comentarios


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    Comentarios

    1
    De: ElPez Fecha: 2005-12-19 20:16

    Amén.



    2
    De: Anónimo Fecha: 2005-12-20 18:10

    Pues yo estoy encantado. Que se jodan esos malditos yonkis. De la misma manera que no tolero jeringuillas por la calle, tampoco tolero humo donde trabajo.
    Y si sufren, ya saben: a las clínicas de desintoxicación, como los demás enfermos.



    3
    De: Para Anónimo Fecha: 2005-12-20 19:28

    Hala!!!



    4
    De: Anónimo Fecha: 2005-12-21 10:55

    Es que cansa ya la cosa. A mi siempre se me ha dicho que debo ser tolerante. Al afectado.

    Verás, si mi compañero de trabajo, por placer, decidiera meterse un pico a media mañana, me parecería incorrecto, aunque podría tolerarlo, pues sufre una adicción y lo necesita. Pero lo que no toleraría jamás es que, por su adicción, por su placer, decidiera envenenarme con parte de su droga, pinchándome un poquito, para que yo también lo goce.

    Es por ello que no tolero en absoluto a ningún fumador cerca mio. Y si él, por placer y por disfrute tiene derecho a envenenarme, yo, por placer y por desfogarme un poco, que la vida está muy perra, tengo derecho a arrearle una somanta de palos.

    Y tan felices los dos.



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