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{ Bitácora de José María Romera. Artículos de prensa y otros escritos }

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    CATASTROFISTAS



    Hoy la pregunta del millón viene formulada más o menos así: «¿Es el mundo más cada vez más desastroso o sólo ocurre que nos enteramos de las desgracias con mayor facilidad que antes?». No hay respuesta, claro. Pero sí parece que, a la vista de los terremotos, los atentados, las inundaciones, las sequías, las guerras, nos sumimos en una especie de pesadumbre cósmica que nos deja paralizados. Nos volvemos derrotistas, incapaces de atisbar signos de bonanza en el horizonte. No ofrece el mundo una estampa como para tirar cohetes, desde luego. Sin embargo, todos los días hay millones de personas haciendo lo que está en su mano para mejorarlo. Desde el científico en su laboratorio buscando la vacuna contra la gripe aviar, hasta el frutero que se levanta a las cinco de la mañana para recoger el género en el mercado de abastos. Hay que fijarse también en ellos. Flaubert decía que optimista es sinónimo de imbécil. En la misma dirección circula por ahí una extraña falacia según la cual sólo pueden ser solidarios los malhumorados. O los acojonados que ven signos de ruina por todas partes, igual que Quevedo no hallaba cosa en que poner los ojos que no fuese recuerdo de la muerte. Los medios de comunicación han encontrado un buen filón en todo esto. La mayoría de ellos son de un amarillo subido, pero usan la coartada de tenernos informados para así vender el género que más magnetiza la mirada: sangre y vísceras, virus y plomo, fuego y destrucción. Una especie de efecto dominó hace que, acostumbrada a recibir noticias fatídicas, nuestra mente engendre unos pensamientos sombríos que a su vez llevan la oscuridad a las vidas particulares. Con lo cual aumentan las depresiones y los trastornos mentales. Y esa gente trastornada hace la vida imposible a los de al lado. Les transmite pejigueras, les inquieta, les amarga un día sí y otro también. Ya advirtió Esopo que los hombres tienen menos capacidad para afrontar las pequeñas contrariedades que las grandes desgracias. Así que al final lo complicado no es entender las leyes que rigen este disparatado universo, sino el acto cotidiano de levantarse de la cama y echarse a la calle. Sin duda hay miles de argumentos a favor del pesimismo, unos con forma de edificios desplomados y otros con plumas de pollo infectado. Unos con nombre de huracán y otros colgados de las alambradas. Pero tiene algo de indecente ampararse en todo eso para no saludar al vecino en el ascensor, hacer el trabajo con desgana o amargarles la existencia a los compañeros. Y es que a las catástrofes bien aprovechadas se les puede sacar un partido que ni les cuento.

    Publicado en Diario de Navarra, 15.10.05
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    2005-10-16 12:58 | 2 Comentarios


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    Comentarios

    1
    De: lgs Fecha: 2005-10-16 14:41

    En WorldChanging.org dijeron hace un tiempo algo como esto:

    "La realidad y las posibilidades son algo demasiado complicado como para ser sólo optimistas o sólo pesimistas."

    También estaba lo que decía un estudioso de los sistemas complejos (y entre ellos los "wicked" - endiablados): "hay que saber mucho de esto sólo para poder decir que no lo entendemos".



    2
    De: Julio Suárez Anturi Fecha: 2005-10-17 00:44

    La información de los medios es algo así como un close up de la realidad, enfocado sobre los males y enfermedades de la sociedad. Eso vende. Creo que fue en Inglaterra donde se intento, por allá a finales de los 80, una publicación con solamente información positiva. No estoy seguro, pero creo que no duró un semestre en circulación. Hay una atracción morbosa por la tragedia, la desgracia. A pesar de Flaubert hay que oponer optimismo y esperanza, creo. Se dice que solo estos sentimientos hicieron posible los sobrevivientes de Aushzwitz. De modo que hay que saludar con optimismo al vecino.
    Cordial saludo.



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