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{ Bitácora de José María Romera. Artículos de prensa y otros escritos }

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    EUFEMISMOS



    Ocurre sobre todo en el terreno de la enfermedad y en el de la exclusión social. Hay gentes que con la mejor intención exigen que tanto el lenguaje oficial como el de la calle supriman las palabras marginadoras, que las reemplacen por otras más piadosas, porque bastante cruz llevan encima los débiles como para añadirles la sobrecarga de los vocablos insidiosos. De manera que no debe decirse «mendigos», sino «marginados». No «locos», sino «personas con discapacidad psíquica». Bien, está bien. Pero les confesaré que en este terreno albergo algunas dudas. Estoy de acuerdo en que las palabras hieren, ofenden y discriminan. El lenguaje no es inocente. Sin embargo, el tiempo me ha enseñado a desconfiar de de aquellos que, cuando se proponen arreglar los problemas emprendiendo una reforma, como primera providencia empiezan cambiando el lenguaje. Seguro muchos de ustedes saben por experiencia que no respeta más a la mujer quien repite a diestro y siniestro fórmulas como «los hombres y las mujeres» o «los ciudadanos y las ciudadanas» o evita los vocablos de género masculino para reemplazarlos por otros supuestamente neutros e igualitarios. He conocido algún un redomado racista que en público se llenaba la boca con expresiones como «la gente de color», «la etnia gitana» o «los ciudadanos del este de Europa» pero en privado no podía ver a un extranjero ni en pintura, y menos aún si el extranjero era pobre. Es un fenómeno viejo como la pana, pero me temo que atraviesa una fase de crecimiento. Los eufemismos son el calzado que usa el idioma para andar en terreno resbaladizo. No los usamos para mejorar la realidad ni para adecentar la mirada tendida sobre las realidades sensibles, sino con el fin de ahuyentar nuestros temores. Cuando el «retrete» deja de serlo para convertirse en «baño» o «aseo», parece que las necesidades fisiológicas se convierten en pasos de danza aromatizados con esencias orientales. En el momento que los «muertos» pasan a ser «difuntos» y los «cadáveres» no son cadáveres sino «cuerpos» -tal como se estila en la prosa noticiera del momento-, es como si eso nos dispensara de reflexionar sobre la crueldad humana, la fatalidad o el destino inexorable que nos aguarda. Brigadas de operarios de las palabras entran en acción diariamente para blanquear nuestro léxico, para arrancar de él la mala hierba de las voces-tabú, para imponernos nuevos términos con los que tapar las vergüenzas de la realidad circundante. A primera vista, el efecto de su labor es muy lucido. Tanto, que no dudamos en imitarla adoptando de inmediato sus palabras cosméticas hasta que vuelven a desgastarse, crían espinas y obligan a repetir una y mil veces la misma operación de recambio.

    Publicado en El Correo, 2.10.05, y El Norte de Castilla, 5.10.05
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    2005-10-04 19:34 | 0 Comentarios


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