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    VACACIONES

    Publicado en El Correo, 26.6.05



    Un tipo que conozco me comenta sorprendido una noticia que acaba de leer: ocho mil rumanos residentes en Castellón podrán ir de vacaciones a su país este año. No sé si su extrañeza se debe a un número que considera desproporcionado para una sola provincia o al hecho de que los emigrantes dispongan de medios materiales y de permiso legal para volver a su casa por una temporada. Además la mayoría lo hará en avión, agrega como quien pone la guinda al pastel de la perplejidad. Todavía hay mucha gente entre nosotros que ve incompatibles los términos inmigración y confort. Un nativo del país puede volar tranquilamente hasta las playas del Caribe o las islas del Pacífico, y tampoco choca que británicos, holandeses y alemanes formen colonias caniculares en nuestras islas. Pero ese otro turismo de dirección inversa, el nutrido por quienes ya han logrado un puesto de trabajo casi digno y unos papeles en regla tras años de zozobra, parece que cuesta digerirlo. Desde hace varias décadas, cualquiera que se asomara el primero de agosto a la N-I encontraba auténticos convoyes de españoles, portugueses y magrebíes que volvían desde el corazón de Europa para pasar las vacaciones con sus familias. Iban en viejas tartanas cargadas hasta los topes, con el tubo de escape rozando el asfalto y toallas en las ventanillas para combatir el sol de la larga carretera. Aquellas expediciones no sólo nos parecían una cosa natural, sino que hablaban de alguna forma de bienestar paulatinamente conquistado en el exilio. Cada año los vehículos crecían en tamaño y en potencia y sus ocupantes lucían ropas de marcas más caras. Este hombre que me habla de los rumanos de Castellón es un veterano de la más impecable izquierda. Le parece estupendo que los niños saharauis vengan a bañarse en nuestras piscinas y forma parte de una organización dedicada a montar campamentos de verano para huérfanos de los países del Este. Así que no es sospechoso de xenofobia, pero en sus comentarios se percibe cierta incomodidad, como si hubiera algo en el fenómeno que no acabara de cuadrarle. No es el único. Cuando el inmigrante es un desdichado sin techo ni documentos, explotado por negreros de la fruta, sometido a las mafias de la construcción y hacinado en pisos de alquileres abusivos, la solidaridad aflora sola porque se parece mucho a la compasión. Es decir, resulta un impulso más o menos natural. De paso permite crearse a medida una conciencia progresista y humanitaria sin riesgo de que el otro venga a pisarte el terreno. Pero el día que el extranjero se asienta, prospera y se nos iguala, entonces, ay, sale a la luz el viejo hidalgo clasista que llevamos dentro. Habrase visto, de vacaciones a Rumanía, y en avión.

    26 junio 2005
    _________________________________________________________________

    2005-06-27 16:51 | 0 Comentarios


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