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{ Bitácora de José María Romera. Artículos de prensa y otros escritos }

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    DESPEDIDA

    Publicado en El Correo, 8.5.05, y El Norte de Castilla, 11.5.05



    Muchos suponían que este país embrutecido por cierta clase de televisión iba a llorar al unísono el día en que Javier Sardá se despidiese de los ruedos. O de los rings, que después de tantos años aún no sabemos qué clase de plató es ese donde el gran maestro de ceremonias ha sacado a bailar a sus monstruosas criaturas. La efusión de llanto no se ha producido. No ha habido una conmoción nacional, y ni siquiera la cadena de TV donde el futuro cesante tiene instalado su laboratorio de horrores le ha dedicado unos minutos de semblanza. Uno quisiera ver en este silencio el indicio de un estado de opinión. Tal vez la gente no es tan afecta a la telebasura como nos quieren hacer creer los industriales de la cosa. Acaso Sardá, al igual que sus rivales y sus cómplices y sus epígonos en esto de la mierda emitida mediante ondas, sea un simple fruto de la imaginación, la forma de un mal sueño que se desvanecerá igual que como vino: de noche y por sorpresa. Y de él no quedarán apenas restos en la memoria, porque las memorias que ha habitado, las de su leal audiencia, fueron previamente vaciadas por él mismo para poder instalar bazofia en el hueco dejado por las neuronas en fuga. Hasta los más irremediables televidentes tienen que hacer un esfuerzo sobrehumano para acordarse hoy de otras estrellas del desperdicio catódico. Nadie sabe qué fue de aquel tipo de barba que calzaba a sus invitados una especie de arnés lleno de cables y conexiones, para acto seguido interrogarles con toda gravedad acerca de sus peripecias venéreas o de sus contactos con las mafias rusas. Tampoco se conoce el paradero de otro eximio comunicador cuyo mayor triunfo consistió en hacer desfilar ante las cámaras lo mejor de cada casa de alterne. Sardá les tomó el relevo y se convirtió en, digámoslo así, el amo del cotarro. Este sujeto ha ido encaneciendo ante las cámaras con admirable fidelidad a unos principios profesionales inamovibles, el principal de los cuales no anda lejos del que ya formuló Lope de Vega hace cuatro siglos: «Puesto que paga el vulgo, es justo / hablarle en necio para darle gusto». Ha dedicado los mejores años de su vida a tirar por la borda el prestigio que antes había conquistado en la radio, a cambio de ganarse el respeto de los banqueros según sus propias palabras. Nada más lejos de mi ánimo que intentar catequizar televidentes. Pero este adiós sin ruido ni quejas ni señales de desesperación por parte del público me devuelve la confianza en la existencia de un mundo inteligente. Un mundo donde el humor no huela necesariamente a letrina ni donde para relacionarse con la gente haya que prestarse a conversar sobre escándalos de alcoba o gente contrahecha. Vaya usted con Dios, señor Sardá.

    8 mayo 2005
    ________________________________________________________________

    2005-05-08 16:06 | 3 Comentarios


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    Comentarios

    1
    De: Bambo Fecha: 2005-05-08 20:33

    A mí lo de la telebasura me provoca cierta desazón, porque es mucha, o eso parece, la gente que la ve. Y de una u otra forma, si para algunos asuntos, la opinión de la mayoría es tenida en cuenta como punto de partida -por ejemplo, unas elecciones democráticas-, para otras, se emplea como arma arrojadiza contra ella.

    Nunca fui seguidora de Sardá, sobre todo, porque me desesperaban esos debates demagógicos, inflados por postulados maniqueistas. Pero sí que lo vi en alguna ocasión. Y hasta me llegué a reir; alguna vez, bastante.

    Puede que el que se vaya sin que la "plebe" haya llorado su marcha no signifique que los telespectadores de esa franja horaria deseen un cambio a mejor en la programación. Quizás tenga que ver más con el hastío...



    2
    De: rvr Fecha: 2005-05-08 21:23

    Se va Sardá pero continúan los "grandes" hermanos. Y parece que la audiencia los acompaña.



    3
    De: Delfín Fecha: 2005-05-08 21:48

    Esto es como lo de los dictadores. Se van unos y surgen otros, pero eso no quita para alegrarse de que vayan cayendo. Sardá es la quintaesencia de este devastador fenómeno de la telebasura; no porque en sus programas sirva género de peor calidad que otros (no hay nada malo que no sea susceptible de empeorar), sino por su evolución como "comunicador" desde la dignidad hasta la ordinariez y el acanallamiento.



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