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    ©2002 romera

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    INTIMIDAD

    Publicado en El Correo, 27.3.05



    Lo sarcástico del debate sobre el derecho a morir con dignidad es que sean más los sanos que los desahuciados que intervienen en él. Eso hace que un asunto tan delicado, donde no debería entrometerse ningún apriorismo dogmático, esté condicionado por prejuicios morales, ideas recibidas, temores irracionales y fantasmagorías de todas clases. Son maneras de rehuir un conflicto que, por otra parte, no pocas veces se nos sirve interesadamente desfigurado por argumentos piadosos o legales de doble filo. Por ejemplo, muchos médicos sostienen que la manifiesta mejora en los tratamientos paliativos reduce considerablemente los sufrimientos del enfermo; sin embargo, ocultan que justamente esos avances de la medicina propician muchos más casos de prolongación artificial de vidas no deseadas. Y lo mismo ocurre con los moralistas empeñados en identificar la eutanasia con el crimen, a quienes se enfrentan otros moralistas persuadidos de que adelantar la muerte por norma es un acto de piedad. Tal vez sólo podrían arrojar luz sobre la cuestión quienes han sufrido los padecimientos de una agonía inmisericorde, de un dolor insufrible o de una existencia precaria hasta la indignidad. Pero pocos de ellos han tenido la opción de decidir libremente, atrapados como estaban en una cama de hospital, al otro lado de la conciencia y con sus facultades mermadas o agotadas. Desde esta orilla no cuesta gran esfuerzo pintar el cuadro del moribundo a gusto del espectador, bien sea con pinceles mojados en agua bendita, bien con el carboncillo grueso de la moda política. Ahora le ha tocado a un vegetal llamado Terri Schiavo. Quince años en coma, de ellos casi diez zarandeada por médicos, magistrados y familiares que disputaban sobre su derecho a morir dignamente como quienes litigan por unos palmos de tierra. Hay veces que los nombres y los apellidos llevan grabado nuestro destino. Schiavo, en italiano, significa esclavo. Un esclavo es una persona sobre la que otra ejerce el derecho de propiedad como sobre una cosa, según el diccionario de María Moliner. El caso Schiavo pone a la vista toda la obscenidad de los fanatismos. No es sólo que los otros se hayan adueñado de estos despojos entubados con apariencia de ser humano. Lo peor de todo es que a la muerta en vida no se le haya permitido ejercer el único derecho que puede quedarle a un ser en su estado: el derecho a la intimidad. Woody Allen ha dejado dicho que no tiene miedo a morir, pero que no le gustaría estar allí cuando suceda. A Terri Schiavo tampoco le habría agradado verse así, expuesta a la vergüenza pública como un muñeco de feria sólo por satisfacer la testarudez, el orgullo, las convicciones o los intereses de unos cuantos desaprensivos.

    27 marzo 2005
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    2005-03-27 01:00 | 0 Comentarios


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