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{ Bitácora de José María Romera. Artículos de prensa y otros escritos }

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    La hora birlada



    Este día del año en que nos birlan una hora es un día extraño, incierto, desconcertante. Uno se asoma a la ventana y observa que algo raro, no sabe muy bien qué, ocurre a su alrededor. Es como si todo se resistiera a desperezarse o como si un manto de fantasmal zozobra hubiera caído sobre las gentes y las cosas. ¿A qué misterioso limbo habrá ido a parar esa hora extraviada? ¿Vivimos más antes o más después que ayer? Usted, lector ocioso, ¿sería tan amable de decirme qué hora lleva? ¿Las diez, las once tal vez? Aunque sabemos que se trata de una convención sin importancia, y que tarde o temprano volveremos a nuestro ser colectivo de autómatas sincronizados, un ligero arrebato de rebeldía se nos agita por dentro. Es la pequeña contrariedad de cambiar los relojes —salvo el de sol, el único insumiso—, de haber padecido un atraco raterillo pero con el agravante de la nocturnidad. No se ganó Zamora en una hora, ni por sesenta minutos arriba o abajo va a hundirse el mundo más de lo que está. Pero en lo tocante al tiempo, que es el mayor usurero, uno no se prestaría a ceder ni una milésima de segundo. Que no me vengan con que se trata sólo de una especie de retención a cuenta, y el fisco horario nos la devolverá dentro de unos meses. A otro perro con ese hueso. Porque en la liquidación de octubre no habrá manera de recuperar aquel sueño, tan risueño, que nos han suspendido de golpe mientras dormíamos, y además para entonces todos los bostezos estarán curados. En este domingo aciago uno se siente viviendo un poco en diferido, unas cuantas leguas detrás de sus semejantes, como el viajero de un tren apresurado que corre por el andén intentando atrapar el pescante del furgón de cola.

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    2005-03-26 01:00 | 0 Comentarios


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