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{ Bitácora de José María Romera. Artículos de prensa y otros escritos }

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    ARMARSE DE PACIENCIA

    Publicado en El Correo, 16.3.05


    La patience © Emmanuel Veneau

    La vida está tejida de infinidad de acontecimientos que podrían esperar y de sucesos que nos resultarían menos dolorosos si aprendiésemos a recibirlos con paciencia

    La paciencia tiene dos dimensiones que no necesariamente van unidas: la una comporta la tranquilidad para esperar, mientras que la otra supone capacidad para el esfuerzo o el sacrificio. En la primera, el sujeto dotado de ese don resiste las tentaciones de la prisa, los embates de la ansiedad, el deseo de ver colmados inmediatamente anhelos, deseos y proyectos. Gracias a la paciencia asimila las demoras y los contratiempos, el fracaso propio y la inacción de los otros. Su paciencia le ayuda a porfiar en un objetivo que tarde o temprano verá alcanzado, sin que en el trayecto haya tenido que sufrir inútilmente.

    La otra forma de la paciencia, parecida a la resignación o al conformismo estoico, renuncia a enojarse, a manifestar enfado o queja ante personas o situaciones incómodas. A diferencia de la primera, que constituye una actitud interior y una disposición favorable del ánimo en beneficio propio, ésta otra se exterioriza en la imperturbabilidad, en la apariencia de calma, y es una «virtud social» adquirida mediante el esfuerzo y la práctica. Solemos considerar que las personas que ejercen esta clase de paciencia tienen más mérito que las «pacientes-tranquilas» porque en éstas últimas hay un factor de temperamento innato que facilita su proceder, mientras en las «pacientes-sufrientes» intervienen el respeto a los demás, la buena educación y la facultad de sacrificio.

    Así pues, la paciencia no es sólo la virtud estratégica de saber esperar el momento oportuno, sino también la capacidad para soportar el mal con firmeza. Busquemos, no obstante, sus puntos en común. ¿No hay en ambos casos una fuerza que permite afrontar las adversidades sin dejarse destruir? Acaso no es casual que, ante una circunstancia adversa, digamos que hay que «armarse» de paciencia. Consciente o inconscientemente, al emplear este verbo estamos identificando la paciencia con un útil mecanismo de defensa. O de ataque, pues no ha nada más desquiciante para el agresor de un individuo que ver cómo éste no se inmuta ante las provocaciones.

    La mala prensa de la paciencia proviene de su identificación con una virtud exclusivamente religiosa. En efecto, la Biblia es una continua exhortación a la espera del Mesías. El cristianismo y otras creencias predican la devolución del daño con el bien, que será recompensado en la otra vida. Tertuliano, el autor del ‘Tratado de la paciencia’ en el siglo III, se esfuerza en desvincular la paciencia de sus orígenes cínico-estoicos para buscarle motivos cristianos. Ya en los tiempos actuales, el descrédito de la paciencia encuentra sus argumentos en la doctrina de la competitividad y de la ley del más fuerte: el individuo paciente queda retratado como un ser pasivo, indolente, falto de coraje para dar la cara y de energía para cambiar el rumbo de las cosas.

    Y sin embargo la paciencia es necesaria. Porque siempre habrá realidades que seguirán su curso por muchos diques de contención que tratemos de ponerles al paso. Porque lo inmediato no siempre será preferible a lo diferido. Porque determinados procesos requieren un tiempo que no conviene ralentizar pero tampoco acelerar. Porque la paciencia es un excelente antídoto contra ciertos males que nos causamos nosotros mismos, como los del pesimismo, la desesperación o la ira. Porque, aunque a veces se la presente como «la virtud de los sufridores», suele padecer más quien la desprecia que quien la aplica en su beneficio.

    Sin embargo uno de los rasgos de la paciencia inteligente es su carácter no ilimitado. Cuando nos mostramos serenos y contenidos ante una provocación, una contrariedad o una situación de incertidumbre, somos conscientes de estar consumiendo una carga de combustible que tiene su medida. Hablamos de que «se nos agota» la paciencia, indicando con ello que a partir de cierto punto ésta ya no hará su efecto. Precisamente son sus límites los que otorgan eficacia a una cualidad válida en la medida que sea dosificada. Cuando aguantamos manías y rarezas de otros, hemos de dejar claro que les estamos concediendo un margen de confianza del que, una vez rebasado, dejarán de disfrutar. Si somos pacientes frente en determinadas desgracias, nuestra actitud será de provecho en tanto en cuanto actúe de bálsamo para el dolor, pero perderá su sentido si nos impide buscar remedios y nos conduce a la inacción. La paciencia, pues, necesita en cierto modo de la impaciencia entendida como contrapeso.

    La paciencia guarda una estrecha relación con el tiempo. Y, más que con el tiempo propio, con el tiempo de los otros. El impaciente, el que quiere acabar todo cuanto antes, no tiene en cuenta que seguramente necesita el concurso de otras personas que también han de administrar sus tiempos personales. Quien respeta el tiempo ajeno es consciente de que debe confiar a la paciencia el desarrollo de los hechos. La paciencia es, pues, una renuncia al autoritarismo, un reconocimiento de los derechos de los demás, un pacto para conciliar los intereses propios y los ajenos. Cuando nadie tiene tiempo, la paciencia es ociosa. No tiene sentido apelar a ella si vemos que se aproxima a toda velocidad una avalancha de nieve. Pero la vida está tejida de infinidad de acontecimientos que se nos antojan apremiantes cuando en realidad podrían esperar, y de sucesos que nos resultarían menos dolorosos si aprendiésemos a recibirlos protegidos con la coraza de la paciencia.

    16 marzo 2005

    «La paciencia desempeña contra las ofensas el mismo papel que la ropa contra el frío» (Leonardo da Vinci)
    «Paciencia: forma menor de la desesperación, disfrazada como una virtud» (Ambrose Bierce)
    «La paciencia es la más heroica de todas las virtudes, porque no tiene ninguna apariencia de heroicidad» (Giacomo Leopardi)
    «Los males que no tienen fuerza para acabar la vida no la han de tener para acabar la paciencia» (Miguel de Cervantes)
    ______________________________________________________________________


    2005-03-17 01:00 | 3 Comentarios


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    Comentarios

    1
    De: Benigil Fecha: 2005-03-18 20:37

    esta bien esto del blog, me alegro de encontrar este suyo, me gusta cómo escribe y tanbién como profesor;de los pocos que se libran, en el diario está todo lleno de faltas y chorradas, es que nadie lo revisa?

    un alumno residual de COU



    2
    De: Anónimo Fecha: 2005-03-18 21:59

    ¿Residual? ¿Un alumno residual?



    3
    De: Benigil Fecha: 2005-03-19 15:52

    si,así nos llamaban a los que no conocimos la ESO y el Bachiller



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