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{ Bitácora de José María Romera. Artículos de prensa y otros escritos }

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    COLOSO



    Publicado en Diario de Navarra, 26.2.05

    La otra semana, a punto de salir de Madrid para tomar la carretera, alguien reparó en que nos íbamos sin haber visto en presencia los restos del Windsor. Así que desvié el rumbo y conduje el coche hasta un cruce desde donde se podía divisar el edificio, de un gris tenebroso suavizado por el sol del mediodía. Fue sólo un instante, el tiempo suficiente para poder asegurar de vuelta a casa que lo habíamos visto, y, si se terciaba, para añadir unas pinceladas de misterio al asunto. Todos lo están haciendo. No conformes con la espectacularidad de las llamas exhibidas una y mil veces y en infinidad de perspectivas distintas, nos agregan fantasía al desastre. Que si unas luces extrañas encendiéndose y apagándose en los pisos inferiores, que si siluetas en las ventanas del edificio incandescente, que si pasillos secretos y candados rotos y agujeros en las paredes del sótano. Es añeja la tentación literaria de dar vida espectral a los edificios ruinosos o vacíos. Lo hizo Poe en La caída de la casa Usher. Lo mejoró Cortázar en relatos como Casa tomada. También Stephen King y Stanley Kubrik le sacaron buen partido en El resplandor. En cuanto a los incendios, no cabe duda de que lo más literario de ellos no es el fuego, sino las cenizas. Ahora que tanto se habla de «leyendas urbanas» (de forma impropia casi siempre, pues la mayoría no tiene por escenario la ciudad), el Windsor va a convertirse en un fecundo productor de esta clase de historias. De su esqueleto aún en pie va saliendo cada día un bulo nuevo, fruto de un fuego más incontenible que el real: el de la calenturienta imaginación popular. Eso, y el aquelarre de vídeos puestos en danza aquella noche entre fallera y apocalípica, han convertido el calamitoso incendio en una atracción de feria y el desastre material en fuente de inspiración creativa. Incluso por la vía cómica. Ya corren chistes de todos los gustos y colores sobre la identidad de los extraños visitantes. Pasar por Madrid sin sumarse a esa ceremonia habría sido imperdonable. Ni tan lejos como para tener que adivinar su silueta, ni tan cerca como para exponerse a un atasco o a una impresión demasiado fuerte, contemplamos el Windsor y al unísono soltamos la exclamación de rigor. Al fin y al cabo, el turismo no consiste en otra cosa que ir a los lugares para retratarse en ellos y luego mostrar la prueba de haber estado allí. Pero la foto gana mucho cuando en esos lugares se asiste al nacimiento de una gran patraña. Como la que legiones de videntes, adivinos, espiritistas y demás ralea ya están montando en torno al Windsor. ¿Cómo quedar ajenos a esa fiesta?

    26 febrero 2005
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    2005-02-26 01:00 | 0 Comentarios


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