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{ Bitácora de José María Romera. Artículos de prensa y otros escritos }

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    IRONÍA

    Publicado en Diario de Navarra, 29.1.05



    Una de las mejores definiciones que he leído nunca de un político es una definición que a la vez encierra un consejo. Se la dedicó Manuel Azaña a Joaquín Costa, aquel hombre tan cargado de buenas intenciones como carente de sentido del humor, a quien resumió así: «Corazón indefenso, porque no conoció la ironía». Han pasado cien años y el consejo vale igual que entonces. Estamos rodeados de políticos y personalidades con alta voz que seguramente reúnen todas las cualidades necesarias para ejercer dignamente las funciones propias de sus cargos. Que sin duda alguna andan sobrados de conocimientos, de ilusiones, de fe y de energía. Pero han invertido tanto de esto último en hacerse una imagen robusta de sí mismos que, llegado el momento de actuar, componen un gesto demasiado solemne. Y se muestran extraordinariamente serios. Y suspicaces. Y creen que la gente espera de ellos que se comporten como tenores de ópera o gallardas figuras de un dramón tremebundo. De manera que tarde o temprano acaban cayendo en ese agujero que se ha dado en llamar «crispación». Es posible que motivos no les falten, pero también es cierto que el estado de crispación revela una alarmante carencia de habilidades psicológicas y sociales. Como, llegados a este punto de la obra, buena parte del público les acompaña en la calentura, creen los actores no sólo estar en el papel que exigen las circunstancias, sino haber subido unos cuantos tramos en la escala de la popularidad. Es entonces cuando se desmelenan. Pierden los estribos. Se les va la boca y acaban evocando la Gestapo, la guerra civil, la Inquisición. Sin ningún atisbo de humor, por supuesto. Han perdido esa capacidad de distanciamiento que nos permite mantener el tipo en medio del vendaval y salir airosos de las refriegas. Es decir, han perdido la ironía. Tal vez los mandos de los partidos, de las iglesias, de las organizaciones sociales y del periodismo enfurecido de ahora necesiten una cura de ironía. No sé, leer a Camba, a Twain, a ese Cervantes a quien tanto citan para demostrar que no lo han leído. Oír a les Luthiers, por ejemplo, o a Faemino y Cansado. Cualquier cosa con tal de no convertirse en corazones tan despiadados y metepatas como indefensos. Corren tiempos crispados en donde lo más fácil es echar leña al fuego: para eso sirve cualquiera. Lo complicado, lo meritorio –pero también lo saludable- sería que todos estos bravos combatientes se mirasen al espejo y soltaran una carcajada al verse así de tiesos, de exaltados, de ridículos. Nos harían un favor a sus representados y eso que ahorrarían ellos en medicación.

    29 enero 2005
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    2005-01-30 01:00 | 0 Comentarios


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