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{ Bitácora de José María Romera. Artículos de prensa y otros escritos }

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    SEPULTADOS BAJO LOS JUGUETES

    Publicado en El Correo, 29.12.04

    La abundancia de regalos en estas fechas provoca en el niño una sensación de hartazgo que le impide concentrarse en una sola actividad y frena su creatividad e imaginación



    No todos los niños tienen la fortuna de Brooklyn Beckham, a quien sus famosos papás regalaron días atrás una réplica de camioneta Hummer cuyo precio asciende a la insignificante suma de 33.000 euros. Y no todos los padres y las madres, por potentados que sean, aprobarían que a los cinco años de edad sus hijos se acostumbraran a ver satisfechos con tanta facilidad todos sus caprichos, especialmente los materiales. El futbolista y la cantante representan en este sentido a muchas parejas que, con recursos o sin ellos, confunden la educación de sus descendientes con el comercio de juguetería y la entrega de regalos sin medida con una prueba de amor paterno.

    Es en las fiestas que rodean a la Navidad cuando la costumbre de hacer regalos se desquicia hasta la orgía. Si los destinatarios de esos regalos son los niños, todo parece poco: padres, madres, abuelos, padrinos se esmeran en sepultarlos bajo riadas de juguetes. Y, no contentos con hacer eso en una fecha determinada, escarbamos en las tradiciones para encontrar diferentes días de regalo obligado: el Papá Noel o el Olentzero o el Tió de la Nochebuena, el amigo invisible del Año Nuevo, los Magos del principio de enero.

    El regalo es un elemento fundamental de nuestra cultura. Por medio de él manifestamos afectos, entregamos al otro parte de nosotros mismos, y en los intercambios de obsequios simbolizamos los vínculos de respeto, de protección o de solidaridad que nos atan a los unos con los otros. Los regalos navideños poseen, además, un plus de liturgia emotiva, un poderoso influjo de nostalgia y de deseo de prosperidad que los convierte en más entrañables. Pero, al mismo tiempo que conservan su secular vínculo con la fantasía, cumplen la más prosaica función de alimentar una voluminosa industria y con ella remover un sinfín de hábitos consumistas que se impone sobre las iniciales bondades de las tradiciones.

    Desde tiempo atrás, los psicólogos infantiles vienen advirtiendo de los riesgos inherentes a la entrega de regalos a los niños. Durante algunos años, la mayor preocupación se ha centrado en el carácter del juguete: su adecuación a la edad de la criatura, su contenido en valores positivos o perniciosos, la ideología que subyace en él. El rechazo del juguete bélico o sexista y la loa al juguete educativo son ya cantinelas tan típicas como el villancico de la Marimorena. Pero, aparte de su idoneidad, el impacto negativo del juguete puede provenir también de su demasía, que es lo que más preocupa hoy en día. Los especialistas coinciden en estimar que nuestros niños están 'sobrerregalados', y que ese exceso de cosas recibidas a cambio de nada provoca en ellos más consecuencias perniciosas que benéficas.

    Sobreprotección

    En principio, el fenómeno es una consecuencia más de la dictadura del consumo, que encuentra en los niños unos ávidos clientes con fuerte capacidad para presionar sobre los mayores para satisfacer unos deseos inducidos por el mercado. No radica ahí, sin embargo, la principal explicación del fenómeno. El exceso de regalos es una manifestación de la tendencia sobreprotectora de los padres de hoy, tendencia que no necesariamente revela más afecto o mejor educación de los hijos, sino que suele estar asociada con otros problemas de los progenitores: sentimientos de culpa, miedos, proyecciones de los propios fracasos, búsqueda de sustitutivos del tiempo o la atención no dedicada suficientemente al niño... Nadie desea ver en el rostro de su hijo -y menos en estas fechas- un gesto de desilusión o de callado reproche. Los juguetes, los paquetes de regalos, actúan de conjuro contra ese riesgo.

    El exceso de regalos, aparte de avivar en el niño la llama de la ilusión convertida en producto de consumo, mata otros deseos latentes en la vieja expectativa anual del juguete -en singular- navideño. El sueño de la bicicleta, de la muñeca o del tren eléctrico, al fijarse en un único objeto, otorgaba a este cierto valor mágico y misterioso, amén de suponer el alcance de una meta largamente acariciada. Multiplicados los regalos, mengua la ilusión y se desvanece la sensación de recompensa o logro personal. El niño se siente atiborrado de cosas poco diferentes de las que por regla general ya poseía, puesto que no se trata de regalar novedades, sino nuevas versiones del aparato, el muñeco o el videojuego del año anterior.

    La abundancia de juguetes provoca en el niño una sensación de hartazgo que le impide concentrarse en una sola actividad. Esa especie de ansiedad por abarcarlo todo devalúa inmediatamente cada objeto y priva al pequeño de la posibilidad de incorporarlo a su universo como algo propio (una de las funciones principales del juguete) y de desarrollar su creatividad y su imaginación. Pero el peor efecto de esta sobrecarga de presentes es la impresión de falsa facilidad que crean en el receptor, quien tiende a pensar que todo está al alcance de la mano y basta con alargarla para obtener lo que le interesa. Ha desaparecido el escaparate, como barrera simbólica entre lo visto y lo logrado. Los padres dadivosos se han encargado de dinamitar sus lunas para que sus majestades los bebés no sufran -ni disfruten- el penoso -y gozoso- estado de la expectativa.

    También en este asunto es de sana aplicación el adagio clásico: «Non multa, sed multum». No muchas cosas, sino mucho en calidad. Vale más el tiempo compartido con ellos que el alto precio de un juguete quizá destinado a yacer en cuartos como escombreras de regalos. Es preferible ponerse de acuerdo padres, abuelos y tíos para hacer obsequios compartidos a entrar en alocada competencia por asombrar a la criatura con el regalo más grande o el más caro. Y, si el niño no recibe lo que esperaba, podremos enseñarle a aplazar su deseo para otra ocasión: con ello aprenderá a tolerar la frustración y a dar más valor a las cosas. Quizás niños como Brooklyn Beckham no tienen esa oportunidad.

    José María Romera
    29 diciembre 2004
    __________________________________________________________________________

    2004-12-30 01:00 | 0 Comentarios


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