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{ Bitácora de José María Romera. Artículos de prensa y otros escritos }

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    El MALL

    Publicado en Diario de Navarra, 6.11.04


    Saben bien los arquitectos de estos recintos que no edifican mercados. Que la gente no acude aquí a comprar cereales, ni pantalones, ni hornos microondas ni siquiera tiempo de recreo, sino que son fieles que asisten a la liturgia en el templo. Por eso los malls recuerdan tanto a las catedrales. Son basílicas donde el espíritu comunitario encuentra sosiego y aliento, paz interior y frenesí exterior. Es preciso, pues, que las galerías estén dispuestas en largas naves iguales a las de las iglesias, y que las tiendas sean como capillas laterales o tal vez confesionarios, y que haya una gran bóveda bajo cuya protección sobrenatural se celebre la ceremonia del gentío. Una vez sumergido en el aparcamiento que hace las veces de cripta, el creyente asciende en la cinta elevadora como levitado al nivel uno de la dicha. Está en la planta de los comercios, una especie de parque temático del consumo donde unos gozan del privilegio de la compra y otros de la simple mirada: ¿hay algo más democrático que esta fraternidad de ricos y pobres, este emparejamiento de carros llenos y medio vacíos, esta equivalencia virtual de poderes adquisitivos? Pues, con bolsas o sin ellas, todos han conseguido hacerse con su porción de sueño, de fantasía y de ilusión, que es lo que realmente venden hoy las pantallas y los escaparates. El mall reúne todas las condiciones para ser el mejor lugar de cita, al igual que antes lo eran las iglesias. Aquí se juntan las cuadrillas de amigos, las familias unidas, las tribus juveniles, los grupos de turistas y los clubes de jubilados, rendidos por igual a la fiesta de la opulencia. Todo es abundante y limpio, silencioso y musical, gigantesco e íntimo. En el nivel más alto, donde los fieles gozan extasiados el encuentro con lo sobrenatural, suelen colocarse los abrevaderos de distinta clase: hamburguesas y tagliatelli, enchiladas y helados, chips con ketchup y rollitos de primavera. Ese festín amenizado por iconos luminosos de todos los colores se derrama por vastas alfombras de mesas cuyos ocupantes tratan de asegurarse de ser felices, de haber cumplido reglamentariamente con todas las exigencias de la visita al templo y poder así decir que, en efecto, la experiencia ha sido fastuosa. Han alcanzado la cima del mall con tal grado de aturdimiento que ya no son capaces de recordar los detalles de la ceremonia. No saben si los que han hecho es comercio, turismo, cultura, ocio, nutrición o devoción. Pero esa duda tan peligrosamente cercana al vacío queda de inmediato disipada al ver que forman parte de la muchedumbre. Codo con codo, sudor con sudor, prietas las filas.

    José María Romera
    6 noviembre 2004
    __________________________________________________________________________

    2004-11-06 01:00 | 3 Comentarios


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    Comentarios

    1
    De: ElPez Fecha: 2004-11-06 23:41

    Siempre me he preguntado muchas cosas en los malls... pero principalmente qué tienen que al cabo de un rato tengo que salir corriendo de ellos. El principal factor es el ruido. ¿No te has fijado en el estrépito o fragor que generan los clientes y paseantes? La profusión de mármoles y demás elementos muy reflectantes del sonido consigue convertir esos recintos en una verdadera caja de ruidos. Insoportable talmente...



    2
    De: Delfín Fecha: 2004-11-07 12:48

    Pero ese ruido es parte del producto y de su presunto atractivo. Como el bisbiseo de las beatas rezando el rosario en las iglesias, como el runrún de las abejas en la colmena. Los materiales de construcción no son inocentes, como no los son los colores de los luminosos ni la disposición de los elementos ni la estructura de los espacios. Hay gente a quien le atrae el ruido de los coches en el subterráneo, por ejemplo. En cuanto a la entropía ambiente, la producida por voces que se entrecruzan y rebotan hasta formar un grumo sonoro tan perturbador, para muchos es como un tibio regazo donde se sumergen encantados. Dicen que si no te paras a pensarlo, si no te fijas, experimentas una sensación de placidez muy confortable; pero si reparas en ello, es agobiante y sí, insoportable.



    3
    De: ElPez Fecha: 2004-11-09 23:58

    Pues así será, Delfín, y lo mismo cualquier día logro alcanzar ese extraño nirvana de la compra en los Malls... Aunque, claro, lo dudo.



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