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    WEIMAR

    Publicado en El Correo, 5.9.04



    Si en algún lugar de España se declarara un incendio en una biblioteca, no sé si los vecinos del lugar se jugarían el pellejo para formar una cadena humana de salvamento de libros. Eso es lo que ha ocurrido en Weimar este 3 de septiembre. Claro que no se trataba de una biblioteca cualquiera. Era la de la duquesa Anna Amalia, situada en un sobrio pero bello caserón –el “Castillo Verde”- de fines del XVI. Sus fondos, de cerca de un millón de volúmenes, son (o eran, que no es posible saber aún el tamaño de la catástrofe) de un valor cultural incalculable. Cicerón decía que junto a las bibliotecas debería haber siempre un jardín. Quizás sería más razonable sustituirlo por un parque de bomberos, especialmente teniendo en cuenta que ya empieza a ser larga la lista de bibliotecas destruidas por incendios, desde la de Alejandría hasta la de Sarajevo. Es cierto que el libro posee una virtud no transferible a otros bienes culturales y que esa virtud le concede un seguro de vida más allá de las cenizas. Puesto que su valor está en las palabras que contiene, basta con que haya sido reproducido para que el legado intelectual quede a salvo: algo que no ocurre con lienzos, esculturas ni joyas arqueológicas. Pero no hay que despreciar por ello el valor material del libro. En la biblioteca de Weimar había ejemplares únicos de títulos inencontrables a pesar del invento de Gutenberg, muchos de ellos verdaderas obras de arte en sí mismos. En cierto modo, todo libro es único aunque en apariencia circule repetido a millares con idéntico aspecto. Borges hablaba de la “gravitación amistosa” que le transmitían los libros cuando, ciego ya e incapaz de leerlos con los ojos, acariciaba su lomo y dejaba pasar sus hojas en una ceremonia íntima de resistencia al olvido. En el caso de la biblioteca de Weimar, esa gravitación amistosa viene multiplicada por los nombres de los primeros dueños de muchos de sus libros, bastantes de ellos manuscritos: están aquí, o estaban, obras que fueron propiedad de Lutero, de Schiller, de Humboldt, de Nietzsche. Y estaba sobre todo la huella de Goethe. En el palacio de Weimar se conservan (o se conservaban) nada menos que trece mil ediciones distintas del Fausto. No es por casualidad. Goethe fue director de esta biblioteca a la que dedicó sus desvelos de humanista portentoso. En Weimar se entregó Goethe a la escritura, a la ciencia, a la tertulia, a la bibliofilia y al amor. Cuando el visitante entraba en su biblioteca le daba la impresión de que todos esos alientos seguían respirando entre sus estanterías. Mala noticia, ésta del incendio. Ojalá los estragos del fuego hayan alcanzado lo menos posible al autor del Werther.

    José María Romera
    5 septiembre 2004
    _________________________________________________________________________

    2004-09-06 01:00 | 0 Comentarios


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