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{ Bitácora de José María Romera. Artículos de prensa y otros escritos }

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    ©2002 romera

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    VOLVER

    Publicado en El Correo, 11.7.04

    Toda esta gente que elige las fechas de fiestas locales para visitar su pueblo de origen, ¿regresa realmente al pasado? ¿Logra recuperar lo perdido, mirarse al espejo de lo que una vez fue o cree haber sido? Encuentro estos días por la calle a varios paisanos míos que vienen de lejos, de lugares donde han echado raíces y tienen familia y casa y trabajo. Sé que son sinceros cuando me hablan de su añoranza de la cuna, y también cuando sonríen jubilosos respirando hondo, como si en cada inspiración llenasen de combustible recordatorio su depósito sentimental. No es cuestión de objetividad, por supuesto. Pero noto que su emoción es auténtica. Lo más probable es que allá donde se han resuelto la vida, en Australia, en Nueva York, en Bruselas, sufran episódicos ataques de morriña como les ocurre a todos los transterrados. Sin embargo tengo mis dudas de que la nostalgia pueda curarse con el regreso en época de fiestas, y más si se trata de una fiestas tan descabelladas y tan excesivas como las de mi ciudad. Salir de la bruma del recuerdo para volver a la bruma del alboroto, al ruido de la ebriedad, no parece la mejor fórmula para reconciliarse con la memoria. Eso, en todo caso, ocurriría en estaciones más sosegadas, con tiempo y calma por delante para sentarse alrededor de la mesa con los amigos de entonces o caminar en silencio por las viejas calles a primera hora del día. Durante las fiestas nada de esto es posible porque en España los pueblos y las ciudades se maquillan demasiado. Huelen distinto, generalmente mal; se llenan de cosas raras como espectáculos y verbenas y tenderetes de abalorios; cierran los comercios a fin de que los vecinos que habitualmente acuden a ellos puedan asistir a otras ceremonias que tienen lugar en plazas de toros y tablados portátiles llenos de ruidosos altavoces. Cambian de arriba a abajo, en definitiva. Y en su metamorfosis arrastran también a los lugareños, a quienes se ve más joviales de lo normal, o más fatigados, o más borrachos. Me dirán que los que vuelven llenos de añoranza también ansían revivir las fiestas de antaño, pues siguen estando en su desván de los recuerdos; pero eran muy diferentes, aunque haya quien a estas alturas se empeñe en asegurar que las tradiciones no cambian. Volver en fiestas no es volver. En el mejor de los casos, es hacerse la ilusión de recuperar un tiempo y un espacio imposibles. Salir de la nostalgia para caer en la melancolía. El toque está en que todo suele suceder en una atmósfera de espesa consistencia etílica que autoriza a dudar de lo cierto y a creer en lo inverosímil. Si el hijo pródigo dice que ha vuelto, es que ha vuelto. Todos tenemos derecho a fabricar nuestras propias fabulaciones.

    José María Romera
    11 julio 2004
    _______________________________________________________________________

    2004-07-19 01:00 | 0 Comentarios


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