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{ Bitácora de José María Romera. Artículos de prensa y otros escritos }

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    EL POETA EN EL WINDSOR

    Publicado en Diario de Navarra, 10.7.04



    Hace quince años, el poeta Ángel González vino a Pamplona por San Fermín, enviado por un importante periódico madrileño. Cada día debía mandar a la redacción una crónica de las fiestas, cosa que hizo con tanta profesionalidad como escaso acierto literario, y conste que lo dice uno de los mayores devotos de sus versos. Entre anotaciones más o menos tópicas y algún que otro error de bulto en el manejo de datos, el poeta asturiano (o profesor en la universidad yanqui de Albuquerque, que de ambas cosas ejercía aparte de cronista ocasional), dejó caer sin embargo atinados interrogantes de esos que sólo se les ocurren a los poetas. Por ejemplo: ¿por qué entre semejante marabunta de turistas apenas hay japoneses? Tenía razón. Barcelona, Madrid, Sevilla, Santiago están repletos de visitantes con ojos rasgados y cámara en ristre, mezclados con gentes de diversas procedencias sin que nada les diferencie de ellos aparte de los trazos faciales y una rara propensión al apiñamiento frente al guía de turno. En cambio en Sanfermines se les ve poco, por no decir nada. No fue esta la única pregunta que dejó en el aire Ángel González. También se percató de que en Pamplona y en julio a la infancia se le trata francamente bien, de que las criaturas son una especie de reyes de las fiestas a cuyo servicio están puestas muchas actividades del programa –desde las barracas hasta los gigantes y cabezudos-, y, por si eso fuera poco, van por la calle sentados en sus cochecitos como príncipes, de punta en blanco y hechos unos pimpollos. Tampoco esto debe de ser frecuente en otras fiestas populares. Y la tercera y última de sus aportaciones a la enigmística sanferminera tuvo que ver con el hecho de que a las fiestas se les denomine con el plural del nombre del patrono, o sea, «Sanfermines». De esto ya había tomado nota diez años antes Julio Caro Baroja, quien lo explicaba como un signo de categoría casi trascendental de unas celebraciones equiparables a las «saturnales» (de Saturno) o las «bacanales» (de Baco). Bueno, quizá don Julio se pasó un poco, pero el que se quedó corto del todo fue el poeta asturiano: medio en serio, medio en broma, dejaba caer la posibilidad de que se tratase de un plural (un dual, para ser más precisos) etílico. La prolongada exposición a todo género de libaciones provocaría en los festejantes –siempre según González- el consabido efecto de doble visión del objeto, en este caso del santo patrón: dos santos, es decir, los «Sanfermines». Es lo que ocurre cuando, con dotes poéticas o sin ellas, uno no elige un buen lugar para documentarse. El observatorio del buen Ángel González estaba en la terraza del Windsor –antiguo Torino-, lugar muy frecuentado por limpiabotas, floristas quiromantes y los guiris más asiduos a los Sanfermines, pero no por ello los mejor informados. González, inmenso poeta, había aceptado venir a las fiestas siguiendo un sabio consejo popular mejicano: «ir para que no me lo cuenten». Sólo que, como los mejicanos indolentes de las viñetas gráficas, una vez llegado se quedó ahí quieto viendo pasar las horas a través de un culo de vaso. Una página más para la larga historia de malentendidos sanfermineros.

    José María Romera
    9 julio 2004
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    2004-07-10 01:00 | 0 Comentarios


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