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{ Bitácora de José María Romera. Artículos de prensa y otros escritos }

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    MEADAS

    Publicado en El Correo el 16.5.2004

    Meadas

    Topé con una concentración de vecinos de un Casco Viejo, hartos de soportar el alboroto nocturno en sus calles los fines de semana. Habían llenado la plaza de carteles donde podían leerse cosas como «No a los ruidos», «Queremos dormir» y «Abajo la dictadura de los meones». En la octavilla que repartían explicando sus reivindicaciones se hablaba de «situación límite» y de «derecho a vivir dignamente». Tan notable debía de ser su trastorno que incluso había afectado a las concordancias, porque se dirigían a «los y las ciudadanos» (sic) en un desesperado intento por demostrar que lo suyo no es un capricho de picajosos. La discordia entre quienes aspiran a conciliar el sueño y los que aspiran otras sustancias en plena calle y a horas intempestivas se repite con pocas variaciones en casi todas las capitales. Es, por así decirlo, una dialéctica obstinada a la que nadie pone remedio porque al parecer es considerada asunto menor, cuando no un elemento más del paisaje urbano como pueden serlo las farolas. Muchos cascos antiguos -y lo de antiguos es un pleonasmo, dado que se llama casco al corazón de una ciudad y nunca al resto de barrios- parecen irremediablemente asociados al verbo deteriorar. Se les concede la limosna de la peatonalización, les plantan unas esculturas más o menos nobles y a partir de ahí quedan dejados de la mano de Dios y del ayuntamiento correspondiente. Que los proteja la historia, ya que viven en su seno. Pero la historia es también presente, y el presente que ofrecía aquella plaza abarrotada de somnolientos residentes, un viernes a la caída de la tarde, no era muy prometedor. Mientras ellos se manifestaban en el silencio de los impotentes, por los aledaños ya empezaban a bullir las hordas del botellón dispuestas a ingerir y expeler líquidos hasta altas horas de la madrugada. Poco efecto debía de estar surtiendo la queja vecinal, pues a pocos pasos del lugar vi cómo se encaminaban hacia la plaza tres tambaleantes ciudadanos provistos de sendos instrumentos de vidrio y visiblemente inspirados para acometer el concierto de la semana. Entretanto una patrulla de agentes del orden practicaba el dontancredismo, o quizá imitaba la figura de don Miguel de Unamuno, quien desde su cabeza en bronce sostenida por una columna en mitad de la plaza contemplaba filosóficamente el curso de los acontecimientos. Otro escritor, Rafael Alberti , supo oler poéticamente las meadas en el Trastevere romano. «Las verás lentas o precipitadas, tristes o alegres, dulces, blandas, duras», decía. Habrá que regalar su libro al sufrido vecindario para que empiece a apreciar el lirismo de las artes mingitorias y de la trepidante vida nocturna. Tal vez sea una solución, no sé.

    José María Romera
    16 mayo 2004

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    2004-05-16 01:00 | 0 Comentarios


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