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{ Bitácora de José María Romera. Artículos de prensa y otros escritos }

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    Los temores infantiles

    Publicado en la sección 'Relaciones humanas' de El Correo, 22.6.05



    No sin cierta lógica, todos los padres tienden a creer que cuando sus hijos pequeños manifiestan temor por algo es preciso evitar inmediatamente esa situación para impedir que el niño sufra en el futuro un trauma irreparable. Sobrevaloramos los temores infantiles porque vemos al niño como un ser en extremo frágil y desvalido, y al mismo tiempo muy impresionable, víctima potencial de mil asechanzas externas. Pero no todos los miedos tienen por qué ser perjudiciales o dejar huellas dañinas. Antes al contrario, en principio el miedo es una reacción adaptativa ante el medio exterior que surge como mecanismo de alerta y de defensa cuando nos enfrentamos a estímulos que implican peligro o que percibimos como amenazantes. De modo que quien de niño no haya pasado la experiencia del miedo está probablemente menos preparado para superar los obstáculos de la vida.

    Pero eso no autoriza a dejar a las criaturas expuestas a sus pánicos. En el extremo contrario de los padres sobreprotectores están aquellos otros que encuentran no sólo natural sino divertido dar sustos a sus hijos y someterlos a pequeñas «pruebas» de temor supuestamente inofensivo. Hay quien lo hace creyendo que de ese modo fortalecerá las defensas del niño. Otros abusan de estos ensayos como forma perversa de atraerse el afecto filial, pues saben que ante cualquier amenaza la criatura buscará protección en ellos y correrá a refugiarse en sus brazos.

    Para saber qué conducta seguir ante los miedos infantiles es preciso conocer sus principales causas y sus mecanismos. Por regla general, los temores propios de los niños aparecen, desparecen y cambian con el crecimiento. En los primeros seis meses de vida, el mayor impacto negativo lo producen algunos estímulos físicos, tales como los ruidos fuertes o las sensaciones de pérdida repentina de apoyo al cambiar de postura o ser colocado en una báscula, por ejemplo. Antes de los doce meses surgen los miedos a las personas desconocidas, a los sobresaltos, a las sensaciones inesperadas y –quizá el que más ansiedad genera- a verse separados de los padres y más especialmente de la madre. A partir de ahí aparecen o se incrementan otros nuevos temores: a la oscuridad, a los animales o a las heridas y los daños corporales.

    Entre los seis y los doce años van sumándose al cortejo muchos otros temores que desmienten el tópico según el cual la infancia es la etapa más feliz en la existencia de los seres humanos. Primero es el miedo a los seres imaginarios, producto del desarrollo de la fantasía y de la aparición de los primeros interrogantes acerca de los límites de lo real. Están también los primeros ‘miedos sociales’ (al ridículo, a caer mal a los demás, a no satisfacer las expectativas que los padres han puesto en él) y, en fin, el miedo a la muerte propia o la de los seres queridos, a las catástrofes, al fracaso y a la alteración del equilibrio en el entorno más próximo, por ejemplo a causa de peleas y discusiones familiares.

    Cada edad y cada circunstancia de las señaladas requiere una forma diferente de intervención. No es lo mismo familiarizar al niño pequeño con la oscuridad que librarle del miedo a los ogros de los cuentos. Para lo primero es probable que funcione una pequeña fuente de luz colocada en su habitación a la que poco a poco se le vaya reduciendo la intensidad hasta dejarla en la penumbra. El miedo a los seres fantasmales que pueblan los cuentos, en cambio, exigirá el recurso a relatos donde aparezcan brujas benévolas y dragones inofensivos.

    Pero la necesaria transmisión de confianza al niño no puede ni debe suponer un ocultamiento de la realidad. Si las narraciones tradicionales de los pueblos contenían invariablemente elementos de peligro (forajidos, accidentes naturales, frutos prohibidos) no era porque nuestros antepasados carecieran de sensibilidad hacia la infancia. La intención didáctica justificaba unas historias truculentas que, aunque muchas veces nutrieran las pesadillas de los pequeños, servían también para precaverlos ante las amenazas de un medio hostil. La vida tiene sus regiones crueles, y ocultándolas o dulcificándolas no se hace ningún beneficio al niño.

    Lo primero que deben hacer los padres es identificar el miedo concreto de cada niño en cada momento. Aunque hay criaturas más asustadizas que otras, no todas padecen los mismos temores y en el mismo grado. Es necesario asimismo distinguir entre miedos lógicos y miedos irracionales, pues los primeros deben ser mantenidos siempre y cuando no paralicen al que los sufre, mientras que los segundos han de ser reducidos en la medida de lo posible. Un error muy común entre los padres y las madres es menospreciar el sentimiento que sufre el niño atemorizado. El no atender a sus llamadas de auxilio, ridiculizarlo o reírse de sus miedos no sólo no elimina la raíz de éstos, sino que trasmite al pequeño la conciencia de su propia debilidad y, por tanto, la falta de confianza en sí mismo. A la siguiente ocasión, es probable que se abstenga de exteriorizar su estado de ánimo y se encierre en una pesadumbre que a la larga sólo engendrará nuevos temores.

    El fin de una educación para afrontar los miedos no es desterrar éstos, sino abastecer a los niños de la suficiente seguridad como para que puedan afrontarlos por sí solos, sin subestimar ni magnificar las amenazas. Tan negativo es ocultar realidades objetivamente peligrosas como inventarse peligros en las inofensivas. Cuando un padre sufre aracnofobia, no debe hacer creer a su hijo que las arañas son animales monstruosos. Pero si ese padre es un domador de leones, no parece juicioso que meta a los hijos en la jaula como si tal cosa.

    Otra regla de oro según los especialistas es la de procurar que el niño no afronte su miedo en solitario. La compañía de los padres o de los hermanos mayores suele bastar para que el temor acabe desapareciendo. Pero acompañar no significa reemplazar. El niño debe saber que tiene a su lado a alguien que le comprende, le quiere y le apoya. Que nos preocupan sus sentimientos y estamos dispuestos a ayudarle. Mal educador es, sin embargo, quien se interpone entre la realidad y él, sobreprotegiéndole y privándole de oportunidades para adiestrarse en los pequeños desafíos de cada día.

    22 junio 2005

    «Para quien tiene miedo, todo son ruidos» (Sófocles)

    Reflexiones

    «Lo maravilloso de la infancia es que en ella cualquier cosa es maravillosa» (Gilbert K. Chesterton)

    «El miedo es una bruma de sensaciones» (Jules Renard)

    «¿Qué es lo que más temo? Los niños» (Alfred Hitchcock)

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