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{ Bitácora de José María Romera. Artículos de prensa y otros escritos }

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    ©2002 romera

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    Vivir entre ruidos



    Las quejas por los ruidos forman ya parte del paisaje tópico de la vida urbana. Cuando no son unos vecinos constituidos en agrupación para defender su derecho al sueño frente a los jóvenes nocherniegos, es un escritor popular que suelta pestes contra alcaldes adictos a las obras que llenan la ciudad de socavones y máquinas taladradoras. En las cartas al director de los periódicos uno de los temas más recurrentes es tal vez el de los ruidos, acaso porque no sólo denuncia un problema muy extendido, sino también debido a la desprotección y la impotencia de quienes lo padecen y no encuentran otra salida que el derecho al pataleo.

    Y es que entre todas las contaminaciones la acústica tal vez no sea la más nociva, pero sí la que ataca los nervios de forma más inmisericorde. Mientras que los malos olores son desagradables, mientras que el smog va matando lentamente, mientras que el exceso de luces nocturnas nos impide ver las estrellas, los ruidos atacan de forma directa ese bien tan preciado que es la tranquilidad. Dicho así parece que el remedio habría de ser sencillo. Bastaría con controlar la fuente emisora o con imponer prohibiciones a los aparatos estruendosos y aplicar sanciones a las personas ruidosas. Pero la cosa se complica cuando hay que ponerse de acuerdo en qué sonidos deben considerarse ruidos y cuáles no.

    Ruido, según el DRAE, es «todo sonido inarticulado, por lo general desagradable». ¿Habrá que incluir entonces en la definición el murmullo de las hojas de los árboles mecidas por la brisa o el cadencioso oleaje del mar, ya que ambos son inarticulados? Y qué decir de un epíteto tan subjetivo como «desagradable», cuando el concierto nocturno de una banda de rock hace las delicias de los aficionados que lo presencian pero en cambio saca de sus casillas al vecindario de las manzanas colindantes.


    Ilustración de Martín Olmos

    La mayor parte de la gente ha aprendido a vivir con los ruidos sin hacerse demasiadas preguntas, porque sabe de lo infructuoso de los intentos para evitarlos. Pretender que cuando buscamos la calma en torno a nosotros reine un silencio monacal es una quimera. Pero es que además esa pretensión suele quedar deslegitimada desde el momento en que nosotros mismos somos generadores de ruidos: al poner en marcha el automóvil, al encender la lavadora a horas intempestivas, al mantener más elevado de lo razonable el volumen del televisor o al hablar a voz en grito por el teléfono móvil en un lugar público.

    Los ruidos llaman a los ruidos y los silencios a los silencios. Al margen de normativas limitadoras de decibelios, la principal arma contra la contaminación acústica es la creación de atmósferas calladas cuyo silencio contagie a las personas ruidosas. Si entramos en un bar donde suena una música estridente y las conversaciones parecen campeonatos de masas corales, instintivamente tenderemos a participar de ese festival de ruidos. Si, por el contrario, el local carece de sonido ambiental y la gente habla en tono moderado, cada cliente que entre percibirá la invitación tácita a hablar de puntillas.

    Una campaña contra los ruidos que no fomente por encima de todo el respeto y la empatía será una campaña condenada al fracaso. Especialmente en sociedades bulliciosas como lo son las mediterráneas, donde sigue manteniéndose la creencia común que se es más sincero y directo cuanto más volumen de aire expulsemos al expresarnos. «El ruido nada prueba; con frecuencia una gallina que se ha limitado a poner un huevo cacarea como si hubiera empollado un asteroide», advertía Mark Twain. Elevar el volumen de voz no da la razón. Aunque muchas traiciones se traman en silencio y se ejecutan a la chita callando, eso no lleva a la conclusión de que son más francas las personas que acostumbran a dar portazos y a hablar a grito pelado. En la emisión inmoderada de sonidos evitables hay algo de atavismo animal de todo punto reñido con el concepto civilizado de la convivencia.

    Pero la civilización también ha traído nuevos ruidos y con ellos nuevos trastornos no precisamente veniales en quienes los padecen. Ya no se trata sólo del tráfico rodado, de las máquinas, de los aparatos o de las aglomeraciones humanas que apenas dejan espacios acústicos sin contaminar. Ahora todos somos productores de «ruidos de compañía» casi por el simple hecho de existir. Caminamos por la calle con los auriculares puestos, como sumergidos en una cápsula aislante que protege del ruido a base de emitir su propio ruido, nos obstinamos en mantener el televisor activo para que sus sonidos pongan un decorado de fondo a nuestras idas y venidas por la casa, llenamos todo de señales acústicas que avisan del horneado del pollo y de la temperatura del aire acondicionado, de la entrada de un mensaje en el ordenador y de la hora para dar de comer al bebé. Y hasta en las unidades más sagradas de los hospitales, el silencio sepulcral de la enfermedad se ve picoteado por los pitidos provenientes de los monitores.

    Entre la melodía más hermosa y el más insoportable de los ruidos a veces no existe más que una inapreciable distancia. Se cuenta que, para espantar a los pájaros, en el aeropuerto inglés de Gloucestershire los altavoces emiten canciones de Tina Turner, las mismas que a muchos humanos habrán ablandado el corazón y les habrán hecho sentirse a las puertas del paraíso. A las aves, en cambio, les producen terribles dolores de cabeza. Habría que plantearse en qué medida esta distinta percepción de las ondas sonoras y de sus efectos no nos coloca a todos en la obligación de poner sordina a nuestros ruidos para no desquiciar al prójimo. Cuestión de respeto.


    La cita

    «El ruido es el medio convencional establecido para sobrepasar la voz de la conciencia» (Pearl S.Buck)

    Reflexiones

    «El silencio es el ruido más fuerte, quizá el peor de los ruidos» (Miles Davis)

    «La brutalidad acostumbra a alimentarse del ruido» (José María Guelbenzu)

    «La pena ruidosa se gasta en ruido» (Sófocles)

    Publicado en El Correo, 26.10.05, El Norte de Castilla, 28.10.05, y Sur, 31.10.05

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