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{ Bitácora de José María Romera. Artículos de prensa y otros escritos }

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    ©2002 romera

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    El síndrome del marido jubilado



    La jubilación en el trabajo no es siempre tan idílica como la pintan. Junto al jubilado que por fin alcanza la ansiada liberación del yugo molesto y afronta una etapa de su vida en la que podrá viajar, divertirse o cultivar sus aficiones, está el inadaptado a quien su nueva condición enfrenta a una cruda realidad: se siente inútil, no sabe en qué ocupar el tiempo que antes le faltaba y que ahora le sobra por todas partes, y hasta empieza a creer que le miran de distinta manera, tal vez como a un mueble de otra época o como a un ente decrépito condenado a ser espectador de las obras municipales o jugador de naipe en las mesas del bar.

    Pero lo peor de todo es la impresión de andar estorbando en el propio hogar. Ese sitio que creía su refugio, y al que en su época activa quizá no dedicaba todas las atenciones necesarias, se vuelve ahora contra él. Les ocurre sobre todo a los hombres, y especialmente en parejas que antes se han repartido los papeles según el esquema de la familia tradicional: él trabajando fuera de casa, y ella ocupándose de los hijos y de las tareas domésticas. Cuando el primero deja de ejercer su función, las ventajas de poder compartir tiempo y ocupaciones suelen quedar oscurecidas por el inconveniente de tener que soportarse mutuamente en altas dosis sin haberse preparado para ello.

    Si en el caso de los hombres esta inadaptación tiende a repercutir en su baja autoestima, en el de las mujeres son más frecuentes las respuestas de ansiedad y estrés. En Japón, una de las sociedades donde el reparto tradicional de tareas sigue respondiendo a esquemas rígidos, los psiquiatras ya vienen hablando desde tiempo atrás del SMJ (Síndrome del Marido Jubilado), que pese a su denominación no afecta precisamente a los maridos sino a sus esposas.

    El caso más típico de SMJ es el de una mujer que, dedicada al bienestar de su esposo, tiene que cargar con el peso de su desocupación. Al tiempo que cuida del hogar igual como ha hecho siempre, se encuentra ante exigencias nuevas que le llegan de ese hombre que apenas sale de casa e introduce en ella hábitos perturbadores como el de encender el televisor a deshoras, entrar en la cocina, caminar por el salón recién encerado o, sobre todo, dar órdenes a su mujer. Ella queda entonces confusa y desorientada en primer lugar, más tarde agobiada, y finalmente cae enferma debido al zarandeo continuo que ha venido a alterar su antes ordenada actividad. Uno de los principales especialistas en el tratamiento de estos problemas, el doctor Nobuo Kurokawa, no duda en aconsejar a sus pacientes como medida de urgencia: «Procure pasar el máximo tiempo posible lejos de su marido».

    No hace falta ir hasta Oriente para encontrar en parejas de nuestra cultura idénticas o parecidas manifestaciones de este trastorno. Cuando el trabajo lo ha sido casi todo para un hombre, éste tiende a llenar el vacío causado por su jubilación con un nuevo papel en la casa. Pero, contra toda lógica, no encauza su energía hacia la cooperación en las labores del hogar. La traslada al mando en el hogar, que es una cosa bien distinta. Acostumbrado como está a dar órdenes –si desempeñaba un puesto de responsabilidad- o a recibirlas –si no pasó de subalterno-, se cree en la obligación moral de implantar reglas conducentes a poner patas arriba aquello que funcionaba de forma ordenada. O se pone a dar ideas, lo que viene a ser peor todavía.

    No es extraño que las mujeres que ven venir esta amenaza se anticipen a ponerle remedio buscando ocupaciones al marido. Las más diplomáticas le animan a hacer cursillos, a afiliarse a organizaciones humanitarias o clubes de actividades recreativas, a mantenerse en forma dando paseítos de cinco o seis horas. Otras optan por echarles de casa directamente al punto de la mañana con la bolsa de la basura en una mano y la correa del perro en la otra.

    Decía Pascal que una de las peores desgracias de los humanos es no saber estar solos en su casa. Peor todavía es no saber hacerlo en compañía. No pasa únicamente en parejas mal avenidas. En la medida en que la jubilación de uno de los miembros de la pareja supone un cambio radical de vida para ambos, es importante haber previsto los cambios y haber negociado inteligentemente los planes para afrontarlos desde tiempo atrás. De lo contrario, es más que probable que uno y otro pierdan el control de la nueva situación y, en vez de disfrutar de ella, se les convierta en fuente de continuas discusiones y peleas. Y es que los estereotipos del ama de casa refunfuñona y del marido tirado en el sofá como un trozo de «basura gigante» -esa es la traducción de la expresión japonesa con que se les conoce- no han salido de los sainetes, sino de la realidad cotidiana.


    La cita

    «El matrimonio es una comunidad formada por un dueño, una dueña y dos esclavos, lo cual hace un total de dos personas» (Ambrose Bierce)

    Reflexiones

    «Teme a la vejez, porque nunca viene sola» (Platón)

    «Ten tus ojos bien abiertos antes del matrimonio, y medio cerrados después» (Benjamin Franklin)

    «Para trabajar hay que estar convencido de una cosa: que trabajar es menos aburrido que divertirse» (Charles Baudelaire)

    Publicado en la sección 'Relaciones humanas' de El Correo, 28.12.05, El Norte de Castilla, 30.12.05 y en Sur, 3.1.06

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