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{ Bitácora de José María Romera. Artículos de prensa y otros escritos }

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    Jefes y líderes




    Si algo abunda hoy en las investigaciones sobre dirección de empresas son los estudios relativos al liderazgo. No todo el mundo, por competente que sea en su especialidad profesional, está capacitado para dirigir grupos humanos y para obtener de ellos el resultado pretendido en cada caso. Y menos aún si se tiene en cuenta que ser un líder no consiste sólo en actuar como director eficaz. Aunque la productividad a ultranza esté haciendo perder de vista el lado humano del trabajo y de las relaciones que se establecen dentro de él, no hay duda de que el liderazgo requiere algo más que autoridad, dotes de mando o un carácter firme.

    Este componente humano es lo que hace que en muchos grupos destaquen personas –las que podríamos llamar «líderes natos»- que, sin hacer nada por conseguirlo, se convierten en una especie de referencia para la colectividad, trátese de una cuadrilla de amigos, de un grupo de estudiantes o de una sección de fábrica. Bien sea por su simpatía, por su capacidad para tomar iniciativas, por su carácter vitalista o porque inspiran confianza en el resto, acaban siendo quienes asumen las responsabilidades en las decisiones colectivas.

    Pero no conviene fiarlo todo a las cualidades innatas. Muchos de los dictadores y conductores de masas de peor recuerdo en la historia han sido personas carismáticas con gran ascendiente sobre un pueblo o una comunidad. El líder en las pandillas de jóvenes es por regla general el más insolente y osado, pero no el mejor. El hecho de destacar en un grupo o de tener fuerte influencia sobre sus miembros no es necesariamente sinónimo de liderazgo.

    Se cuenta que una vez Napoleón recibió a un joven oficial de su tropa que le había pedido audiencia. Al preguntarle el emperador por su rango, el militar le respondió: «Soy capitán, pero tengo madera de general». A lo cual respondió Napoleón: «Muy bien, cuando necesite generales de madera le tendré en cuenta». La tan cacareada «madera de líder» que se les supone a muchas personas es, en la mayoría de las ocasiones, un mito. Hoy en día no existen mirlos blancos dotados de todas las capacidades, sino que el liderazgo es una condición que se adquiere con la experiencia y la formación adecuada.

    De hecho, no existe un perfil único de líder. La mayor parte de los estudios actuales sobre la materia condicionan el tipo de líder a la situación para la que se designa o requiere. No es lo mismo acaudillar unas brigadas de acción humanitaria en zonas de guerra que coordinar un negociado en la Administración, ni para entrenar a un equipo de hockey profesional valen las mismas aptitudes que para encabezar una plataforma de reivindicación laboral.


    Ilustración de Martín Olmos

    Básicamente se pueden distinguir tres grandes tipos de líderes o, lo que viene a ser lo mismo, tres «estilos de liderazgo». El primero de ellos es el autócrata, que asume todas las responsabilidades porque dirige todo cuanto está a su cargo. El hecho de ser el único del grupo en tomar decisiones suele llevarle a creer que sólo él es competente y que debe ejercer un férreo control sobre los demás, a quines considera incapaces de actuar por sí mismos. Así, establece con ellos una relación de fuerza, de poder, a la que los otros corresponden con la sumisión y el acatamiento.

    Un segundo estilo de liderazgo es el que caracteriza al líder participativo. Al contrario que el autócrata, basa sus decisiones en la consulta, el diálogo y el intercambio de ideas o propuestas. Aunque sepa que las responsabilidades últimas recaen sobre él, delega muchas iniciativas en los miembros del grupo y acepta sus contribuciones. Eso le obliga a moverse entre la flexibilidad y la firmeza, en una dialéctica permanente que, aunque conlleve riesgos en los resultados, propicia la creatividad de los otros y a menudo sirve para crear un mejor clima entro del grupo.

    En el polo opuesto del líder autócrata está el liberal, también llamado «de rienda suelta», que aparentemente se desentiende de las acciones dejándolas en manos de los miembros del grupo. A cambio, debe poseer habilidades para motivar a éstos. Su intervención en los procesos es mínima, sujeta a unas pocas reglas (las instrucciones de partida, la supervisión final), y sólo exige que los resultados sean buenos.

    Aunque parezca que unos estilos son más deseables que otros, cada uno de los tres (con las infinitas variantes que cada una de ellas presenta) puede resultar válido o pernicioso según sean el ámbito de actividad, las características internas del grupo o la empresa, el tipo de objetivos perseguidos, etc. Precisamente una de las características más valoradas de los líderes hoy en día es su capacidad para determinar el estilo de liderazgo más adecuado para cada situación.

    En cualquier caso, hay que tener claro que no por el hecho de alcanzar un rango o un puesto de dirigente se adquiere la condición de líder. Aquél es la consecuencia de procedimiento formal de designación, mientras que éste obtiene su autoridad y su legitimidad a través del ejercicio de sus tareas o acciones. El líder se apoya en la convicción; el jefe, en la disciplina; el líder inspira respeto y confianza, mientras que el jefe se apoya en el poder; uno convence, el otro manda; uno es emprendedor, el otro burócrata; en fin, el primero ejerce un arte y el segundo un oficio. Sólo cuando la figura del jefe se complementa con los rasgos del líder, los resultados son satisfactorios tanto en lo práctico como en lo humano.

    Publicado en El Correo,14.12.05, El Norte de Castilla, 16.12.05 y Sur, 19.12.05


    La cita

    «El grado otorga autoridad pero no superioridad» (Jean Paul Sartre)

    Reflexiones

    «La gloria de los grandes hombres ha de medirse por los medios de que se han servido para adquirirla» (La Rochefoucauld)

    «Un profesor debería tener toda la autoridad y ningún poder» (Thomas Szasz)

    «La arrogancia es el defecto de los buenos jefes» (Ken Follet)


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