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{ Bitácora de José María Romera. Artículos de prensa y otros escritos }

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    El credo balompédico



    Pretexto para la exaltación patriótica o el desahogo violento, negocio, deporte y fuente de pasiones, el fútbol se ha convertido en un fenómeno social al que es imposible sustraerse.

    Los apologistas del fútbol consideran que una de las razones por las que este espectáculo –llamarlo ‘deporte’ supondría quedarse cortos- cala tan hondamente en amplios sectores de las sociedades es su marcado carácter ritual. Puede que no vayan mal encaminados. La paulatina decadencia de los credos en Occidente provoca, al parecer, un vacío que muchos necesitan ocupar con adhesiones a otros fenómenos. Pero para cumplir ese papel sustitutivo no sirve cualquier cosa. Es preciso que la nueva ‘religión’ contenga un sistema de signos completo y suficiente que venga a cubrir la pérdida, y que al mismo tiempo proporcione a los fieles una recompensa interior tan reconfortante como la que ofrece el consuelo de la fe.

    A juzgar por la magnitud que ha alcanzado, da la impresión de que el fútbol –y, en menor grado, otras disciplinas deportivas- reúne esas condiciones. Las analogías entre los rituales futbolísticos y los religiosos observadas por el antropólogo francés Christian Bromberger –en la línea de lo ya apuntado anteriormente por autores como Vicente Verdú en ‘El fútbol: mitos, ritos y símbolos’ o Bill Bufford en ‘Entre los vándalos’- permiten, si no comprender, sí al menos encontrar cierta explicación a la omnipresencia del fútbol y su penetración absorbente en el imaginario de los hinchas.

    A nadie se le escapa que los estadios presentan no pocas similitudes con los templos o espacios litúrgicos. Son los contenedores de la gran ceremonia –el partido- en torno a la cual se apiñan las multitudes. El carácter acogedor y al mismo tiempo imponente de ese santuario propicia la metamorfosis del ciudadano que antes de traspasar sus puertas era un tipo normal y de pronto se transforma en un eufórico y desatado forofo. Todo en los grandes estadios parece dispuesto para predisponer a la catarsis: desde la disposición de las gradas –espacios comunitarios pero al mismo tiempo jerarquizados, donde cada clase o tribu ocupa una zona delimitada- hasta la demarcación del césped, que es el área sagrada por excelencia: hay aficionados que manifiestan en su testamento la voluntad de que sus cenizas sean esparcidas por el campo de sus amores. Templo pero también hogar (no en vano se llama «jugar en casa» a hacerlo en el campo propio), el estadio se convierte así en el lugar sacralizado.



    Pero ¿y todos esos adictos al fútbol que, sin acudir a los campos, contemplan los partidos por la televisión, juegan a las quinielas, se visten con los colores de su club, leen diariamente la prensa del balón y no se pierden uno solo de los programas radiofónicos que saturan de fútbol las ondas de la medianoche? ¿Se les puede considerar también creyentes, o les mueve otro impulso ajeno a lo ‘religioso’ del balompié? El acierto o el azar han hecho del espectáculo futbolístico un universo ilimitado, una inmensa constelación de destellos simbólicos que permite a los hinchas –tanto el tranquilo aficionado como el enfebrecido hooligan- escoger su modo de participación sin quedar por ello excomulgados de la iglesia. El estadio sería algo así como la basílica central que dispone de sucursales o franquicias repartidas por todas partes, desde las tabernas hasta los locales de peñas, desde los clubes de seguidores hasta los mismos hogares donde luce, colgada de la pared preferente, la bandera del equipo venerado.

    En su mayor parte, los símbolos que componen este universo son signos de carácter identitario. Eso explica el interés que los políticos, especialmente los defensores de propuestas localistas y nacionalistas, ponen en vincular a los clubes con el sentimiento de pertenencia territorial. Poco importa que los clubes de elite estén nutridos principalmente por jugadores de origen foráneo. La fuerza de los signos (los colores de la camiseta, la insignia, la bandera) es tan arrebatadora que otorga a los recién llegados, por arte de birlibirloque, una especie de estatuto de nativo sobrevenido con más pedigrí y solera que los más viejos de lugar. Basta con que marquen goles y contribuyan a las victorias sobre el equipo rival. Será la afición quien otorgue o deniegue (con sus aclamaciones o sus pitadas) la carta de ciudadanía al ídolo de turno.

    La fundación en Argentina, hace ya unos años, de una Iglesia Maradoniana, todavía en activo y con más fieles, no debe tomarse como una ‘boutade’ ocurrente. La estrella-dios ilumina más vidas grises de las que se cree, quizá porque los fabricantes de mitos han hecho bien su trabajo y han logrado cautivar la voluntad de muchas personas carentes de horizontes. El fútbol ha sabido configurar un universo capaz de acoger a casi todo el mundo -social y geográficamente hablando-, y no sólo fanáticos de cabeza hueca: obsérvese que en la actualidad, cuando más tiránicas y enajenantes son sus invitaciones, crece el número de intelectuales que se manifiestan a su favor y que no se recatan en declarar su devoción por este o aquel equipo.

    Desde instrumento para la exaltación patriótica hasta pretexto para el desahogo violento, desde juego reiterativo pero adictivo hasta negocio polifacético que pone en circulación productos de todo género, desde actividad deportiva que enseña a ganar, a perder y a colaborar, hasta fuente de pasiones ciegas e incontroladas, lo cierto es que el fútbol supone sin duda un hecho social de primer orden, a cuyo influjo nadie puede sustraerse. Así las cosas, ¿será que estamos asistiendo a un nuevo estadio teológico en la evolución de la humanidad?


    La cita

    «La historia del fútbol es un triste viaje del placer al deber» (Eduardo Galeano)


    Reflexiones

    «Amarás al fútbol sobre todas las cosas» (Mandamiento de la Iglesia Maradoniana)

    «Yo creo que habría que inventar un juego en el que nadie ganara» (Jorge Luis Borges)

    «Todo cuanto sé de los hombres, se lo debo al fútbol» (Albert Camus)

    Publicado en El Correo, 28.9.05, El Norte de Castilla, 30.9.05, y Sur, 3.10.05

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