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{ Bitácora de José María Romera. Artículos de prensa y otros escritos }

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    El amigo invisible

    O resistirse a brazo partido o claudicar en toda regla; no hay término medio. La vorágine de gastos de Navidades y fin de año parece no admitir tibiezas. Quien entra en la dinámica del consumo desenfrenado debe llegar hasta las últimas consecuencias, y sólo los objetores sin fisuras se salvan de esa avalancha. Pero tanto pierden los unos como los otros: mientras que el derrochador paga el peaje de la resaca melancólica después del festín, para el heroico resistente queda la amargura de verse solo entre el jolgorio y la dicha ajena.

    De todos los componentes materiales que intervienen en este ciclo festivo, los regalos son –junto con las comidas- los más significativos, tal como insisten en recordarnos grandes almacenes y comercios de todo tipo. El calendario se puebla de fiestas asociadas con el rito del obsequio, desde la Nochebuena en que llega el Olentzero o el Papá Noel hasta los Reyes Magos de la Epifanía. Pero antes de todo eso ya han empezado a correr los regalos de empresa y los aguinaldos tradicionales, y entre festividad y festividad se improvisan reuniones amistosas donde también se ha instituido la costumbre de intercambiarse presentes.

    Evidentemente, no todo es generosidad en este denso tráfico de agasajos. La tradición, el compromiso, la rutina y la presión social suelen pesar más que la liberalidad o el deseo de hacer feliz a alguien, en sintonía con el «espíritu navideño». A fuerza de abundar y multiplicarse, las cosas han perdido gran parte de su valor en términos de ilusión y deseo. El juguete del niño ya no es la anhelada bicicleta de antaño que los Magos se mostraban remisos a traer un año tras otro y que, cuando finalmente aparecía, iluminaba la vida de la criatura. Los regalos para los mayores, ahítos de corbatas y de perfumes, carecen de todo asomo de sorpresa. Pese a todo, cada cual se va haciendo con un bazar particular lleno de objetos tan costosos como generalmente inútiles que si a algo rinden tributo no es a los vínculos ni a los afectos, sino a los escaparates donde lucen los signos del consumo.

    Entre los diversos ritos de regalo, hay uno en particular que de un tiempo a esta parte va ganando terreno como antídoto contra el enloquecido frenesí de compras. Es el denominado «amigo invisible». Frente al sistema tradicional en que cada miembro del grupo o cada pariente de la familia compraba regalos para todos los demás, en este caso es un sorteo previo el que decide quién regala a quién. La norma impone que sólo haya un obsequio por persona, tanto para dar como para recibir, y que el receptor no conozca el nombre del donante: grupo le hace entrega de su dádiva colectivamente.

    El «amigo invisible» nació como un juego de sociedad en reuniones y celebraciones informales. No se trataba de agasajar a nadie, sino de sorprender con la entrega de objetos alusivos, ingeniosos o simbólicos, simples pretextos para la broma y el entretenimiento. En los cumpleaños y las festividades señaladas, los regalos seguían siendo individualizados y conservaban toda la carga de afecto y de homenaje que se les supone a las ofrendas de cumpleaños, de bodas o de Navidad. Pero con el correr de los tiempos, al ver que muchas casas se iban convirtiendo almacenes de paquetería, un buen día alguien propuso aplicar la fórmula simplificadora del amigo invisible también en estas ocasiones mayores.

    Era preciso detener la sangría que supone para los bolsillos hacer regalos a padres, hijos, tíos, abuelos, sobrinos, nietos y padrinos. Había que racionalizar el gasto. Frenar la fiebre consumista. Educar contra el despilfarro y la opulencia. Ésta es la parte positiva de la fórmula, que obliga a todos los miembros del grupo a ceñirse a un presupuesto más o menos igual y a no caer en la tentación competitiva. Despojado de remitente, el regalo luce su aspecto más desinteresado, el objeto recobra el valor que le concede su propia naturaleza y, sobre todo, no hay jugar para las comparaciones ni los agravios.

    Sin duda el «amigo invisible» es una acertada solución práctica para solventar el trámite de los regalos en la oficina, en cuadrillas de amigos o en otros grupos donde no hay vínculos estrechos. Nadie tiene que proyectar en el obsequio sus sentimientos hacia el obsequiado. Nadie es discriminado. Al mismo tiempo, el anonimato en que se desenvuelve la operación encubre los desaciertos, si los hubiere. Todo queda en una especie de tómbola comunitaria en la que el azar impone su ley.

    Pero habría que preguntarse qué queda de emoción en el regalo sin nombre cuando es llevado a las grandes ocasiones. Cuando la fórmula del «amigo invisible» es adoptada por pereza, por desgana o con la sola intención de evitarse quebraderos mentales, el acto de regalar queda en un mero gesto mecánico. El rito del regalo personalizado es sustituido por un juego de trueques despojado del alma que tenían los regalos directos, largamente pensados a la medida de cada uno de los destinatarios. Por eso solemos recordar con cariño a la persona que en su día nos hizo entrega de este o aquel objeto, por insignificantes que sean, mientras que tendemos a perder la memoria de los regalos obtenidos de amigos invisibles; o, lo que es ya el colmo de la pobreza de espíritu, mediante vales proporcionados por los centros comerciales para compras por valor del tope establecido en el círculo correspondiente.

    Muchos pedagogos sostienen que el principal mandamiento al hacer regalos hoy en día ha de ser enseñar a los niños –y a los adultos- a apreciar los detalles y a huir de la saturación y la opulencia. Pero ello no significa que haya que matar la magia, la ilusión, el deseo y el gozo. Sea cual sea la fórmula que cada grupo escoja para intercambiarse sus presentes, lo importante es que sea capaz de conservar el brillo y el calor de las buenas emociones.

    [Publicado en la sección 'Relaciones humanas' de El Correo, 21.12.05/]

    La cita

    «Es más difícil hacer regalos con el corazón que con el bolsillo» (Anton Chéjov)

    Reflexiones

    «Sin regalos, la Navidad no sería la Navidad» (Louise May-Alcott)

    «La liberalidad consiste menos en dar mucho que en dar oportunamente» (Jean de la Bruyère)

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