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		<title>Festina lente</title>
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		<description>Bitácora de José María Romera. Artículos de prensa y otros escritos</description>
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		<dc:publisher>romera</dc:publisher>
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	<item rdf:about="http://romera.blogalia.com//historias/45293">
		<title>EL BESO</title>
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		<description>&lt;img src=&quot;http://www.robertdoisneau.com/baiserruemazarine.jpg&quot;&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
París tributa un homenaje estos días a Robert Doisneau, quien mejor supo tal vez atrapar fotográficamente el alma de la ciudad. Una extensa muestra recoge cientos de fotos, incluidos por supuesto sus célebres besos de parejas: besos tiernos, besos dulces, besos apasionados envueltos en ese aura decididamente sentimental del París en blanco y negro. Es algo que Madrid no tiene. Pero hay que reconocer que lo intenta, empezando por sus autoridades. La prensa ha traído la imagen de Ruiz Gallardón y Esperanza Aguirre rozándose las mejillas después de saberse que la segunda había puesto a caldo al primero en un libro biográfico. El beso entre presidenta y alcalde fue un gesto voluntarioso, cargado de esfuerzo diplomático y de disciplina de partido. Sin embargo no se acercaba ni de lejos a los besos de Doisneau. Aguirre y Gallardón son dos madrileños de cara avinagrada que se prestan poco a las escenas idílicas. Cada surco de sus mentones, cada cana de sus cabelleras, cada músculo de sus rostros despide un sulfúreo aroma de poder que amenaza con fulminar a quien ose ponerse delante. La una y el otro evocan tanto romanticismo como una excavadora. De su encuentro sólo podía salir un beso frío, situado en el polo opuesto de los del genio francés. Pero no le echen la culpa al fotógrafo. Ni siquiera un retratista de la sensibilidad de Pablo Pérez-Mínguez &amp;#8211;a quien hay que felicitar por su premio nacional del ramo- habría sido capaz de arrancarle a este encuentro una pizca de algo parecido a la humanidad. Dicen que cada vez más la política se hace con vídeos, con fotos, con libros, con grabaciones arrojadizas. Los hechos y las ideas van retirándose discretamente del primer plano. Si para cuestiones tan delicadas como la erradicación del terrorismo se recurre a procedimientos multimedia, cómo vamos a reprochar a dos gallitos de corral que diriman sus diferencias lanzándose mutuamente biografías y desplantes toreros que buscan la instantánea. En los duros pero felices tiempos de Doisneau, la foto de un beso contenía unas considerables dosis de vida, tantas como una página de Camus o un disco con la voz rasgada de Edit Piaf. En cierto modo todo era política porque estaba cargado de sentido. Ahora esta orgía de mensajes grabados por todo de tipo de canales de comunicación apenas transmite nada que no sea tedio y sensación de déjà-vu. Por suerte algunos pocos se acuerdan de que queda la palabra y la usan con inteligencia para rescatarnos de tanta mediocridad. Es lo que hizo Rajoy en la presentación del libro de Aguirre, donde pronunció un discurso descacharrante. Ya que nuestros políticos no darían la talla para posar ante la cámara de Doisneau, consuela saber que al menos alguien está a la altura del mejor Groucho Marx.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;i&gt;Publicado en El Correo, 1.12.06, y El Norte de Castilla, 2.12.06&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;
_________________________________________________________________</description>
	</item>

	<item rdf:about="http://romera.blogalia.com//historias/45222">
		<title>COFRADES</title>
		<link>http://romera.blogalia.com//historias/45222</link>
		<description>&lt;img src=&quot;http://www.confreries.com/images/Confrerie%20de%20la%20mojhette.jpg&quot;&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En el devenir de las costumbres populares hay un punto en que las invenciones pasan a convertirse en tradiciones sin saber por qué. Tan pronto hay que esperar cien o doscientos años para que eso suceda como la transformación actúa sin apenas haber tenido tiempo de acreditar el mérito de la antigüedad. En este último grupo de tradiciones repentinas están las cofradías. Un buen día, que bien puede coincidir con una tarde aburrida de casino o con las siempre peligrosas reuniones de «brainstorming» empresarial, alguien propone: «¿Y por qué no creamos una cofradía de esto o de lo otro?». Dicho y hecho. En un abrir y cerrar de ojos ya está diseñado el escudo, encargadas las boinas y compuesto el himno que acompañará a los cofrades en la comitiva de cada año. No hablo de las cofradías piadosas, que van de capa caída, sino de las gastronómicas y similares, éstas con capa lucida y de buen paño generalmente.  Según las malas lenguas, se trata de un sistema alternativo para promocionar determinados productos sin gastar un euro en publicidad. Pero yo he visto a algunos amigos nombrados cofrades de un queso, de una hortaliza o de un embutido picante y su cara de satisfacción en el instante de la investidura no me engaña: aquí hay algo digamos que espiritual, poético, o por lo menos emotivo. Ser cofrade imprime carácter. Tal vez el primer año la cosa se tome un poco a chirigota, pero conforme avanzan las ediciones y se perfecciona el ritual todo adquiere una pátina de nobleza antigua. La voz del Gran Maestre de turno llamando a capítulo suena majestuosa. Los golpes del bastón en la tarima nada tienen que envidiar al mazazo del presidente del Parlamento en día de sesión extraordinaria. En esa atmósfera no debe extrañar que los elegidos sufran curiosas metamorfosis; tan pronto un arquitecto abstemio canta las excelencias de ciertos vinos como una filóloga vegetariana jura por sus muertos defender a brazo partido las chuletas de ternera. Yo los observo ahí subidos, en disciplinada formación, ataviados de alguaciles, y me vuelvo a decir aquello de«cosas veredes». &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;i&gt;Publicado en Diario de Navarra, 1.12.06&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;
______________________________________________________________________</description>
	</item>

	<item rdf:about="http://romera.blogalia.com//historias/45128">
		<title>BARÓMETRO</title>
		<link>http://romera.blogalia.com//historias/45128</link>
		<description>&lt;br /&gt;
Todas las encuestas son engañosas, pero ésta me lo ha parecido más que otras. Me refiero al último &amp;#8216;barómetro&amp;#8217; del CIS &amp;#8211;barómetro es el instrumento para medir la presión: curiosa metáfora tratándose de una encuesta de opinión- que arroja &amp;#8211;otra metáfora que se las trae: arroja- un resultado en apariencia desalentador. El 45% de los españoles se declara insatisfecho con la democracia y el 40,7% no aprueba al Parlamento. Dicho de ese modo, para los espíritus más pesimistas es un estado de opinión que augura lo peor. El desencanto generalizado, el rechazo masivo del Estado de Derecho, el presagio de una involución, cosas así. Si a eso se añade que las instituciones más valoradas resultan ser la Policía y el Ejército, es como si de golpe hubiéramos retrocedido tres o cuatro décadas. Pero quizá no sea para tanto. Aunque es cierto que la fe en la política va decayendo, no está demostrado que eso sea un síntoma de mala salud política. Uno se manifiesta insatisfecho con algo cuando espera más de ello; por tanto, la mala nota está reconociendo a la democracia un valor potencial y si algo dice a sus actores es que no están a la altura de las expectativas. En Suecia, donde un 80% de los ciudadanos confía en Ikea, sólo un 32% se muestra conforme con su Parlamento. Y sin embargo seguimos teniendo a los escandinavos como paradigma de la ciudadanía occidental. Las democracias atraviesan unas fases evolutivas en las que, a medida que alcanzan la madurez, menos aprobación reciben de los suyos. Pero eso es debido únicamente a que la gente quiere más, vigila mejor y exige con mayor criterio. Lo peligroso sería que el barómetro hubiera dado a la política y a sus instituciones un respaldo abrumador. Significaría que planteamos nuestra relación con la política en términos de adhesión incondicional, igual que con los grandes almacenes o con las marcas de ropa deportiva. Algo hay de saludable asimismo en el hecho de que sólo un 7% de nuestros compatriotas sepa el nombre del presidente del Senado y de que casi nadie reconozca a los diputados de su circunscripción. La fama, para los cantantes de OT. La popularidad, para los goleadores de la Liga. Si quieren motivos de alarma, vayan mejor a la encuesta del CIS del pasado mes de enero, que al contrario de ésta de ahora pasó inadvertida. En ella se llegaba a la conclusión de que el 56 % de los españoles desconfiaba de la gente. Un país puede avanzar razonablemente bien sin que los paisanos identifiquen a los secretarios generales de los partidos políticos. Los pilares del Estado no van a tambalearse porque una mayoría ponga un suspenso a los parlamentarios. Pero si el ciudadano de a pie no se fía de su vecino, entonces sí es para temer por el futuro de la democracia. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;i&gt;Publicado en El Correo, 25.11.06, y El Norte de Castilla, 26.11.06&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;
_______________________________________________________________&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
</description>
	</item>

	<item rdf:about="http://romera.blogalia.com//historias/45127">
		<title>AMARGADOS</title>
		<link>http://romera.blogalia.com//historias/45127</link>
		<description>&lt;img src=&quot;http://www.libertyfilmfestival.com/libertas/wp-content/fugitive.jpg&quot;&gt;&lt;br /&gt;
	&lt;br /&gt;
Para no caer en la tentación de ser felices es bueno seguir algunos consejos. De entrada resulta muy útil convencerse de que uno es víctima de las circunstancias y de que todo cuanto nos rodea se ha conjurado para causarnos algún daño. Hay que buscar culpables entre los amigos, en los padres, en el jefe o la pareja. Apuntando más alto, sirven también el destino, la naturaleza, los genes o los dioses. Eso nos dispensa de toda responsabilidad al tiempo que proporciona el sublime placer de sabernos condenados a la desgracia perpetua. Conviene también negarse a vivir el presente permaneciendo aferrados a los infortunios y los reveses del pasado, o bien anticipar el futuro pero a condición de que sólo pronostiquemos penalidades. Hay que estar persuadido de que sólo existe una opinión acertada &amp;#8211;la nuestra, por descontado- y de que todos los demás viven sumidos en el error, lo cual nos libera de la engorrosa operación de hacer amigos. Un buen aspirante al título de amargado ha de saber buscarse problemas. Para lograrlo es recomendable ir llenando la propia vida de complicaciones reales o figuradas, de pejigueras, de manías. Ocasiones no le faltarán: si no tiene un triste enemigo a quien adjudicar el origen de sus dolores, siempre habrá un grifo que gotee, una tarde de lluvia o unos vecinos ruidosos que le lleven a la conclusión de que el mundo es un desastre irremediable. Unos toques de obsesión tampoco vienen mal. La fórmula es más o menos la siguiente: se toma del recuerdo un suceso negativo, se le da vueltas, se rumia y finalmente se cultiva con la máxima dedicación hasta conseguir marcarlo a fuego en la mente. Pero al mismo tiempo hay que fustigarse un poquito a uno mismo, cargar con culpas que no nos corresponden, examinarse ante el espejo para comprobar lo feos, ruines y miserables que somos. Sintámonos inútiles, fracasados, nocivos, compadezcámonos de nosotros mismos sin concedernos ni una brizna de perdón. Sé que todo esto exige una dura disciplina, pero la causa lo merece. No se llega a ser infeliz así como así. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;i&gt;Publicado en Diario de Navarra, 25.11.06&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;
_____________________________________________________________________&lt;br /&gt;
</description>
	</item>

	<item rdf:about="http://romera.blogalia.com//historias/44891">
		<title>UNA NOSTALGIA AUSTRAL</title>
		<link>http://romera.blogalia.com//historias/44891</link>
		<description>&lt;img src=&quot;http://i.biblio.com/b/757m/22923757-0-m.jpg&quot;&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Lo definió muy bien Borges al hablar de la «gravitación amistosa» de los libros, esa especie de compañía cordial que va más allá del entretenimiento o de la información que nos facilitan, esa presencia física que les da cuerpo y perdura en el recuerdo tan cercana como la memoria de un olor hogareño. Cuando hablamos de los libros de la infancia y de la juventud muy probablemente les otorgamos la plusvalía de la nostalgia. Metemos en el mismo baúl del tesoro piezas sin duda memorables junto a lecturas banales, improductivas y tal vez vulgares. Pero hay veces en que la añoranza no engaña y es cierto que aquellos libros para siempre prendidos a aquella etapa de nuestra vida fueron y siguen siendo buenos libros. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Es el caso. Muchos se acordarán de la colección Austral de Espasa-Calpe que está a punto de cumplir 70 años. Y digo «se acordarán» no porque haya muerto,  pues sigue felizmente viva aunque desde hace un par de décadas ha sufrido visibles transformaciones editoriales y de diseño. Sin embargo la memoria de varias generaciones identificará Austral con aquellos volúmenes de bolsillo con sobrecubierta de diversos colores &amp;#8211;azul para la narrativa, negra para los viajes, verde para la filosofía, violeta para el teatro y la poesía- moteada de puntos blancos, y no con las policromadas tapas de los actuales. La serie había nacido en Argentina en 1937, inaugurada con una obra de Ortega &amp;#8211;&lt;i&gt;La rebelión de las masas&lt;/i&gt;- que venía a simbolizar la doble orientación del empeño. De un lado, una colección popular al alcance de todos los bolsillos; de otro, la vocación elevada y en cierto modo elitista de sus contenidos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
A la gente de mi edad le llegó ya cuajada, con varios cientos de títulos editados a los dos lados del Océano que abracaban desde los principales clásicos &amp;#8211;ese fue mi primer &lt;i&gt;Quijote&lt;/i&gt;, ahí me encontré con las &lt;i&gt;Odas&lt;/i&gt; de Horacio y con &lt;i&gt;El caballero de Olmedo&lt;/i&gt; de Lope- hasta autores extranjeros del siglo XX &amp;#8211;desde los relatos cortos de Zweig hasta el impagable &lt;i&gt;La conquista de la felicidad&lt;/i&gt; de Bertrand Russell-. Unos nos los quitábamos de las manos en la biblioteca, otros los adquiríamos a buen precio en librerías de saldo debidamente anotados, manoseados y descuadernados por sus anteriores dueños. Pues el papel de Austral, todo hay que decirlo, envejecía mal. No sólo se ponía amarillo con rapidez, sino que al mismo tiempo criaba un olor a siglos que concedía al libro cierto aire paradójico, entre la dignidad y la ruina. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Con el tiempo uno ha vuelto a leer &lt;i&gt;Luces de Bohemia&lt;/i&gt; en otras ediciones, al igual que &lt;i&gt;El viaje sentimental&lt;/i&gt; de Sterne o el &lt;i&gt;Shanti Andía&lt;/i&gt; de Baroja. Las voces son las mismas, pero sus ecos suenan de otra forma. Y si eso ocurre con obras bastante difundidas, ¿qué decir de aquellas que durante décadas sólo han estado a nuestro alcance en los volúmenes de Austral? Hablo de las crónicas de Julio Camba &amp;#8211;un olvidado al que todo el mundo parece haber descubierto ahora-, de Fernández Flórez &amp;#8211;y sus formidables &lt;i&gt;Impresiones de un hombre de buena fe&lt;/i&gt;-, del imprescindible y sin embargo descuidado Jules Renard o de las &lt;i&gt;Conversaciones con Goethe&lt;/i&gt; de Eckermann, que han debido esperar décadas hasta conocer otra versión española más completa, ya en pleno siglo XXI. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Vuelve a cambiar la colección de formato, ahora con tamaño más grande y otro diseño más acorde con los tiempos que corren. Está bien. Conservará el &lt;i&gt;aries&lt;/i&gt; que le servía de emblema, y con él los recuerdos de muchos lectores agradecidos. Quizá también nostálgicos, pero ya lo dijo Camus: el pensamiento del hombre es ante todo su nostalgia. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;i&gt;Publicado en Diario de Navarra, 19.11.06&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;
______________________________________________________________&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
</description>
	</item>

	<item rdf:about="http://romera.blogalia.com//historias/44889">
		<title>ESCOBA</title>
		<link>http://romera.blogalia.com//historias/44889</link>
		<description>En los manuales de superchería suele venir explicado un conjuro contra las visitas incómodas. Consiste en colocar una escoba detrás de la puerta. Si el utensilio es de buena calidad, se sacude al impertinente en menos que canta un gallo. Lo que pasa es que para ahuyentar a las visitas hace falta que previamente toda la familia se ponga de acuerdo. Es lo que no ha ocurrido con ese benefactor de la humanidad llamado Teodoro Obiang, recibido por las autoridades con honores de alto estadista y rechazado por la mayoría de la opinión pública como si se tratase de un apestado. La Corona y el Gobierno, en la mejor tradición hospitalaria de nuestro país, han acogido al presidente guineano con los brazos abiertos. Le han sentado en sus principales sillones, le han ofrecido comidas oficiales y le han regalado un completo álbum de fotos algo comprometedor para los anfitriones, pero de considerable valor para él. Es una especie de salvoconducto democrático que podrá restregar por la cara a quienes en lo sucesivo le acusen de tirano o de corrupto. A una escala más doméstica y salvando las distancias, en mi ciudad ha pasado algo parecido. El presidente de un famoso club de fútbol ha cubierto una apretada agenda de encuentros oficiales en las principales instituciones del lugar, donde ha ido bajo palio desde el Parlamento hasta la Universidad pasando por el Ayuntamiento. Sólo le faltó la sede de la Archidiócesis para redondear el recorrido. Viendo las sonrisas de satisfacción de sus anfitriones, se diría que los agasajados eran ellos. Pero a muchos ciudadanos les ha disgustado tanta obsequiosidad. Unos consideran que el balompié no es digno de semejante alarde de pleitesía. La molestia de otros tiene motivos más partidistas: sencillamente detestan a ese equipo y a todo lo que representa. Cada uno de nosotros lleva en el corazón una lista de hijos predilectos y de personas non gratas que no concuerda con la lista del vecino. Si ya es difícil que las parejas de novios coincidan en los nombres para el banquete de boda, qué complicaciones no tendrá escoger los invitados para las visitas oficiales. Lo que ocurre es que al final hay que transigir con algún indeseable por interés o por compromiso. Obiang huele a corrupción y a desprecio de los derechos humanos, no cabe duda, pero también apesta a petróleo. El presidente del club de campanillas no es una personalidad en el plano cívico, pero lleva consigo el aroma de la fama y el espectáculo. ¿Y qué tiende a ser la política hoy sino una proyección de la economía y de la seducción de masas? En casos así hay que rendirse al poder y cursarle la invitación correspondiente. Luego se pone la escoba detrás de la puerta y a aguantar se ha dicho. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;i&gt;Publicado en El Correo, 18.11.06, y El Norte de Castilla, 19.11.06&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;
___________________________________________________________________&lt;br /&gt;
</description>
	</item>

	<item rdf:about="http://romera.blogalia.com//historias/44853">
		<title>XXL</title>
		<link>http://romera.blogalia.com//historias/44853</link>
		<description>&lt;img src=&quot;http://www.elcorreodigital.com/vizcaya/prensa/fotos/200611/16/078D4VIZ001_1.jpg&quot;&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No sé qué portento de la publicidad pudo tener la ocurrente idea. Con la que está cayendo, llamar XXL a un tipo de hamburguesa que se lanza al mercado en tiempos de puritanismo sanitario es como mentar a la bicha. Dentro de cada gordo hay un flaco que lucha por salir afuera, dijo alguien. Y desde hace algún tiempo al delgado le hace compañía un inquisidor (o un funcionario de la Consejería Autónoma de Sanidad correspondiente, que viene a ser algo parecido). Vaya por delante que me parece bien todo lo que contribuya a velar por la salud de la gente. Atiborrar a los niños de proteínas superfluas y de grasas excedentes es una insensatez, por no decir un crimen encubierto. Algo hay que hacer para no llenar de michelines nuestras escuelas y de colesterol las arterias de la infancia. Sin embargo Burger King no pone sus campañas promocionales en manos de incompetentes. Los cerebros de la cadena saben de sobra que una cosa son los valores oficialmente predicados en una sociedad y otra distinta &amp;#8211;más que distinta, a menudo opuesta- las ansias, los deseos, los anhelos y las pulsiones íntimas de los individuos particulares que integran esa sociedad. Nadie quiere ser obeso, es cierto, pero a la mayoría le priva comer hasta reventar. El discurso racional de las autoridades, de los médicos y de los educadores explica que lo uno va asociado a lo otro. El discurso emocional de la publicidad, sin embargo, salta por encima de la lógica para ir a conectar con esa región oscura de nuestras mentes donde todos nos volvemos irreflexivos, impulsivos y caprichosos. Y el capricho ahora tiene la forma de desafío contra los decretos de lo políticamente correcto. Si no quieren hamburguesa, hamburguesa y media. ¿No nos quejábamos de la dictadura de las tallas ajustadas e imposibles? Pues ahí está la respuesta: la talla cetácea. La misma ministra que arremete contra las pasarelas de moda adelgazantes se las tiene que ver ahora con la industria de la obesidad. Son batallas perdidas, pero alguien tendrá que librarlas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;i&gt;Publicado en Diario de Navarra, 18.11.06&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;
____________________________________________________________________  &lt;br /&gt;
</description>
	</item>

	<item rdf:about="http://romera.blogalia.com//historias/44624">
		<title>POLLOCK</title>
		<link>http://romera.blogalia.com//historias/44624</link>
		<description>&lt;IMG SRC=&quot;http://www.art-word.com/images/altoon/pollock.01.jpg&quot;&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Al igual que en la astronomía, en el mercado del arte hay un punto en que las magnitudes se vuelven mareantes. Podemos hacernos una idea aproximada de la distancia entre la Tierra y Marte o del tiempo empleado por una nave espacial en dar la vuelta a nuestro planeta, pero a partir de un determinado satélite el Universo deja de ser manejable y se nos vuelve un enloquecido baile de cuerpos celestes que giran en el infinito. Un lienzo de Pollock ha sido comprado estos días por la módica suma de 140 millones de dólares, lo que en términos de comprensión viene a ser el equivalente de un viaje intergaláctico de otros tantos millones de años-luz. Hace tiempo que los cuadros se escaparon de los museos y andan describiendo órbitas por el firmamento donde residen las grandes fortunas. El de Pollock ha debido de batir un récord de larga distancia, pero su precio de venta nos habría producido la misma perplejidad de haberse quedado en la mitad o en la cuarta parte. Por eso es un error pretender fijar un canon artístico a partir de las cifras manejadas en Christie&amp;#8217;s o en Sotheby&amp;#8217;s. Si de algo hablan estos números no es de la supremacía estética de aquel genio alcohólico que fue Jackson Pollock, sino de la infatigable e insolente capacidad humana para amasar riquezas sin límite. ¿Quién paga esto? ¿Qué clase de ser humano es alguien capaz de desembolsar en la compra de un cuadro lo que alcanzaría para crear mil escuelas, o doscientos hospitales, o para erradicar el hambre en un varios países del tercer mundo? Hay amantes del arte que pujan en las subastas para hacerse con piezas que en el futuro legarán a la humanidad. Son los sucesores de aquellos antiguos filántropos cuyo nombre luce en algunos respetables museos. Pero estos otros, los magnates de ahora, compran pintura como quien invierte en ladrillos, en armamento o en diamantes. Ya sabemos que no hay superchería mayor que la crítica de arte, excepción hecha de la brujería como afirmaba Caro Baroja. Toleramos los caprichos de marchantes y galeristas porque al fin y al cabo ponen un poco de colorido en medio de la solemnidad académica que acompaña a la alta cultura. Sin embargo un Pollock de 150 millones de dólares o unos Klimt de 60 &amp;#8211;como se han vendido también esta semana- ya se colocan incluso al margen de las engañifas críticas. Son los indicadores económicos de algún cambio de rumbo en la ruta del dinero. Cuando la cotización del arte sube, es que algún otro nicho de riqueza &amp;#8211;los ladrillos, el armamento, los diamantes- ha dejado de ser rentable. El dinero es injusto pero no tonto. El dinero no huele, pero tiene buen olfato y excelentes reflejos para encontrar el mejor terreno donde seguir creciendo y multiplicándose. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;i&gt;Publicado en El Correo, 11.11.06, y El Norte de Castilla, 12.11.06&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;
_____________________________________________________________________&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
</description>
	</item>

	<item rdf:about="http://romera.blogalia.com//historias/44623">
		<title>USUARIOS</title>
		<link>http://romera.blogalia.com//historias/44623</link>
		<description>A raíz de la reciente huelga de médicos de Atención Primaria, en alguna parte he leído que se reclamaban los medios para «prestar mejor servicio a los usuarios». La mayoría de los médicos siguen hablando de «pacientes», pero ahí se decía «usuarios». Es decir, los que hacen uso de un servicio. No hay incorrección alguna. Sin embargo, al encontrarse con estas palabras tan generalizadoras, tan burocratizadas como «usuarios», a uno le entra cierta desazón. ¿Acaso estamos dejando de ser «pacientes» -es decir, los que padecen, los necesitados de ayuda- para pasar a ser meros consumidores? En los Estados Unidos el término «patient» sigue siendo el preferido por el 95 % de los médicos, pero a medida que se desciende en la escala de las profesiones sanitarias predominan otras denominaciones: «client», «consumer», «user». Casi la mitad de las enfermeras los prefieren a «patient», que prácticamente queda desterrado en el vocabulario de los funcionarios y de los asistentes sociales. Conociendo qué profesiones acaban imponiendo sus reglas en estos tiempos de corrección política, no es difícil predecir la etiqueta con que acabarán siendo señalados los enfermos: no «pacientes del hospital» sino «usuarios del sistema de salud» o «clientes de los servicios sanitarios». Hay quien ve en «paciente» algo despectivo, porque la palabra evoca el sufrimiento y tal vez la subordinación respecto del médico. No se repara, sin embargo, en que «usuario» tiene mucho de deshumanizador, muy a tono con las peores tendencias de la medicina actual. En cuanto al origen de la voz «cliente», bueno será recordar que en el medievo se llamaba así a quienes estaban bajo la tutela o la protección de los señores feudales. Ni que decir tiene que cuando dejemos de ser pacientes para convertirnos en modernos usuarios de consultas y respetables clientes de hospitales el cambio llevará consigo un inmediato ajuste de tarifas. Nada sale gratis en esto de la puesta al día lingüística. Pero, en contrapartida, si en vez de «pacientes» nos llaman «clientes», podremos hacernos la ilusión de que nos hacen más caso. Porque recuerden aquello de que el cliente siempre tiene razón.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;i&gt;Publicado en Diario de Navarra, 11.11.06&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;
_____________________________________________________________________&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
</description>
	</item>

	<item rdf:about="http://romera.blogalia.com//historias/44538">
		<title>AJUSTE</title>
		<link>http://romera.blogalia.com//historias/44538</link>
		<description>&lt;img src=&quot;http://www.cojoweb.com/untitled_1bw.gif&quot;&gt;&lt;br /&gt;
Con motivo de los 50 años cumplidos por nuestra televisión, la nostalgia ha campado a sus anchas por artículos, reportajes, loas y recordatorios varios. Pocas veces una efeméride ha desatado tanta unanimidad sentimental como este medio siglo transcurrido desde la entrada del virus catódico en nuestros hogares, fenómeno que por lo visto cambió la vida a la mayoría de los españoles. Todos han coincidido en manifestar que aquellos primeros tiempos fueron lo más parecido a la dicha. Para una nutrida mayoría queda fuera de toda duda la superioridad artística, estética y moral de la tele de los 60 y los 70 sobre la de ahora. Así será, si así lo dicen. Un perspicaz analista de la cosa me hablaba hace poco del &amp;#8216;efecto Cuéntame&amp;#8217;. Sostenía que a bastante gente le gusta seguir la peripecia de de los Alcántara porque, con todos sus problemas y sinsabores, les ofrece pinceladas de vida elemental, sencilla y sin complicaciones. Dicho de otro modo, una imagen del orden familiar desaparecido en estos tiempos confusos. Es probable que la añoranza de aquella televisión tan gris y tan casposa sea también la consecuencia de un desconcierto ante el presente, una especie de repliegue defensivo en busca de algo más seguro o más acogedor. Con la tele de la primera época pasa lo mismo: sólo había dos cadenas, las imágenes eran en blanco y negro, todo el mundo veía los mismos programas. Es decir, podía ser monótona y aburridamente pobre, pero por eso mismo conservaba el encanto de las cosas simples, que siempre tienen sus ventajas. No discuto que de vez en cuando ofreciera estampas dignas de rescate, como alguna que otra función teatral. Cuando alguien me recuerda la calidad de los &amp;#8216;Estudio 1&amp;#8217; de entonces me ocurre lo mismo que al oír hablar de los documentales de viajes o de naturaleza servidos hoy por la National Geographic. Unos y otros son empleados como argumento para defender el papel pedagógico de una caja idiota que en el resto de la programación reniega de todo lo que huela a cultura. También en aquella tele se salvaban ciertas teleseries de abogados o detectives, las chicas de los anuncios de coñac, el absurdo de Tip y Coll o las entrevistas de Soler Serrano a Borges, a Carpentier o a Pla. Pero eso eran excepciones en medio de un páramo en el que reinaban los coros y danzas de la Sección Femenina, rostros del régimen, capellanes castrenses, tocadoras de castañuelas, humoristas catetos y cantantes melódicos con peluquín. Y, sobre todo, cartas de ajuste. Interminables y grises cartas de ajuste que nos mantenían prendidos a la pantalla como rehenes del régimen que la inspiraba. Unos tiempos ciertamente felices, a juzgar por el festival de nostalgia con que nos han estado aturdiendo.  &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;i&gt;Publicado en El Correo, 4.10.06, y El Norte de Castilla, 5.10.06&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;
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